Años ha, presenté un poemario a un certamen convocado por un organismo oficial. Pues bien, una vez fallado y no habiendo conseguido dicho premio, acudí, tal y como permitían las bases del mismo, a retirar mi trabajo que, como saben bien los que se dedican a estas lides, nos cuesta unos buenos euros entre papel, tinta, sobres, gastos de correos... por lo que, es de agradecer la recuperación de las copias, en los pocos concursos en los que no son destruidas.
Una vez mostrado el correspondiente resguardo, me devolvieron las seis copias entregadas y la plica, que es, lo digo para los que no estén familiarizados con el tema, un sobre cerrado que contiene los datos del autor. Yo, ingenuo de mí, cogí todo el material sin prestarle demasiada atención, y me marché tan pancho. Pero hete aquí que al llegar a casa, observo con incredulidad que la plica estaba abierta por uno de sus bordes. Se me llevaron todos los demonios (me suele ocurrir de vez en cuando) y la impotencia me hizo soltar un buen montón de palabrotas.
Se supone que la única plica que debe abrirse es la perteneciente al trabajo ganador. ¿Alguien podría explicarme por qué aquélla estaba abierta?
Lo cierto es que resultaba motivo más que suficiente para impugnar el certamen, pero para ello debí andar más listo y percatarme en el instante exacto de la recepción, no después; y tener algún testigo... ¡claro!
No había forma de demostrar que la plica me fue entregada abierta.

Miguel Ángel G. Yanes
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