13/3/19

UN ÚNICO BESO

Las abuelas decían que las cámaras fotográficas eran un invento maravilloso; por contra, los aborígenes de determinados pueblos "no civilizados" las consideraban algo diabólico al creer, al ver su imagen presa en un trozo de papel, que les robaba el alma.


Tanto como robar el alma (si es que tal cosa existe) no llegaban a hacer, pero sí podían dar una visión de la persona retratada que, a veces, no coincidía demasiado con la "real" que los demás veían.

Una prueba palpable: la de Luna, cuando fue pillada por el imprudente objetivo de la cámara mientras contemplaba cómo su amor secreto se casaba con otra.

La imagen fotográfica no reflejaba para nada a la mujer amable y sonriente que los demás recordábamos haber visto aquella tarde. Aparecía triste y aturdida, avejentada casi, aplastada por una realidad incuestionable, algo que a todos nos pasó inadvertido.


Luna, siempre seca y distante en el plano afectivo, por mas que compartían trabajo y aficiones no dejó traslucir jamás sus sentimientos, sin saber que él también le correspondía. Pero ante la extrema frialdad de aquel escudo con el que ella cubría su soledad, nunca se atrevió a decir que la amaba. Luego la empresa quebró y acabaron distanciándose.

Con su inexorable metrónomo, el tiempo ha transcurrido, y a pesar de habitar ambos en la misma ciudad, durante años no volvieron a verse, hasta que hoy se toparon de frente en una acera repleta de viandantes. 

Ella, venciendo su timidez, su frialdad, su orgullo, sin decir palabra se arrojó sobre él, abrazándolo con todas las fuerzas de su ser hasta el punto se sentir su respuesta sexual en la entrepierna.


Él la apartó con delicadeza, la miró fijamente a los ojos y, también sin mediar palabra, la besó en los labios con pasión y dulzura.

- Ya es demasiado tarde para nosotros - dijo.

Y es que, a pesar de no ser hombre religioso ni dado a cumplir normas, había asumido con absoluta resignación su rol de marido y de padre: un compromiso moral que consideraba indiscutible.


Le acarició la mejilla al tiempo que decía:

- Adiós, querida Luna.

Y se alejó con paso decidido sin mirar atrás.
 

Ella quedó, muda y petrificada en mitad de la calle, mientras dos lágrimas bajaban por su rostro.

Durante el resto de su vida soñó con la intensidad sagrada de aquel beso...

¡Él también!


Miguel Ángel G. Yanes

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