18/6/10

GUAGUA

Mi amigo Miguel Ángel Guerrero me ha hecho llegar una curiosa reseña lingüística que, reconozco, yo desconocía.

A pesar que desde pequeño supe que la palabra "guagua", tal cual la empleamos los canarios, procedía de Cuba, y que, de mayor, aprendí también que "guagua" era la forma de llamar a los bebés en algunos países de América del Sur, al parecer proveniente del quechua (wa-wa) que significa niño; desconocía por completo el origen de la acepción que empleamos en las Islas.


He aquí la reseña: 

La palabra "guagua", que para los cubanos significa autobús, viene del inglés Wa & Wa Co. Inc. (Washington, Walton, and Company Incorporated) que fue la primera fábrica estadounidense en exportar autobuses a la Isla. El logotipo de la empresa era una liebre blanca, azul y roja (colores de la bandera norteamericana) y figuraba prominentemente en el frente, fondo y costados de todos sus vehículos.

¡Caramba! Qué casualidad. La abreviatura en inglés viene a ser idéntica a la palabra en quechua.


Esa explicación de la palabra "guagua" me arrastró hasta la infancia. Me llevó a recordar palabras muy nuestras, sacadas de la lectura literal del inglés, como "cambullón" (can buy on) que podríamos traducir como "poder comprar a bordo" en clara alusión al comercio en barcos extranjeros, aunque también era muy común el trueque de objetos y mercancías. En la actualidad dicha palabra ha sido incluida en el Diccionario de la RAE, como proveniente del portugués cambulhado, pasando también a ser sinónimo de "trampa, enredo, chanchullo, cambalache".

Otra palabra que mi memoria rescata de repente es... "patacake".


Allá por los años 60, en los hogares de escasos recursos económicos, las galletas que nos solían dar a los chicos eran las más baratas del mercado: Gabusa, Gullón... pero en alguna ocasión muy especial aparecía una lata o un paquete de "Patacake" (pat a cake) supongo que compradas a algún vecino cambullonero.

Era una golosina deliciosa: galletas de mantequilla (de verdadera mantequilla) recubiertas de azúcar granulado, y que se deshacían en la boca apenas las mordías. Una auténtica "delicatessen".

Miguel Ángel G. Yanes

7/6/10

CUANDO LA INFORMÁTICA NO ESTÁ BIEN AFINADA

Cuando me tocó renovar el DNI me entregaron ya, sobre la marcha, el nuevo documento con el correspondiente chip y un sobre cerrado que contenía la clave para activarlo. Pasaron los meses y lo olvidé por completo, hasta que, a raíz de iniciarse la campaña para la Declaración de la Renta, me acordé de él y decidí abrirlo, pero… algo falló: donde se supone que debía aparecer mi clave personal o pin, había una serie de palabras superpuestas, haciéndola de todo punto ilegible.  

Acudí a denunciar tal incidencia al Equipo que me lo había expedido, y una amable señorita me indicó que bastaba introducir el documento en una de las maquinitas habilitadas al efecto, indicando que había olvidado mi clave, para que me asignara una nueva.

Dicho y hecho. Me encaminé al terminal más cercano, introduje el DNI y coloqué el dedo índice de mi mano derecha sobre el scanner de huella digital, pero… algo falló: en la pantalla aparecía el mensaje de que la huella no coincidía con aquel DNI. Mi asombro fue mayúsculo.



 “Juro solemnemente que no me he cambiado el dedo”.

Se me ocurrió que tal vez había presionado en exceso sobre el scanner, y volví a intentarlo, procurando apoyar el dedo con suavidad, pero… tampoco. Al parecer mi huella y mi DNI no se llevaban bien.

Como había otro terminal idéntico, decidí cambiarme por si era problema del primero, pero… ¡vuelta la burra al trigo! El mensaje seguía siendo el mismo.  

Pensé regresar a donde la señorita amable, pero había tanta gente, que opté por pasar del condenado chip y volver a casa. En camino estaba cuando, de repente, me asaltó una duda:

“Si mi propia huella no coincide con mi DNI, ¿habrá otra ajena que lo haga? ¡Dios mío! ¡Qué peligro! ¿Y si por algún error informático ha habido una asignación incorrecta?..."

¡¡¡Puede caerme cualquier marrón que no me corresponda!!!

Miguel Ángel G. Yanes

3/6/10

SORIMBA

Hay una página web que me encanta y que suelo visitar con bastante frecuencia, se trata de Reserva de Palabras, a través de la que he vuelto a recordar antiguas palabras ya en desuso, y he aprendido otras que desconocía. Pero hoy voy a discrepar (no sé si con razón o sin ella) sobre una de las acepciones que se da en dicha página de esa hermosa palabra: Sorimba.-"Se usa en Canarias cuando se habla de alguien que está algo atontado o despitadillo \"Llegó sorimbado después de andar con los chinijos* \" (*En Lanzarote, niños)".

Si buscamos sorimba en el Diccionario de la Real Academia Española, nos dice taxativamente que dicha palabra no está registrada en el mismo, pero nos muestra otra que tiene una escritura cercana: Zorimba, palabra utilizada en México y cuyos significados; tonto (‖ falto de entendimiento o de razón) y ebrio (‖ embriagado por la bebida) si que vienen a expresar lo anteriormente expuesto. Algo así como "estar zumbado".


Mientras que sorimba, cuyo origen sigue siendo para mí un misterio, aunque hay quienes aseguran que es un claro portuguesismo, significó siempre para nuestros mayores, una lluvia fina y persistente, para la que también se empleaban otros términos, como posma o sereno. Aunque, en algún que otro diccionario en línea, he visto que la identifican también con "miedo".

¿Que provoca entonces el equívoco? Pues ni más ni menos que nuestra peculiar forma de pronunciación: el seseo, que, curiosamente, compartimos también con los mexicanos. 


Yo diría que pronunciamos de igual forma dos palabras con significados diferentes: sorimba y zorimba, por lo qué, sólo el sentido de la frase nos va a dar la pista correcta de cómo escribirlas.

Miguel Ángel G. Yanes

21/5/10

UN PEQUEÑO ENIGMA

Hoy, como quién no quiere la cosa, he resuelto un pequeño enigma que me tenía "mosca" desde hacía algún tiempo.

Hace ya veinte años que me mudé a mi domicilio actual, y por tanto, comencé a conocer a la gente del entorno; en principio, antes aún que a los vecinos de mi propio edificio, conocí a aquellos con los que contactas a diario o casi; las personas que prestan sus servicios en los negocios de la zona: farmacia, supermercado, panadería... Fue en este último lugar donde conocí a una dependienta muy correcta y agradable en el trato, de la que, a pesar de saludarla diariamente y cruzar alguna que otra palabra con ella, jamás supe su nombre.



He de confesar que, aunque la panadería quedaba algo lejos de casa, me convertí en cliente habitual
más por obligación que por devoción, porque no había otra más cercana. Así qué, en cuanto abrieron una en las inmediaciones, abandoné aquel hábito de excursionista. No obstante, cuando de vez en cuando, nos cruzábamos en la calle la dependienta y yo, siempre nos saludábamos con un cierto afecto.

Es por ello que me intrigaba sobremanera que, cuando coincidíamos los lunes por la mañana, en la cafetería donde suelo acudir a echar un cafelito con los amigos, jamás respondía a mi saludo; es más, me miraba de un manera extraña. Aquello me desconcertaba bastante, y me dio por pensar que tal vez llevaba una doble vida y no quería que me inmiscuyera en ella, por lo que nunca me atreví a dirigirle la palabra.


Han pasado los años y hoy, inesperadamente, se ha resuelto el enigma.

Iba por la acera, cabizbajo, rumiando alguna idea, cuando al levantar la cabeza lo vi claro de pronto:
¡Coño! ¡Son dos! (perdonen por el taco) Son hermanas gemelas. Venían de frente, codo con codo, y entonces, cuando no supe a cuál de las dos conocía, a una de ellas se le cayó una prenda de abrigo que colgaba del bolso; se lo indiqué, y al punto, más rápida que yo, retrocedió a cogerla. Justo en el momento que me daba las gracias, supe que aquélla era la que no conocía. Lo vi claro en la extensa sonrisa de su hermana.

Miguel Ángel G. Yanes

9/5/10

HOY VA DE BILLETES

Hay dos frases relativas a billetes (entiéndase dinero) que quedaron grabadas en mi memoria y, a no ser que se empeñe el Señor Alzheimer, me acompañarán siempre.


Una de ellas se la oía decir a menudo, en plan de guasa, a mi amigo Reyes (q.e.p.d.) quién, cuando alguien repetía esa manida frase de "buena hora", se apresuraba a apostillar: "¡Sí! Buena hora para contar billetes". El pobre nunca tuvo demasiados billetes que contar, y tal vez por eso, le salía del alma aquella coletilla.


La segunda frase, también en plan de guasa, la soltaba a menudo mi abuelo paterno cuando conjugaban, entre familiares o amigos, el verbo conformar: "yo me conformo...", "yo me conformaba...", "yo me conformaría..." (hablando de dinero, se entiende) y cada cual intentaba echar la mayor barbaridad posible. Hasta que un día a mi abuelo se le ocurrió decir: "Pues yo me conformaría con todos los billetes que pudiera cargar el Valbanera". Se hizo el silencio apenas un segundo, para escucharse luego un sonoro tronar de carcajadas. Y desde ese instante, quedó como la cantidad idónea de billetes con la que cualquiera debería conformarse.

Ahora, muchos de ustedes se preguntarán qué era El Valbanera. Pues bien, para una información detallada y precisa, les recomiendo el artículo escrito por D. José Luis Torregrosa, alojado en:


Pínchelo y léanlo con detenimiento. Merece la pena.

Miguel Ángel G. Yanes

26/4/10

ERGÁSTULA

La palabra “ergástula”, sonora como todas las esdrújulas, no figuraba para nada en mi vocabulario. Es más, no la había leído ni escuchado nunca, hasta que a principios de los años 80, al llegar a mis manos la quinta edición en castellano del Libro de las Mutaciones, el famoso I CHING, tropecé con ella en la primera página.

La magnífica traducción al castellano, efectuada por D. J. Vogelmann de la versión alemana que, en su día, Richard Wilhelm tradujo del chino, había sido editada por primera vez en España, por la Editorial Edhasa en 1977, y durante una buena época, se reeditó casi con periodicidad anual (observen que coincide con la restauración de la democracia: se volvían a abrir, de par en par, las mágicas puertas de la cultura universal, tanto tiempo cerradas).


Pues bien, ese libro único, que venía con prólogo de C. G. Jung y prefacio del propio Wilhelm, traía además una colaboración de lujo: un poema introductorio escrito ex profeso por Jorge Luis Borges, titulado “Para una versión del I King”. Fue ahí, en ese soneto genial, donde encontré por primera vez la palabra “ergástula”; en el noveno verso, para pecar de exacto:

…No te arredres. La ergástula es oscura,

No supe a que se refería. ¿Qué era aquella palabra tan hermosa? 

...La firme trama es de incesante hierro,

¿Algún tipo de forja? ¿Alguna verja? ¿Una reja tal vez?

…Pero en algún recodo de tu encierro…

¡Válgame Dios!


Y entonces me vinieron a la boca, de repente, todos sus sinónimos, a cual más amedrentador: cárcel, celda, prisión, mazmorra, calabozo…

Miguel Ángel G. Yanes

30/3/10

COSAS VEREDES

No salgo de mi asombro, al leer en la prensa que el Sr. Zerolo y sus acólitos, llevan a los tribunales el acuerdo plenario donde se aprobó el derribo del "Mamotreto", "Mamatrato" o "Mamotreta" (como ustedes quieran) con la intención, supongo, de seguir adelante con la obra; llevándole la contraria al sentir popular, sobre todos a los vecinos de San Andrés que están, con ese asunto, que se suben por las paredes.


Suelo frecuentar el antiguo pueblo pesquero, hoy barrio capitalino, con relativa frecuencia, pero cada vez que llegó a la altura del castillo, y el maldito adefesio aquel me oculta la vista de la playa, se me escapa una sarta de improperios y palabrotas que, por más que me empeño, no consigo atajar (los que me conocen lo saben bien).

Cuando por fin consigo desahogarme; intento razonar conmigo mismo, sobre el perjuicio económico que supondría su demolición: en primer lugar para el constructor, que salpicado o no, por esas gruesas gotas que tan de moda están, ha hecho un desembolso económico que necesita recuperar de alguna forma, y en segundo lugar para las arcas muni... bueno, para nuestros desgarrados bolsillos. Y entonces se me ocurre, que a quiénes tendríamos que obligar a sufragar tal gasto, debería ser a los que aprobaron tamaño despropósito, y no a los paganinis de siempre.



De todas formas y sea como sea, la mayoría de los ciudadanos están a favor de su demolición, aunque nos arranquen las últimas hebras de los bolsillos, pero unos pocos, "los hombres grises", siguen estando en contra... en contra de los intereses generales y favor de los suyos... ¡Inadmisible!

Señores: llegados a este punto, ya no me queda nada más por decir, salvo la coletilla de rigor, aquella de que "los pueblos tienen los gobiernos que se merecen".

Miguel Ángel G. Yanes

29/3/10

EL MAMBORETÁ

Hay palabras preciosas, casi mágicas que, cuando las descubres, te impactan de una especial manera y se quedan contigo para siempre. Para mí una de ellas es "mamboretá". La encontré por primera vez en Bestiario de Julio Cortázar y aunque desconocía su significado, el sentido de la frase me hizo ver que se trataba del insecto que nosotros conocemos por santateresita:

"Un mamboretá enorme se plantó de un vuelo en el mantel y Nino fue a buscar una lupa, lo taparon con un vaso ancho y lo hicieron rabiar para que mostrase los colores de las alas.

- Tirá ese bicho –pidió Rema–. Les tengo un asco.

- Es un buen ejemplar –admitió Luis–. Miren como sigue mi mano con los ojos. Es el único insecto que gira la cabeza".


Según consta en el diccionario de la Real Academia Española, mamboretá (voz guaraní utilizada en Uruguay y Argentina) corresponde al nombre genérico de varias especies de insectos carnívoros de la misma familia que la Mantis Religiosa. Se caracterizan por tener el cuerpo muy fino, la cabeza triangular provista de dos grandes ojos compuestos y tres sencillos situados entre ellos, un primer segmento del tórax muy largo y movible, y patas anteriores prensiles dotadas de fuertes espinas que emplean para cazar.


Al leerlo, me vino a la memoria de inmediato, una de las primeras noches en el Centro de Instrucción de Reclutas en Rabasa, Alicante, donde fui a parar en el otoño de 1976, para cumplir el servicio militar que, en aquella época (lo digo para los más jóvenes) era obligatorio. Estábamos ya tumbados en nuestras literas, esperando que de un momento a otro sonara el toque de "silencio" y se apagaran las luces, cuando se armó un alboroto tremendo: un insecto de gran tamaño revoloteaba de un lado a otro de la compañía y una jauría de reclutas en calzoncillos gritaba y saltaba intentando atraparlo en vano. Cuando pasó volando frente a mí, me impresionó hasta tal punto el colorido interno de sus alas, que no supe de qué insecto se trataba; cosa que descubrí con asombro cuando optó por posarse en la carcasa de un tubo fluorescente, lejos de la marea de brazos de sus depredadores. A pesar de que a lo largo de mi vida apenas lo había visto en tres o cuatro ocasiones, nunca pensé que aquel bichejo repulsivo poseyera un colorido tan espectacular.


Por lo visto las mantis adultas son atraídas por la luz ultravioleta a finales del verano y principios del otoño, y su coloración puede ser de tres tipos: verdosa, grisácea o pajiza. Cazan al acecho, manteniendo las patas anteriores plegadas y juntas, por lo que parece que estuvieran rezando. Su rapidez en la acción es tan increíble que sólo se suele ver antes de que agarre al insecto, y luego cuando ya está atrapado entre sus patas. Si se llega a percibir el movimiento es como una acción borrosa, de tan rápido que sucede. Normalmente devoran a sus presas mientras éstas aún luchan por liberarse. El proceso de apareamiento es bastante simple, pero el macho tiene que estar muy atento, para no acabar también en las fauces de la hembra. A la mayoría de las personas les produce cierta repulsión y hasta miedo, a pesar de ser un insecto completamente inofensivo y, sobre todo, beneficioso para la agricultura, dada la gran cantidad de invertebrados de los que se alimenta.


Fíjense... A la vejez estoy empezando a descubrir que, tal vez, después de farero en algún islote solitario, también me habría gustado ser entomólogo.
 
Miguel Ángel G. Yanes

 

24/3/10

DESEMBOCADURA DEL BARRANCO DE SANTOS


Hoy por hoy, que se han acometido una serie de medidas, encaminadas a mejorar el desagüe al mar del barranco de Santos, hay algo que todavía no termina de convencerme. Reconozco que no tengo conocimientos técnicos de nada; ni de ingeniería, ni de arquitectura, ni de... pero soy como el búho del chiste: ¡me fijo, me fijo! Y a base de fijarme y de emplear la lógica, observo algunas cosas que me gustaría comentar públicamente por si acaso sirvieran para algo.


He leído qué lo que limita la capacidad de desahogo del barranco es el antiguo puente de El Cabo. Puede que sea así, pero esa lógica de la que hablaba antes, me dicta que si se hubiera buscado el lecho original, rebajándolo más de lo que se hizo a la hora de revestirlo de hormigón, otro gallo nos cantaría.


Me explico: En la actualidad, la altura del puente con respecto al lecho del barranco ha menguado sensiblemente, a medida que se han ido incorporando sedimentos con el paso del tiempo. Me basta mirarlo para saberlo, porque, años ha, un camión (empleado para efectuar la limpieza) pasaba holgadamente bajo él y ahora es de todo punto imposible.



Pero mucho más grave para mí, es la escasa altura del puente que sirve de soporte a la Avda. Bravo de Murillo (lo mismo ocurre con la Plaza de Europa, Avda. Marítima y Vía de servicio del muelle, bajo las que el barranco está completamente encajonado). Hasta tal punto es exigua su altitud que, tras el último temporal, observé con asombro la ímproba labor de los operarios, trabajando en condiciones claustrofóbicas, con unas máquinas diminutas, pegadas casi al techo, para retirar la ingente cantidad de escombros acumulados, porque las excavadoras normales no cabían en tal sitio. Otro detalle que me asombra, es el hecho de que los pilares enfrenten una cara plana al curso del agua, en lugar de los correspondientes tajamares, para que ésta se abra hacia los lados y no los golpee directamente. Si se fijan en el puente viejo, verán qué el único pilar que lo sustenta, y que resistió perfectamente el embate de la riada (no así sus barandillas que fueron arrancadas de cuajo) tiene forma curva. Algo significará, digo yo.



Entiendo que si se hubiera excavado más el fondo del barranco, el agua del mar volvería a entrar, con la subida de la marea, hasta la base del puente de El Cabo o quizás más arriba, como hacía antaño, recuperando el espacio que ocupaba el desaparecido Charco de la Casona; porque tal vez no sea un disparate devolverle a la desembocadura del barranco su ritmo y su lecho natural... y mantenerlo limpio ¡claro está! A fin de cuentas, la naturaleza es bastante sabia, aunque siempre nos empeñemos en llevarle la contraria.

Miguel Ángel G. Yanes

23/3/10

UXIAR

Cuando a la abuela Melania se le agotaba el flis, tocaba uxiar las moscas con un paño: se oscurecía la casa, entornando las ventanas hasta dejar tan sólo una rendija que filtrara la luz, y hacia ella se espantaban las moscas.



Son palabras, ambas, que no figuran en el diccionario de la Real Academia Española, pero a través de Internet, he logrado cazarlas. La primera todavía es bastante común entre nosotros; muchas personas siguen llamando flis (al parecer proveniente de la marca comercial Flit) al spray matamoscas, aún cuando el envase haya variado tanto con el paso del tiempo. En los años 60 (quiero explicarlo para los que no lo conocieron) el aparato pulverizador consistía en un tubo metálico con un émbolo, como el de las bombas de las bicicletas y, en su extremo, un depósito rellenable, con tapón de rosca y un pequeño difusor por el que salía el insecticida. Nada que ver con el envase actual.



La segunda palabra fue un poco más difícil de localizar. De hecho, ignoraba la forma correcta de escribirla, por lo que fui probando todas las combinaciones posibles; con hache, sin hache, con ese, con ce, con equis... ¡bingo! Allí estaba. La había encontrado: uxiar.



Según pude leer, es palabra alistana (propia de Aliste, en tierras de Zamora) y se utiliza principalmente para espantar las aves de corral, aunque, si aquí se utilizaba para espantar moscas, supongo que se podrá usar para todo tipo de insectos. A saber: mosquitos, tábanos, moscas cojoneras...


 
Con esta antigua técnica, creo yo, que si entre todos cogiéramos el paño idóneo y lo agitáramos al unísono, podríamos deshacernos de esos políticos nefastos que nos han tocado en "suerte".

Les conmino a ustedes a uxiar a tanta mosca, económicamente golosa, que se ha metido en política.

Miguel Ángel G. Yanes

21/3/10

HABRÍA QUE PREGUNTARLE A LOS TOROS

Afortunadamente, para nuestro prestigio como pueblo culto, civilizado y respetuoso con los animales, se tomó, en su momento, la medida de prohibir las corridas de toros en las Islas. Lo cual nos honra, aunque haya, como es lógico, quienes no estén para nada de acuerdo con el hecho.
 

Aunque tal afición nunca arraigó entre nosotros, con la que está cayendo, necesito manifestarme sin ambages a favor de los toros; y cuando digo esto, no me refiero a esa manida frase de... "En defensa de los toros", porque es falsa de cuerno a rabo. A los toros los defendemos los que estamos en contra de que se los martirice. La frase correcta para lo contrario debería ser "en defensa del espectáculo taurino", que no de los toros.

Dándole vueltas al asunto, me ha dado por elucubrar sobre un diálogo imposible, pero que, tal vez, sirva para romper una lanza (mejor una puya) en favor de estos bóvidos: Y si preguntáramos a los toros qué les parece la Fiesta Nacional, y ellos fueran capaces de entender la pregunta y nosotros capaces de entender la respuesta... ¿imaginan lo que podrían decirnos? Supongo que, entre mugido y bramido, nos mandarían a tomar por donde toman los aviones.


Y si, entrando en detalles sobre la lidia, pudiéramos preguntarle a algún toro, a ése que, muy de tarde en tarde, resulta indultado y, hecho unos zorros, es devuelto al toril para que lo remienden... cuál fue su tercio preferido. ¿Qué diría? Seguro que nos mandaría a tomar por donde toman los aviones.

Hacer sufrir por gusto a cualquier animal es una salvajada propia de pueblos bárbaros.


Entiendo que en épocas pasadas ese entretenimiento fuera cosa común, pero a estas alturas de civilización no tiene razón de ser. Con todo, aún hay quienes se atreven a asegurar que el toro bravo, como tal, no siente el dolor que se le inflige.

Preguntado al respecto, el astado aduce: "Les hablaré del castigo más leve. Prueben ustedes a clavarse esos arpones en la espalda, o en las nalgas que está más blandito, y después me cuentan... ¡Ah! Y váyanse a tomar por donde toman los aviones".

P.D.: Recuerden quitarse antes las banderillas.

Miguel Ángel G. Yanes

19/3/10

LA PLICA

Al leer con detenimiento la entrevista efectuada a Cecilia Domínguez en las páginas de La Opinión de Tenerife, termino coincidiendo con su apreciación de que, es la ética del jurado lo que en realidad engrandece un premio literario. Y es entonces cuando caigo en la cuenta de que jamás he relatado públicamente, algo que tiene cierta similitud con el tongo acaecido en el premio de novela Alfonso García Ramos que, en su día, ella misma desveló.

Años ha, presenté un poemario a un certamen convocado por un organismo oficial. Pues bien, una vez fallado y no habiendo conseguido dicho premio, acudí, tal y como permitían las bases del mismo, a retirar mi trabajo que, como saben bien los que se dedican a estas lides, nos cuesta unos buenos euros entre papel, tinta, sobres, gastos de correos... por lo que, es de agradecer la recuperación de las copias, en los pocos concursos en los que no son destruidas.


Una vez mostrado el correspondiente resguardo, me devolvieron las seis copias entregadas y la plica, que es, lo digo para los que no estén familiarizados con el tema, un sobre cerrado que contiene los datos del autor. Yo, ingenuo de mí, cogí todo el material sin prestarle demasiada atención, y me marché tan pancho. Pero hete aquí que al llegar a casa, observo con incredulidad que la plica estaba abierta por uno de sus bordes. Se me llevaron todos los demonios (me suele ocurrir de vez en cuando) y la impotencia me hizo soltar un buen montón de palabrotas.

Se supone que la única plica que debe abrirse es la perteneciente al trabajo ganador. ¿Alguien podría explicarme por qué aquélla estaba abierta?

Lo cierto es que resultaba motivo más que suficiente para impugnar el certamen, pero para ello debí andar más listo y percatarme en el instante exacto de la recepción, no después; y tener algún testigo... ¡claro!

No había forma de demostrar que la plica me fue entregada abierta.

Recuerdo que en aquellos momentos comenté la "anécdota" con mi amigo Adolfo Martín Coello, y mi asombro fue mayúsculo al enterarme de que, tiempo atrás, a él le había ocurrido lo mismo; y que también picó de ingenuo, como yo. Entonces nos planteamos que, tal vez, a los ojos de algunos-as, no teníamos el caché suficiente para recibir ese premio, o quizá fuéramos políticamente inadecuados para sus intereses, o vaya usted a saber que otras razones de oscuro e inexplicable peso, por lo que, a partir de ahí, mirábamos todo lo referente a estos eventos con la lupa de la desconfianza.


Como desconozco si esas situaciones anómalas se producen a menudo o no, quiero llamar la atención, sobre todo de los jóvenes escritores, para que procuren "estar al loro" y no permitan que les tomen el pelo.

Miguel Ángel G. Yanes

18/3/10

EL MATACÁN

Cuando lo conocí era ya un hombre bastante mayor, alto, seco, de ojos claros, pelo cano y seriedad extrema. Tenía fama de brusco, lo que a los chicos nos daba cierto temor, por lo que solíamos rehuirle, aunque, a fuer de ser sincero, he de decir que siempre lo vi comportarse educadamente. ¡Eso sí! cortante y parco en palabras como nadie.

Todos los vecinos sabíamos que había sido perseguido tenazmente durante la posguerra, lo que le obligó a vivir a salto de mata, huyendo siempre, escondiéndose acá y allá, dando esquinazo a sus acosadores.


Nunca supe por qué lo llamaban "El Matacán", siempre creí que era un apodo sin más, hasta que muchos años después me enteré de lo que una de las múltiples acepciones de dicha palabra significaba:

"Liebre que ha sido perseguida muchas veces por los perros pero nunca ha sido cogida por ellos; de ahí lo de Matacán, porque mata a los canes haciéndolos correr hasta la extenuación.

Miguel Ángel G. Yanes

14/3/10

FIEL AMIGO EL LIBRO

Me abrió los ojos, a esa parte de la realidad que encierra la desigualdad y el abismo económico entre ricos y pobres, mi buen amigo José María Trujillo; fue a través de una categórica frase que deja caer Gabriel García Márquez en su novela Cien años de soledad (para mí, de las mejores obras que he leído) y que había subrayado en rojo: 

"El día que la mierda tenga valor, 
los pobres nacerán sin culo".

Vino a tiro hecho, a primera hora de la mañana, con el libro abierto entre las manos, a mostrársela a don Juan González Albertos (q.e.p.d.) que era la persona de mayor edad en aquella caótica oficina, y posteriormente a mí, que era el más joven, recién incorporado, apenas con diecisiete añitos, a aquel maldito pademonium. Al leerla, son Juan cabeceó seriamente con una severa mueca de sus labios, y yo sonreí por la gracia que me causó la frase. Dos posturas diferentes, aunque no encontradas: la vejez y la juventud, el omega y el alfa de la propia vida.

Cien años de soledad era un libro que siempre estuvo en casa, pero jamás me había atrevido a leerlo. Su portada, con aquella viejita encogida en una silla, en el rincón de una habitación de baldosas azules y blancas, traslucía tanta tristeza y tanta soledad, que sólo mirarlo ya me inspiraba grima.




Bastó aquella frase, para que esa tarde diera con él, y me pusiera a leerlo con fruición; apenas me duró dos días. Hace casi cuarenta años de ello, pero sus imágenes (perdón... ¡mis imágenes!) siguen nítidas en mi memoria. Ahí estriba el tremendo poder de la literatura y su magia incontestable: cada lector crea sus propios personajes; les da una forma, unos rasgos, una voz... que nada tienen que ver con los que puedan darle otras personas, aunque la historia sea exactamente la misma. Cuando leemos, nuestras neuronas están trabajando a destajo, siguiendo el hilo conductor que el autor ofrece, crean un cielo, unas nubes, un paisaje... dan forma a todo un universo ¡único, irrepetible! Cosa que no pueden hacer cuando la imagen viene dada de antemano. Por eso, cuando leo una buena obra literaria, si luego, por los lazos del demonio, es llevada a la pantalla, siempre evito visionarla, porque esas imágenes físicas, mucho más cómodas ¡qué duda cabe! van a superponerse, irremediablemente, sobre las mías que terminarán por desaparecer.

Por ello, reivindico desde aquí el poder, la magia y la sabiduría que los libros encierran.


Hoy que la tecnología apunta hacia el libro electrónico o digital como si fuera el summun, sé de antemano que nunca me acostumbraré a él. Para mí, los libros siempre han sido fieles compañeros de este viaje fugaz al que llamamos vida, y no quiero renunciar a ellos por mucho que se empecinen, la industria, el mercado o la propia sociedad. Los necesito a mi lado. Necesito sentir el tacto del papel, el olor de la tinta, el peso de sus páginas, pero también al espíritu vegetal que todavía se manifiesta en esa carne de árbol, palpitando entre mis manos... respirando también cuando respiro.

Miguel Ángel G. Yanes

28/2/10

EL MIRLO DE LA CABEZA BLANCA

Toda la vida he oído decir, cuando se trataba de alguien con unas cualidades únicas, que era "un mirlo blanco", como paradigma de rareza, de algo prácticamente imposible de ver, ya que, al parecer, no existe esa capa de color en tal ave. Por eso me he decidido a escribir sobre el asunto.

Por la Plaza de la Cruz del Señor, aquí en Santa Cruz de Tenerife, revoltea desde hace algún tiempo un curioso pájaro. Se me hace difícil de aceptar pero... yo, desde mi ignorancia ornitológica, diría que es un híbrido de mirlo. No sé con que otra especie puede haberse cruzado, pero obviando el color de su blanca cabeza y unas plumas, también blancas, en el borde de las alas, es exactamente igual al resto de los mirlos, en cuanto a su tamaño y al color de las patas y el pico. Es más, se mueve con ellos.



Que conste que, a pesar de mi desconocimiento científico sobre el mundo de las aves, a estos pájaros los conozco bien, habida cuenta de que, al no tener ningún tipo de enemigos, se han multiplicado de tal manera que se les puede ver prácticamente a cualquier hora y en cualquier lugar, sobre todo en parques y jardines.



El mirlo es un pájaro de tamaño mediano, inquieto y ruidoso, lanza una serie de discordantes chasquidos que contrastan con su armonioso canto, que suele emitir situándose en la atalaya más alta que encuentre, ya sea la copa de un ciprés, de un pino o una antena de televisión. Macho y hembra se diferencian en el plumaje; mientras que el del macho es negro brillante, el de la hembra es pardo y apagado, también en el color del pico, anaranjado en el macho y parduzco en la hembra. Al observar sus ojos, oscuros, vivarachos, rodeados también por un aro naranja, se me antoja que son bastante listos.

Una curiosidad sobre ellos: En alguna ocasión me han sobresaltado, porque al contrario que otros pájaros, que caminan dando pequeños y pausados saltos, los mirlos son tan rápidos que parecen que corrieran, y más de una vez, cuando alguno ha salido a escape de entre la hojarasca, he creído que se trataba de una rata.



El contacto con los seres humanos los ha desinhibido de su ancestral recelo, y hoy por hoy, campan a sus anchas en las ciudades. Se han adaptado por completo al entorno y forman parte, junto con tórtolas, palomas, gorriones, y algún que otro canario, de lo que podríamos denominar la fauna urbana.

La primera vez que vi a ese pájaro de la cabeza blanca, se hallaba posado en la rama de un laurel de indias, y en una de esas asociaciones inconscientes, un fogonazo de la memoria me trajo, de repente, la última escena de la película La Mosca, dirigida por Kurt Neumann en 1958; aquélla en la que el niño se acerca a una tela de araña donde un insecto se debate infructuosamente, y dice: "Mira, una mosca con la cabeza blanca", sin percatarse de que era un híbrido de díptero y humano, a punto de ser sacrificado por los quelíceros terribles del arácnido.



A todas estas, volviendo sobre el pájaro de marras, ruego que, si no se trata de un mirlo, disculpen el rollo que les he endilgado, pero apelo a quien tenga conocimientos sobre el tema, para que me saque de la duda.

Bueno... y ahora que lo pienso... Si en realidad es un mirlo de cabeza blanca ¿no podríamos proponerlo para presidente de gobierno?

Miguel Ángel G. Yanes

26/2/10

TABAIBA DESPUÉS DEL TEMPORAL


Estuve personalmente allí, en el edificio El Moro, tres días después del temporal, con Paco Brito y Miguel Ángel Guerrero. Hablamos con algunos vecinos y con el presidente de la comunidad de dicho edificio. Pero quien nos dejó bien claro lo que había sucedido, fue una señora de unos 60 años que, según nos explicó, llevaba 40 viviendo en ese mismo sitio. Según ella, el problema no lo provocó el agua en si, sino los escombros que quedaron de la ampliación de la autopista (el famoso tercer carril) que, al ser arrastrados ladera abajo, taponaron los pocos cauces habilitados, por lo que el agua buscó camino por donde pudo. Nos indicó que en esos 40 años, ha llovido de forma torrencial en tres o cuatro ocasiones, y ni siquiera cuando el famoso temporal del 31 de marzo de 2002, ocurrió nada parecido, porque en ese momento los cauces estaban despejados. Para más inri, un contenedor de vidrio, quedó encajonado por la fuerza del agua, en el arco de hormigón, al principio de la escalera que lleva a la playa, por lo que el caudal, al desviarse, entró a saco en las viviendas.



Si se fijan en la fotografía superior, verán una enorme cascada a la izquierda del edificio; esa es la salida natural del agua al descender por la escalera; la que sale por los balcones es la que desviaron los escombros y el contenedor reseñado.

El presidente de la comunidad también nos dijo que había estado allí la ministra, acompañada de los "canchanchanes" de turno, para ver el desaguisado, y como anécdota, nos comentó que los zapatos le habían quedado inservibles; y eso que no llegó a bajar a las viviendas, pues aunque estaba decidida a hacerlo, "aquéllos" pensaron que era demasiado peligroso y no lo permitieron.


Daba verdadera lástima contemplar todos los enseres de los vecinos, cubiertos de barro, totalmente inservibles, apilados en aquella escalera: colchones, muebles, electrodomésticos... ¡Un desastre!

Pudimos ver el interior de una de las viviendas; la marca del barro en las paredes alcanzaba casi un metro de altura. Y oyendo el relato de algunas personas, de cómo el agua los arrastró hasta el balcón, es increíble que no se ahogara nadie.



Volvemos a lo de siempre: la necesidad de respetar el cauce natural de los barrancos. ¡Joder! Si la naturaleza los ha excavado de esas dimensiones durante miles de años, es que tarde o temprano los va a necesitar; pero claro, vienen los listos de turno con sus titulitos debajo del brazo, haciendo oídos sordos a quienes de verdad conocen el asunto, colocan unos "tubos de mierda", y lían la que lían.

Miguel Ángel G. Yanes

25/2/10

SÍMBOLO VIOLENTO

Los carnavales del 2010, para bien o para mal, han pasado a la historia, pero aún queda algún vestigio en nuestras calles. Sin ir más lejos, en la parte baja de la Calle del Castillo, podemos ver el contenedor que sirvió de oficina a la Unipol en dichas fiestas. Al fijarme en él, reparo también en su emblema:



un perro de presa, mostrando los colmillos en franca actitud amenazadora.

Como ciudadano, no me ofrece ninguna confianza un cuerpo policial que se identifica con tal símbolo. Me suena más a un intento de amedrentar que de imponer respeto. Esa simbología rezuma violencia y represión. No entiendo cómo se ha permitido tamaño despropósito.


¿Qué significa esto? ¿Que tal vez se sienten identificados con alguna de las cabezas de Cerbero, el monstruoso perro al que Hades nombró guardián del inframundo; o con Carcharot, el perro de Morgorth, al que J. R. Tolkien hace aparecer como el feroz centinela de Angband, en su obra El Silmarillión; o acaso con Los Perros de Tíndalo, que moran más allá del mundo de las formas y del espacio-tiempo conocido, esperando agazapados el momento idóneo para manifestarse y atacarnos?


Miguel Ángel G. Yanes

27/1/10

LA EDUCACIÓN Y LA MAGIA


Educar es un claro intento de mejorar a la humanidad. Ya decía Herbert Baxter Adams que “un profesor trabaja para la eternidad, porque nadie puede predecir donde acabará su influencia”. Y la magia, también llamada ilusionismo o prestidigitación, puede ser un perfecto coadyuvante para esa educación, dando pie al mago, a través de una serie de trucos, de captar la atención del público, de tal manera, que puede crear la ilusión de que algo imposible está ocurriendo, ya sea en plena calle, en un salón o en un escenario.

 
 Herbert Baxter Adams

Cabría preguntarse si esa facultad del mago para captar la atención de los demás, es extrapolable al educador.

Si el profesor tuviera una capacidad de comunicación amena e ilimitada, la capacidad de asombro y de atención del alumno crecería exponencialmente con la suya; por lo que no sería demasiado descabellado pensar que ambas disciplinas, la educación y la magia, podrían complementarse en algunos casos. De hecho, técnicas y principios desarrollados por distintos magos, han demostrado ser de utilidad a la hora de modificar la atención y la conciencia, de enfermos que sufren enfermedades neurodegenerativas, tales como el alzheimer.



Cuando el mago actúa, al efectuar cualquier truco de ilusionismo, no trata de engañar a la vista, sino que trata de engañar al cerebro, porque no le interesa tanto dirigir o desviar la mirada del espectador; lo que le interesa más, en último termino, es dónde se encuentra concentrada su atención. Un espectador puede estar mirando fijamente un juego de magia, pero sin embargo no va a ver el truco, porque a pesar de tener los ojos puestos en él, su atención puede encontrarse localizada en otro lugar.

La educación funciona de una manera similar. Si el profesor es bueno (como se supone que lo ha de ser el mago) sabrá captar la atención del alumno, por muy tediosa y densa, que sea la materia. Para ello habrá de emplear también una serie de trucos, de distinta índole, pero encaminados al mismo fin: lograr el asombro y la satisfacción.

Miguel Ángel G. Yanes