A los ciudadanos de Santa Cruz de Tenerife nos tomaron el pelo descaradamente con la remodelación del Parque García Sanabria, el mayor de Canarias que, con una superficie de 67.230 m2, viene a ser el pulmón de la ciudad. Construido en 1926, sufrió (y nunca mejor dicho) una remodelación entre los años 2004 al 2006. Época esta en la que, para llevar a cabo las "necesarias" obras, se valló por completo el recinto a una altura tal, que los contribuyentes no pudimos observar el desaguisado que se cometía hasta que ya fue tarde.
Cuando lo reinaguraron, acudí a visitarlo con la emoción propia de quien vivió parte de su infancia y de su juventud entre sus paseos, fuentes y jardines. Lo primero que me chocó fue la escasa vegetación comparada con la que recordaba. No en vano, el García Sanabria era una suerte de jardín botánico, con variedades vegetales traídas de todos los rincones del planeta y que, merced a la benignidad de nuestro clima, lograron adaptarse sin mayores problemas. Pero aquella frondosidad de la que mi memoria guardaba buen recuerdo, había menguado ostensiblemente. Para muestra un botón: pues hasta un ejemplar único, originario de La India, como era la yaca o árbol del pan (artocarpus altilis) y que tanto llamaba mi atención por sus inmensos frutos, había desaparecido; y como él, muchos árboles más.

No entendí tampoco por qué los senderos hubo que recubrirlos de albero, esa arena polvorienta que se adhiere al calzado como si fuera talco. Incluso hubo algunos, a los que se llegó a levantar el asfalto inicial para sustituirlo por ella, como el paseo de los bambúes, y que ahora, cuando se riega o llueve, se llena de charcos y de barro que hay que ir sorteando a la pata coja.
También la desaparición de los muretes que delimitaban el perímetro del parque (aquellos por los que, de niños, para ser igual de altos, nos encantaba caminar de la mano de nuestros padres) provoca que, al llover, la tierra sea arrastrada hacia el exterior, embarrando aceras y calzada.
Hay otra serie evidente de "mejoras" (permítanme que me parta de la... rabia) algunas absurdas e innecesarias, de las que adjunto fotos:
Maderas que recubren el suelo por doquier, cuya "calidad" está a la vista y cuya efectividad resulta más que discutible. Aunque imagino que la empresa adjudicataria, ante tamaño despiporre, haría sonar las castañuelas.
Enormes soportes de hierro sin pintar dan apoyo a unas placas informativas minúsculas. Un culto a la herrumbre y a los bolsillos del propietario de la forja. Toda la información relativa al parque se halla en ese tipo de trastos. No cabe duda de que priman "belleza" e "imaginación"
Bancos de diseño: cuatro ángulos metálicos y una losa encima.
"Pa' mear y no echar gota"
"Calidad" y sobre todo "firmeza" de los materiales empleados en la remodelación...
No quiero seguir por no aburrirlos. De todas formas, el deterioro del parque comenzó allá por 1973, cuando, a raíz de la Primera Exposición de Esculturas en la Calle, se introdujeron en él una serie de éstas (unas interesantes y otras no tanto) que vinieron, no sólo a hurtarle espacio a la vegetación, sino a convertirse, algunas, en verdaderos retretes, dados sus múltiples recovecos y escondrijos, lo que obligó a colocar rejas que impidieran el acceso a su interior. A esto se unió la desaparición paulatina de los guarda-jardines, lo que ocasionó que el parque fuera perdiendo en belleza y ganando en inseguridad.
Hoy está remodelado, no cabe duda, pero no tan hermoso como antaño.
¡Ah!... Y no les he hablado de los "minolles" que costó.
Miguel Ángel G. Yanes