26/2/14

BARBAS, BIGOTES Y PERILLAS

Es un hecho incontrovertible que la barba ha sido tradicionalmente un patrimonio de la izquierda, del proletariado, de los descamisados, que diría Alfonso Guerra (quien, por cierto, siempre lució rasurada su tez). Sin embargo, de unos años a esta parte la derecha ha ido apropiándose sibilinamente de este hirsuto complemento y ya no está mal visto que un cachorro de Nuevas Generaciones luzca este atributo, siempre que no luzca desprolija, estilo Castro o Che Guevara.

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Tal es así que el mismísimo Mariano Rajoy se convirtió en el primer presidente de la democracia (con perdón) en lucir una hermosa barba con la que no desentonaría en un bar de osos. Ni Adolfo Suárez, ni Calvo Sotelo, ni Felipe González, ni Zapatero lucieron barba; tan sólo Aznar exhibió un poblado bigote, un distintivo mucho más identificado con la derecha, como veremos a continuación.


Auge y caída de la barba proletaria 

La barba es un complemento del proletariado por el simple motivo de que es el estado natural de la cara de un hombre (caucásico) cuando hay dejación de afeitado. En la era preindustrial eran los caballeros, los burgueses y los militares quienes lucían una barba cuidada, mientras el pueblo llano –campesinos, tenderos y curritos- solían rasurarse, probablemente porque la barba puede ser un estorbo y un nido de mugre para según qué desempeños (imagina por un momento cosechar mientras tu barba captura el polvo y el polen de las espigas).


Pero los polos se invierten cuando durante el siglo XIX surge en Europa el lumpen-proletariado, etiqueta atribuida al barbudo Karl Marx. En los altos hornos y en las cadenas de montaje el personal empezó a dejar crecer su vello facial, convertido en un distintivo político. En la España franquista, el mejor indicador de filiación sindical era una buena barba, a ser posible dejada crecer salvajemente, como el Mato Grosso, como la lleva Cándido Méndez, un rojo de los de toda la vida.


La reconversión industrial de los 80 y el cataclismo industrial actual arrastraron consigo la barba sindicalista. Sin industria no hay obrero y sin obrero no hay barba que valga. Llevar barba identifica más a un hipster que a un izquierdista, lo que nos lleva a la pregunta pertinente: ¿son los hipsters de izquierdas? Traslado mi inquietud a David García David García, que reúne en sí la doble condición de barbudo y “hipsterólogo“: “Lo que determina la ideología de una barba es su corte, recorte o ausencia de. Los hipsters van aparte. Son hedonistas, frívolos y sin una filiación que vaya más allá de la que sienten por su camello.”


Este aserto no es compartido por  Marcos D. Morales, estudioso del fenómeno piloso en general y del bigote en particular. Según Morales, “En general, los hipsters son neoliberales ocultos en una capa de izquierdismo. Vienen de familias bien de derecha liberal y en su etapa de libertarios pintan y esconden su neoliberalismo en barba y gafas”.


“La barbaza es de izquierdas, pero la barbita puede llegar a ser de Vox”, tercia Mikel López Iturriaga, aka El Comidista, ilustre bloguero, usuario de barba y, a la sazón, hermano de otro legendario deportista barbudo (esa rara avis), Juanma López Iturriaga. En los ochenta, sólo el propio “Itu” y Rafa Rullán lucían vello facial en el basket nacional, mientras que la mitad de los jugadores del Real Madrid que el pasado domingo alzó la Copa del Rey, llevaba una poblada barba. Más que un equipo de baloncesto, parecían el primer gobierno de Felipe González.

real madrid basket fin 
Por su bigote los conoceréis

Si la barba ha sido un rasgo distintivo de sindicalistas, hippies, mendigos y hipsters, es justo atribuir el bigote a las derechas, especialmente el “bigotito”, como lo llevaba José Sazatornil –involuntario estereotipo de señor de derechas, gracias a Martínez el Facha:


O algunos de los dictadores más sanguinarios del siglo XX: Hitler, Pinochet, Stalin o Videla. No nos olvidamos de que el gran bigotón de Stalin, un plusmarquista del genocidio demuestra que en esto de las dictaduras no caben distingos entre derecha e izquierda.


El bigote fino también delata al aviador, al oficial del ejército, al galán de Hollywood en blanco y gris, al Guardia Civil y al burócrata del franquismo… O al menos hasta que llegó Freddy Mercury y se apropió del aditamento piloso, para convertirse en sinónimo de cuero, músculo sudoroso y carne de glory hole. Como dice Rossy de Palma en ‘Kika’ (gracias Marcos Morales por descubrirme la escena), “Los hombres con bigote o son maricones o fachas. O ambas cosas a la vez”.


No es casualidad que Antonio Tejero y su inconfundible mostacho sea el miembro más conocido en la historia de la Guardia Civil. El bigote fue prácticamente institucionalizado por el Duque de Ahumada desde el mismo Big Bang de la Benemérica: “que se observe que tanto los señores jefes y oficiales como las clases de tropa que tiene a sus órdenes, usen el bigote en todo el largo del labio, sin permitir ninguna clase de perilla ni patilla y que el pelo se lleve siempre cortado a cepillo”, rezaba la ordenanza de 1844 que regula el aspecto de los agentes del tricornio.


Aunque no existen estadísticas sobre la adiposidad pilosa de los guardias civiles (¡¿hasta cuándo la opacidad de la Benemérita sobre este asunto!?) podemos concluir que las probabilidades de que un picoleto –golpista o no- luzca bigote supera las de un individuo cualquiera del grupo control de los (no guardias) civiles.

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Por otra parte, el hecho de que un baluarte de la corrupción en España responda al elocuente alias de “El Bigotes” tampoco nos debería llevar a engaño. El “sastre” de Francisco Camps es tan de derechas como Stalin de izquierdas. Uno y otro hubieran puesto el cazo o hubieran montado un gulag apolíticamente y sin despeinarse el bigote.


Por supuesto, también existe el bigote sindicalista, aunque tiene una reminiscencia italiana. Bigote también usaba Gerardo Iglesias, la gran esperanza blanca del comunismo español en los 80, que subió de la mina al escaño (y vuelta), mientras su sucesor, el “califa” Julio Anguita, añadía perilla mora al bigote, lo que nos lleva a la última cuestión de este somero repaso:


 ¿Es la perilla una opción de centro?

La respuesta es no, claro. Ya hemos visto que el más destacado baluarte de Izquierda Unida, y aun hoy, lúcida conciencia de la izquierda española, siempre ha lucido una hermosa perilla con la que realzar su perfil moruno. La perilla, de hecho, ha sido más bien rasgo distintivo de los nobles y de los truhanes, como don Jaime de Mora y Aragón (métase en la categoría que más convenga) o Fernando Rey cuando interpretaba a algún taimado en el cine.


Y es que la perilla es propia de moros, villanos y piratas estilo Errol Flynn. La moda de llevar perilla tuvo su efímero momento durante la última década del siglo pasado, período de infausto recuerdo en el que los jugadores de la selección española de fútbol se conjuraron para acudir al Mundial del 94 ataviados con ese adorno canalla.

12 feb 2014
  

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