El capitán "G" era un personaje bastante peculiar, con su prominente barriga, sus siete trienios de suboficial ("ahí es ná") y su perpetua mala leche. Presa de arrebatos carentes de toda lógica (al menos para mí) vociferaba por cualquier cosa y se le llenaba la boca de palabrotas, como aquel día en el que, estando de oficial de semana, le preguntó al camarero:- ¿Qué hay de comer hoy en la cantina?
- Callos, mi capitán.
- ¡Callos!... ¡hein!...¡callos!... ¡los callos te lo metes tú en los cojones! ¡Me cago en la madre que te parió!... ¡hein! (*)
Al pobre camarero, ante tal exabrupto, sólo se le ocurrió cuadrarse y decir con voz temblorosa:
- ¡A la orden de usted, mi capitán!
Deduje que no debían gustarle los callos o algo así.

O como el día en que abrió la puerta del despacho y me preguntó:
- ¿Dónde está el capitán "C"?
Y yo, ni corto ni perezoso, le respondí:
- Ha tenido que llevar a su perro al veterinario, mi capitán. Tuvo una hemorragia.
- ¡Una hemorragia!... ¡hein!... ¡yo si te voy hacer a ti una hemorragia!... ¡hein! (*)
Y yo, acordándome del camarero, sólo atiné a decir:
- !A la orden de usted, mi capitán!
Cerró dando un portazo, y me quedé diciendo para mis adentros::
"Vaya una pandilla de chiflados".
(*) Cualquier parecido con la realidad es absolutamente cierto.Miguel Ángel G. Yanes
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