18/11/11

HABLANDO DE HUELGAS

La Sanidad Canaria, o lo que es lo mismo, el Servicio Canario de Salud, hizo huelga ayer 17 de noviembre de 2011, en protesta por los recortes previstos para el próximo ejercicio, que se traducen en una disminución presupuestaria de unos 50 millones de euros en gastos de personal, lo que, según los sindicatos convocantes, provocará la perdida de unos 2.000 puestos de trabajo, y el aumento del horario laboral, en dos horas y media semanales, para los que consigan quedarse. 

Obviando los abusivos servicios mínimos decretados por el Gobierno Canario (es otra forma de reventar las huelgas) mi asombro es mayúsculo cuando observó el escaso seguimiento que tiene la huelga entre los trabajadores. Y entonces se me ocurre una medida lógica que la Administración debería tener en cuenta a la hora de comenzar a echar personal a la calle:

“Comiencen a despedir por los que no han ido a la huelga, porque se supone que si no lo han hecho, es porque están de acuerdo con las medidas previstas”.



De otra forma habrían acompañado a sus compañeros, que perdiendo dinero, arriesgándose a unos buenos porrazos, y poniendo en pendura su puesto de trabajo, se echaron a la calle en la protesta, mientras que ellos, con las excusas más peregrinas, escondieron la cabeza (y el culo) como los avestruces; no arriesgaron el físico, no perdieron dinero, no hicieron peligrar su status… pero luego si saben poner las manos para recoger los frutos de lo que sus compañeros hayan podido lograr (si es que logran algo) Y encima, a la hora de recibir las nóminas, pueden reírse entre dientes de los descuentos de aquellos que se echaron a la calle a defender sus derechos. Es la historia de siempre.


La Administración o lo que es lo mismo, el Desgobierno Canario, hará todo lo contrario a lo propuesto, porque en el fondo, lo que le interesa es poder manejar un buen rebaño de borregos, que le teman al perro, que no piensen, que no se preocupen y obedezcan sin chistar a la voz de su amo.
¡¡¡La libertad no existe!!! Gritaban los esclavos.*

 
(*) De Rafael Amor en… “El loco de la vía”

Hago también una llamadita de atención a los que estando de vacaciones o de libranzas (no les iban a quitar las "perritas") tampoco acudieron a la manifestación para solidarizarse con sus compañeros...

¡Buenas lanchas!

Miguel Ángel G. Yanes

17/11/11

CON MI VOTO NO

Solidarizándome totalmente con las opiniones de CIUDADANO PLOF (por algo será) copio aquí su post de fecha 16/11/11 con el que intenta abrirnos los ojos de cara a las próximas elecciones generales.


Tengo muy claro que con mi voto, nadie más va a mamarse un euro.

Inmersos ya los partidos políticos en la campaña que culminará el próximo 20 de noviembre, puesta en marcha la maquinaria electoral (ya me gustaría saber... ya, cuantos millones de euros se van a gastar, porque para eso si hay dinero) asateado como el resto de los ciudadanos por los medios de comunicación (un verdadero sin vivir) ni siquiera vuelvo a plantearme a quién votar... ¿Para qué?

 
Vuelvo a expresar aquí los mismos razonamientos que efectué en las pasadas elecciones de mayo, de los que no me desdigo ni un ápice:


No voy a votar porque no me da la gana. ¿Está claro? En eso estriba la libertad del individuo. Pero tengo poderosas razones para no hacerlo y las voy a exponer:

NO VOY A VOTAR...

porque esto no es una verdadera democracia; fue malparida y nació viciada por el régimen anterior, empezando por su injusto sistema electoral, hecho a modo y medida de los partidos mayoritarios;

porque en este sistema de representación proporcional por listas cerradas, al valorarse las circunscripciones, no se cumple la máxima de "un ciudadano, un voto", lo que genera una evidente desigualdad que, ni PP ni PSOE, desean solucionar;



porque me parece un despilfarro para la economía nacional el mantenimiento de dos cámaras: parlamento y senado. Con la primera ya tendríamos suficientes e incluso podría reducirse su número a un representante por provincia. Imaginen qué ahorro y cuántos chupópteros menos;

porque me he ido desencantando con los años (cosas de la edad) al ver que, cuando gobernó la derecha, los trabajadores perdimos, como era de esperar, pero cuando gobernó la izquierda, que suponíamos era la opción que nos beneficiaría y nos iba a permitir levantar cabeza… ¡nos quitaron hasta los calzoncillos!;


 porque no quiero ser partícipe de esta pantomima, en la que una pila de políticos vagos y sinvergüenzas, sólo contribuyen a empobrecer el país, enriqueciéndose ellos, sus familiares y amigos;

porque es una inmoralidad que, con tal de "agarrar cacho", las distintas fuerzas políticas pacten entre sí, y con el voto de un ciudadano, termine gobernando la opción contraria a la que él votó. Y de los tránsfugas... es tal su descrédito que mejor ni hablar;


porque me da lo mismo que gobierne la derecha, la izquierda, el centro o la madre que parió a Paneke, ya que, gobierne quien gobierne, son simples títeres en manos del capital. Bancos, multinacionales y grandes ricachones son los que cortan el bacalao. Nos echan la piel y las espinas y ellos se comen los lomos; no nos dejan ni la cabeza para hacer un caldo;


porque no hay ni un solo político, sea de la opción que sea, cuyo rostro me inspire un mínimo de confianza;

porque mientras sus hijos tienen el futuro asegurado y estudian en universidades de Gran Bretaña, Alemania o Estados Unidos, los nuestros pasan a engrosar las listas del paro, o como mucho, consiguen contratos basura, después de que los hayan exprimido bien con el invento ese de los contratos en prácticas;

porque se ha subvertido el orden de los valores esenciales para una correcta convivencia. Ahora sólo prima la imagen y el hacerse rico cuanto antes, por encima de todo y de todos, caiga quien caiga;


porque es inadmisible que un centenar de políticos, imputados en casos de corrupción, se presenten alegremente a estas elecciones, y parezca lo más normal del mundo;

porque estoy de ellos… ¡hasta los mismísimos! Y he decidido que, en esta “Mamocracia”, nadie más va a seguir forrándose a mi costa, al menos no con mi voto.

Por eso… ¡¡¡NO VOY A VOTAR!!!



13/11/11

EL ANIMAL TOTÉMICO

Todos los seres humanos tenemos un animal totémico (que no viene a ser el que más nos guste, ¡no!) sino aquél a través del cual, el espíritu de la naturaleza logra comunicarse con nosotros... y viceversa.



Determinados antropólogos, basándose en los testimonios orales recogidos en sus investigaciones, escribieron que el hombre primitivo tenía una relación muy especial con los animales, y que mediante prácticas rituales o ingesta de enteógenos (sustancias naturales capaces de provocar estados alterados de conciencia), nuestro ancestro recordaba o experimentaba la vida de un animal que él mismo había sido. Y que por lo tanto, ingerir la carne de su animal totémico era equivalente a comerse a un ser de su misma especie, por lo que, en muchas regiones, había un tabú que lo prohibía.

Existe todavía el prejuicio de asociar al hombre primitivo con un hombre simple y sin pensamientos. Pero leyendo el testimonio de varios grandes antropólogos como Claude Lévi-Strauss, nos podemos dar cuenta de la sutil inteligencia y cultura de estos hombres, poseedores de una sabiduría singular y de un nexo con la naturaleza que nosotros ¿seres civilizados? hemos perdido casi por completo.



Yo creo que tuve la inmensa suerte de descubrir a mi animal totémico; fue una tarde de otoño en la que, en la soledad de una vaguada, sentado en la postura de la flor del loto sobre una losa de piedra, intentaba aquietar mi mente para adentrarme en la meditación, cuando vino a sacarme de mi abstracción el graznido  de un ave.

Levanté los párpados y lo vi frente a mí, en el suelo, a escasos metros, posado en una roca redondeada que se me antojó el cráneo perdido de algún dios: ¡un cernícalo!



Nos miramos fijamente unos instantes mágicos, atemporales casi y...¡de repente!... la intensidad de su mirada fue toda una revelación; provocó en mi conciencia la total convicción de que, él y yo éramos la misma cosa. Fue un impacto tremendo sentirme  identificado, en concreto, con aquella pequeña ave de presa, porque ella y el gato (habida cuenta de que mi casa estaba inundada de pájaros) eran los mortales enemigos del mundo de mi infancia; diurno uno y nocturno el otro.

Hay quienes opinan que una persona puede tener diferentes animales totémicos. Curiosamente, en el plano estético, mis animales preferidos son el tigre, el lobo y el águila, o lo que viene a ser lo mismo, si lo extrapolamos al entorno cotidiano: el gato, el perro y... el cernícalo: a fin de cuentas, también felino, cánido y ave de presa. Así que no sé, a ciencia cierta si, además del cernícalo, tendré algún otro animal totémico. 

 

Ya desearía, ya, que fueran los que más me gustan; pues he leído que lo que caracteriza al tigre es  "la agilidad mental", "la astucia" y "la independencia", mientras que al lobo se le identifica con "la fuerza interna" y una innata capacidad para servir de "guía hacia lo sagrado".


Miguel Ángel G. Yanes 

9/11/11

TERREMOTOS EN LA ISLA DE EL HIERRO



Aquí en las Islas Canarias, la más joven y pequeña de ellas, la isla de El Hierro, viene sufriendo actividad sísmica desde principios del verano; habiéndose producido, en estos meses, miles de seísmos que vinieron a culminar, el día 8 de octubre, con una erupción submarina a escasos kilómetros del núcleo poblacional de La Restinga, en el sur de la isla. Habida cuenta del nacimiento de un nuevo volcán en el lecho marino, la presión ejercida por la lava cedió y con ella cesaron prácticamente los temblores.







Días más tarde fue en la costa norte, en la zona conocida como El Golfo, donde dio comienzo un nuevo proceso sismológico. Con el paso del tiempo es evidente el aumento paulatino en la intensidad de los terremotos, lo que hace pensar en una segunda fase de esta crisis volcánica y la posibilidad de una nueva intrusión magmática, lo que podría llevar a una segunda erupción, aunque los técnicos no consiguen precisar, ni su inmediatez, ni el lugar en el que puede aflorar el nuevo volcán.


Durante la última madrugada, El Hierro ha registrado trece movimientos sísmicos, después de un temblor de 4,4 grados en la escala de abierta de Ritcher que sacudió anoche la zona norte de la isla. Este último terremoto, ha sido el de mayor intensidad de los más de 11.000 registrados hasta ahora.



7/11/11

MORNING HAS BROKEN (POEMA)



(A Cat Stevens) 

Aún no toca un rayo de sol
la somnolienta ciudad que en nuestros ojos pesa.

El presuroso girar de los neumáticos
va secando su piel de humedecido asfalto
y una tenue neblina nos mantiene
tensos y estáticos, desamparados casi,
frente al círculo rojo del semáforo.

Todo el mundo está atento, preparado
para cruzar sin dilación la calle,
sin reparar siquiera en esa luna
pálida y ojerosa, que bosteza
harta de tanto y tanto trasnochar.

Nadie parece ver al lucero del alba,
partícipe también de su nocturnidad,
hacerle un guiño cómplice, una leve,
amorosa, señal de despedida;
ni al mirlo que, de teja en teja, salta
buscando algún insecto para desayunar.

Pero de repente… ¡Oh! ¡milagro!

Todos alzan la vista al escuchar
el profundo rugido de un avión
frío, liso, brillante, atronador,
que en dos mitades, con su humareda rasga
la frágil piel de un cielo apenas tibio.

Aún sigo sin saber si alguien ha reparado
en la negrura del mirlo, el brillo del lucero
o la opacidad blancuzca de la luna.
Mucho me temo que esto no ha sido así,
porque han tornado todos, al unísono,
a mirar el semáforo anhelantes
y, de reojo, las puntas de sus pies.

Miguel Ángel G. Yanes

5/11/11

LUNA

Nos llegó de las manos de Leo… más bien de sus brazos, donde venía acurrucada, cuando Laura contaba apenas cinco años de edad.

A pesar de que ya tenía una mascota (regalo de una amiga): Mau, un precioso gato persa chinchilla, de pelaje largo y suave, blanco como la nieve, y unos increíbles ojos de distinto color; su ilusión era tener un perrito con el que poder jugar, al que poder acariciar y abrazar, y sacarlo a pasear, como había visto hacer a sus compañeras de colegio, cuyos padres, a veces, los llevaban a la hora de la salida, para alborozo de ambos, tanto de las niñas como de los perros.

En principio nos negamos, habida cuenta de que, gatos y perros no suelen hacer muy buenas migas, a no ser que se hayan criado juntos desde muy pequeños, y Mau ya era un animal adulto. Pero como todos los padres que se precien de serlo, cedimos a su empeño y decidimos buscarle un cachorrito. Fue entonces cuando nos planteamos el tipo de perro que deberíamos buscar; sobre todo que fuera de pequeño tamaño, apropiado para vivir en un piso. Y hete aquí que Leo, compañera mía de trabajo en aquellos años, al enterarse del asunto, y aprovechando que su perrita Jiribilla (palabra de origen cubano que viene a significar revoltoso, inquieto, travieso, o como diríamos los canarios: desinquieto-a) había parido una camada recientemente, nos trajo una tarde, sin que lo esperáramos, aquel pequeño ser.


Apenas tenía un mes; era hembra, blanca, de pelo corto y liso (todo lo contrario que su madre) con unas pequeñas manchitas en una de las orejas, unos ojos oscuros y penetrantes, un rabo siempre alzado como el trole del tranvía y un hocico marrón, regordeta como todos los cachorros, se asemejaba más a un cerdito que a un perro. Y lo más importante… ¡era de raza común! un chucho callejero al que intentaríamos dar todo nuestro cariño. Y es que, casi todo el mundo quiere tener un perro de raza, de postín, algo para lucir como si fuera un bolso, y algunos como si fuera un arma (que de hecho lo son) sin darse cuenta de la cantidad de perros comunes, ya sean cachorros o adultos, que necesitan un dueño que los cuide y los mime. Pero no. Priman siempre las razas y los pedigríes.

En el fondo todo es un problema de consumismo, de imagen, o de caché como se dice ahora. Una vana apariencia que termina justificándolo todo, incluso el no plantearse siquiera la posibilidad de adoptar un chucho, y rescatar así un alma perruna del triste purgatorio de la perrera.


Esas criaturas de ojos tristes, que encerradas tras una reja esperan, con resignación, una mano amiga que los acaricie, que los libere, que los haga partícipes de su mundo, a cambio de su más preciado don: la lealtad. Porque si hay un animal listo, leal y cariñoso, ese es el perro callejero al que se le ha ofrecido el amparo de un hogar, donde a diario encuentre agua, comida y sobre todo… ¡afecto!

Laura estaba encantada con su perrita. La acariciaba con esa delicadeza de la que sólo es capaz la mano de los niños. Parecía que tuviera miedo a romperla o dañarla. Y así, Luna, pasó a formar parte también de la familia. A todas estas Mau, que nunca había visto un perro, la aceptó de inmediato, como si de otro gato se tratara.

Sacar a Luna en brazos, arropándola en el interior de su chaqueta, de la que sólo sobresalía la diminuta cabecita, era para Laura haber cumplido el sueño de su infancia, máxime cuando a todo el mundo le llamaba la atención aquel curioso tándem, y una sonrisa de felicidad le iluminaba el rostro.

Luna fue creciendo y Mau, que desde un principio, compartió con ella su cojín azul de gatos y ratones, terminó hartándose. Ella, como todos los cachorros sólo quería jugar, cosa que él aceptaba a regañadientes y que, poco a poco, fue minando su relación.
 Mau siempre había lucido una cola magnífica, esponjosa, mullida, pero ahora que Luna lo perseguí constantemente para mordérsela, se le había convertido en un espicho (palabra también muy nuestra) Huía de ella a toda velocidad hasta alcanzar la mesa del comedor, pero el impulso de la carrera lo obligaba a sacar las uñas para frenarse antes de caer por el otro lado, lo que para la madera significó un profundo desastre de innumerables surcos. Y cuando lo perseguía en la cocina, su única opción era alcanzar la puerta, por la que salía como alma que lleva el diablo, clavando las afiladas uñas en la pared del pasillo para tomar impulso, lo que obligaba, cada dos por tres, a reparar el maltratado paño.

Cuando todos teníamos que salir, los dejábamos en el balcón. A Luna en su caseta de madera, en el suelo, y a Mau en su cesta de mimbre, sobre una mesa de jardín, para que cada cual dispusiera de territorio propio, pero claro… él necesitaba moverse y para ello utilizaba la barandilla, de apenas cinco centímetros de ancho. Iba y venía por ella como un consumado equilibrista, esquivando los saltos de Luna empeñada en seguir afilándole la cola.

A Mau le encantaba sentarse en el alfeizar de la ventana, donde Luna no podía alcanzarlo, disfrutando así de una magnífica atalaya y de unos instantes de relax.

Todo se complicó cuando Laura comenzó a temer a su gato. Razones le sobraban, porque se agazapaba en cualquier esquina y saltaba sobre ella, arañándola a cada rato, cosa que no había hecho con anterioridad. Supuse que era una cuestión de celos y decidimos atajar el problema de raíz. Con gran dolor por parte de todos (incluida Luna que supongo sería quien más lo echaría en falta) optamos por buscarle un nuevo hogar a Mau.

Dª Nieves, la viuda de mi abuelo paterno, que vivía sola, rodeada de pájaros, perros, gatos y hasta loros, al enterarse de la situación, se apresuró a darle asilo en su particular arca de Noé, donde hasta hoy disfruta de esa vejez que los felinos saben llevar con tanto garbo.


En consecuencia, Luna heredó la cesta de Mau, no así el cojín que se mudó con él, por lo que le compramos uno nuevo, cómodo y mullido, que le colocamos en la sala de la tele, donde pasaba echada la mayor parte del día. Jamás había visto a un perro que durmiera tanto. Pienso que ella también creía que era un gato.

Pasaron los años y la relación de convivencia fluía con total normalidad: había aprendido a hacer sus necesidades sobre un periódico que le colocábamos en el balcón, no se subía a las camas ni a los sillones (salvo en alguna que otra ocasión) y, ante la prueba evidente de los pelos que la delataban, bastaba decirle “¿quién se subió aquí?” para que, avergonzada, agachara las orejas y metiera el rabo entre las patas… No mordía los muebles ni la ropa y… aunque no aprendió a maullar, apenas ladraba.

A pesar de que era una perra de raza común, tenía una cierta similitud con los terrier, al punto de que, una señora inglesa, que solía frecuentar el parque al que la llevábamos a pasear, nos indicó que era idéntica a un Jack Rusell Terrier de pelo liso que ella había tenido. ¡No! Si al final resultaría que pese a nuestro empeño, nos habíamos quedado con un ejemplar cercano a la aristocracia canina.

El primer amigo que Luna hizo en el parque fue un perro enorme y noblote al que llamaban Turco y que parecía algún tipo de cruce con Pastor Alemán. Sé que tenía dueño por lo aseado que estaba, pero siempre venía sólo y sin collar, por lo que nunca supe a quién pertenecía. Cierto día, y gracias a él que se interpuso en su camino, Luna, que se nos había escapado, no fue atropellada por un coche.

Curiosamente había otros animales con los que no transigía: una anciana perra Bobtail, a la que ladraba ya desde la distancia y no dejaba que se le acercase, y una hembra de Bóxer que no le inspiraba demasiada confianza. Por lo demás se relacionaba bien con el resto de perros; mucho más con los machos que con las hembras como es de suponer, y aunque prefería a los de su estirpe, a los desheredados, a los perros sin raza; algún Husky, algún Samoyedo y algún Rottweiler también le hacían tilín.

Me bastaba con un silbido para que acudiera a mi lado, pero cierto día pudo más la curiosidad que la prudencia y, desoyendo mi llamada, se acercó a un grupo de perros de presa que estaban sin bozal, cuando, una hembra de enorme boca se abalanzó sobre ella y le mordió, de parte a parte, el lomo. Por fortuna, el dueño se encontraba cerca y la obligó a sortarla. La pobre Luna salió de estampida y, por primera vez, abandonó el recinto del parque por si sola en busca del hogar. Temí que algún vehículo pudiera atropellarla y corrí tras ella. Tuvo suerte. Atravesó varias calles con abundante tráfico y logró llegar a la puerta de casa, donde la encontré asustada y temblorosa.

Después de hacerle una pequeña cura, regresé solo al parque. El chico, que me reconoció al instante, vino a disculparse por lo acontecido, pero aunque acepté sus disculpas, me mostré inflexible con el hecho de que perros potencialmente peligrosos como aquel, pasearan sin el preceptivo bozal.

“¿Y si en vez de a un perro hubiera mordido a un niño?” le pregunté.

“Jamás ha mordido a nadie” me contestó.

“Pues procura poner los medios para que no ocurra, porque uno nunca puede prever las reacciones de un animal”.

Luna nunca tuvo cachorros. Por más que intentamos cruzarla en un par de ocasiones, nunca cuajó y no llegó a ser madre. No obstante, en los primeros años, el instinto latente la obligaba a robarle a Laura algún que otro peluche, que acurrucaba con mimo en su caseta.


Nunca pensé que un animal de pelo corto pudiera soltar tantísimo ídem. Barríamos la casa a diario, sacando ingentes cantidades de pelo perruno, hasta el punto de que, en una ocasión, había tal bola, que le gasté una broma a Laura, diciéndole: “Mira, Luna ha tenido un cachorrito”.

A pesar de su edad, casi alcanzaba los catorce años, lo que traducido a edad humana la convertía ya en nonagenaria, poseía una vitalidad y agilidad increíbles; era una delicia verla correr y saltar sobre el césped: ¡parecía un conejo! (¿Pero cuántas similitudes tenía este animal?)

Siempre he tenido la sospecha de que los animales captan cosas que a nosotros se nos escapan. Para muestra un botón: A diario solía bajar, por la acera de enfrente a nuestra casa, un señor alto y grueso al que desconocíamos, pero Luna, también a diario, y con el pelo totalmente erizado, ladraba sin parar desde que el hombre doblaba la esquina hasta que desaparecía por la otra punta de la calle.

“¿Pero que demonios…? ¡Oh! ¡Dios mío!”. A saber.


Con los años, Luna había adquirido también ciertas habilidades: Lograba mantenerse de pie sobre las patas traseras un tiempo considerable e incluso saltaba sobre ellas (la perra yo-yo como decía Laura, o la perra-canguro como decía yo).

Había descubierto que la tapa del cubo de la basura subía al pisar el pedal, y en cuanto nos descuidábamos, si había algo agradable a su olfato, la abría e introducía la cabeza para ver que pescaba.

Distinguía perfectamente determinados vocablos y entonaciones: bastaba decirle “¿Vamos a la calle?” para que se volviera como loca, corriendo y brincando a tu alrededor. Al preguntarle “¿Qué hay que coger?” se dirigía a la gaveta donde estaba su correa de paseo y allí se sentaba. No hacía falta ni ponerle el collar, ella misma introducía la cabeza y se lo colocaba, esperando que se lo abrocharan.

Sin embargo había una frase que no le gustaba nada: “A bañarse”. Echaba a correr y se escondía en los sitios más inverosímiles. Y eso que siempre las bañamos con sumo cuidado en agua tibia, con champú especial y un cepillo suave. Aunque lo peor para ella, era el ritual de cortarle las uñas. Le producía verdadero pánico, hasta tal punto de que, en alguna ocasión, terminé haciéndole daño al cortarle más de la cuenta, porque no había manera de que se estuviera quieta. Luego tenía que apretarle la uña dañada, con una gasa empapada en agua oxigena, durante bastante rato, para detener la pequeña hemorragia. Cuando ya estaba seca y cepillada y le abríamos la puerta del baño, salía a toda pastilla, derrapando en las curvas, corriendo sin parar durante un rato, hasta que lograba relajarse.

En lo referente a la comida era una pasada; comía absolutamente de todo, desde el pienso compuesto de rigor, pasando por carne, pescado, queso, jamón, verduras, pasta, fruta (le encantaba la fruta; mientras estuvieras mondando alguna, fuera cual fuera, no se apartaba de tu lado) Aunque había algo que le resultaba una auténtica golosina: las avellanas tostadas. Las hacíamos rodar por el pasillo y corría que se las pelaba hasta alcanzarlas. Incluso cuando, sabedora de que nos marchábamos, se mostraba reacia a salir al balcón, no existía mejor solución que un puñado de avellanas como señuelo.

El sonido de la puerta del frigorífico, el del papel de aluminio o el de la cucharilla revolviendo el café, eran para ella como el tintineo de una campanilla al que no se podía resistir.

Entre nuestras normas de conducta, teníamos estipulado no darle nada mientras estuviéramos comiendo, por lo que se echaba bajo la mesa de la cocina hasta que, al oír el tintineo de la cucharilla abriendo la veda, se sentaba a mis pies. Entonces yo me saltaba la norma a la torera, y mientras degustaba el café y mojaba alguna galleta en él, le ofrecía a Luna el trocito que me quedaba entre los dedos.

El helado era también una de sus golosinas preferidas. Le daba lo mismo que hiciera frío o calor, fuera del sabor que fuera, lo devoraba con verdadera fruición.


Luna había heredado de su madre un punto de epilepsia y, muy de vez en cuando sufría alguna crisis. Era fácil adivinarlo porque se la veía asustada sin motivo, temblorosa y con el rabo entre las patas. La manifestación de la enfermedad que, por fortuna, duraba unos pocos minutos, cursaba con vómito, diarrea y la imposibilidad de mantenerse en pie, pero una vez superada la crisis volvía a tener la misma vitalidad de siempre.

Una noche de domingo, al regresar a casa, no me gustó su aspecto. Eran los síntomas de siempre, y al echar un vistazo al balcón vi los restos normales de lo que supuse un nuevo ataque epiléptico. La limpié lo mejor que pude, la coloqué sobre su cojín y le puse el bebedero de agua junto a él. Durante mucho rato, sin levantarse siquiera, bebió con avidez, lo que me dejó confuso, pues siempre tuvo agua a su alcance. Luego pareció relajarse, aunque respiraba con cierta dificultad por lo que, a pesar de lo intempestivo de la hora, llamé al veterinario. Me dijo que ya había terminado su guardia y que no podía venir a casa, pero que a la mañana siguiente, a primera hora, acudiera a la consulta.


No me quedé nada contento. Tenía un mal pálpito. De hecho, cuando mi mujer se fue a acostar, decidí quedarme junto a Luna. Estuve toda la noche a su lado, hablándole, acariciándola… cuando de repente, a eso de las cinco de la madrugada, le sobrevino otro ataque; tras una serie de convulsiones, su frágil corazón no pudo más y se detuvo de golpe entre mis brazos. Por más que intenté reanimarla, todo fue inútil… ¡Se había ido! Sólo pude abrazarla con fuerza contra el pecho y llorar desconsoladamente como un niño. Había perdido a una amiga fiel, a la más cariñosa y noble de las criaturas.

A la mañana siguiente me acerqué a un supermercado cercano, para solicitar una caja de cartón en la que llevar su cuerpo hasta la clínica veterinaria, pues sabía de la existencia de una empresa dedicada a estos menesteres, que recogía los cadáveres de los animales para proceder luego a su incineración. Así que coloqué una de sus toallas en el fondo, la cubrí con otra, y con gran pesar en el alma, me eché a la callé con aquel ataúd circunstancial en brazos.

Y así entregué su cadáver y su ficha de vacunaciones al mismo veterinario que no acudió en su auxilio.


Pero ahí no acabó todo… todavía me quedaba decírselo a Laura.

Miguel Ángel G. Yanes

1/11/11

LA SANTA COMPAÑA

 
La Santa Compaña es, según cuenta la tradición popular gallega, una tenebrosa procesión de difuntos que, formando dos filas, caminan descalzos y vestidos con sudarios, encabezados siempre por un mortal que lleva consigo una cruz y un caldero con agua bendita. A su paso, se percibe un característico olor a cera y un aire fantasmal los envuelve. Suele aparecer por estas fechas en los cruces de caminos para pedir el alma de quienes pronto dejarán el mundo de los vivos. Los perros, aullando lastimosamente, anuncian su inevitable visita, los gatos huyen despavoridos, y a su paso, cesan los ruidos del bosque (¿qué captarán los animales que a nosotros se nos escapa?) y se hace un silencio sepulcral, interrumpido tan sólo por el tintineo de una campanilla y el fúnebre eco del rezo del rosario.

Esa persona que encabeza la procesión es fácilmente reconocible por la luz que la rodea y la extrema palidez de su rostro, y está condenada a vagar noche tras noche hasta su muerte o hasta que otro incauto sea sorprendido en una encrucijada.


La presencia de la Santa Compaña siempre es indicio de desgracias; lo más habitual es que anuncie la muerte de un conocido o del propio individuo que la contempla, pero también puede aparecer para reprochar a los vivos errores o faltas cometidas.

En algunas versiones se cuenta que la luctuosa procesión lleva un cadáver en un ataúd, pudiendo ser incluso la persona que sufre la aparición, siendo su cuerpo astral el que está siendo transportado.

Según la tradición popular, el mortal que presencie el paso de la Santa Compaña, puede librarse de ser capturado si sube a los escalones de un cruceiro o si porta una cruz y la exhibe a tiempo; también resulta  protección eficaz hacer un círculo en el suelo y entrar en él, rezar y evitar escuchar el sonido que la procesión emite, pero sobre todo, no aceptar jamás la vela que nos tienda algún difunto, ya que, de hacerlo, pasaríamos a formar parte de la Compaña.


Miguel Ángel G. Yanes

29/10/11

EL REY GALLEGO DE LOS JÍBAROS

Husmeando en la Red, he encontrado un interesantísimo artículo, publicado en el periódico EL PAÍS el 03/12/06  por D. Álvaro Otero, en el que trata, con todo lujo de detalles, la curiosa historia del gallego Alfonso Graña que llegó a convertirse en rey de los shuar, tribu amazónica también conocida como jíbaros (los famosos reductores de cabezas), nombre dado por los españoles, a pesar de que ni ellos, ni anteriormente el poderoso imperio inca, consiguieran conquistar sus abruptos territorios. Esta etnia habita entre las selvas de Ecuador y Perú.

En 1979, en una escala en el aeropuerto de Guayaquil (Ecuador) tuve la oportunidad de contemplar una cabeza reducida o tzanza que, colgando del techo, oscilaba sobre sobre la barra de la cantina aeroportuaria. No sé si seguirá allí. Tampoco podría decir a ciencia cierta si era de persona o no; depende de su antigüedad, ya que, en la actualidad, al prohibirse estas prácticas ritualísticas con restos humanos, las tzanzas se suelen realizar con cabezas de mono. Dicha práctica, originariamente tenía un significado religioso, se creía que reduciendo la cabeza de un enemigo y llevándola consigo, se obtenía la sumisión de su espíritu y la obligación de servir al vencedor. Aunque también se decía que la función primordial era evitar que el alma del enemigo tomara venganza.
 
Pues fue buscando datos sobre esta curiosa cultura que llegué al artículo de marras:
 
ELPAIS.com - El País semanal
El rey gallego de los jíbaros

Aventurero y audaz, Alfonso Graña fue uno de tantos gallegos que emigraron en busca de fortuna. Pero su historia es de cine. Empezó como cauchero en Iquitos (Perú), y cuando murió, en 1934, se había convertido en el rey Alfonso I y reinaba sobre 5.000 indios jíbaros del Amazonas.


ÁLVARO OTERO
03/12/2006

Partió analfabeto y aprendió a leer y a escribir en la selva, donde nadie leía y escribía. Las tribus jíbaras huambisa y aguaruna del alto Amazonas, conocidas por guerrear sin pausa y reducir las cabezas de sus enemigos, ejecutaban sus órdenes con respeto y cierta reverencia, pues aquel hombre blanco, inmune a las fiebres, al veneno de las tarántulas o a la furia de los rápidos, parecía a veces inmortal. Como el Kurtz de Conrad en El corazón de las tinieblas, también vivía río arriba, en compañía de los salvajes. He ahí, no obstante, la única coincidencia con el personaje literario. Graña fue un Kurtz bueno que falleció de muerte natural en algún remoto lugar de la jungla. Una desaparición recogida por grandes periódicos de la época y evocada, como antes lo había sido su vida, por escritores y científicos de una II República española que también pronto moriría.

En una casucha derruida de la parroquia orensana de Amiudal, perteneciente al Ayuntamiento de Avión, célebre por ser la patria chica de acaudalados emigrantes como el magnate de la prensa mexicana Mario Vázquez Raña, hay una lápida con la siguiente inscripción: “Casa natal de Alfonso Graña, rey de los jíbaros”.


“Está por ahí arriba”, dice un anciano señalando las ruinas con su bastón. Y añade, mirándome con curiosidad: “De vez en cuando vienen algunos fanáticos a verla”. En su lugar natal no parece despertar demasiado entusiasmo la figura de Alfonso Graña, pero lo cierto es que comienza a cobrar caracteres de mito gracias a un puñado de entusiastas investigadores que desde hace unos pocos años se afanan en recabar información sobre uno de los personajes más fascinantes que haya dado la emigración gallega. Un hombre que, partiendo de una aldea misérrima de la Galicia del siglo XIX, llegó a dominar sobre miles de indios amazónicos y a ser respetado por quienes le conocieron o supieron de él.

Maximino Fernández Sendín, ovetense de padres gallegos y apasionado biógrafo de Graña, afirma en su libro Alfonso I de la Amazonia. Rey de los jíbaros que “a finales del siglo XIX emigra a las Américas, recala en Belén de Pará y un tiempo después se traslada a Iquitos (Perú), donde está documentado que se encuentra en 1910 y trabaja en distintos oficios, incluido el de cauchero”.


En Iquitos, próspera ciudad amazónica gracias a la industria del caucho, reside Alfonso Graña durante una década y traba profunda amistad con otro personaje de novela: Cesáreo Mosquera. Originario de una parroquia cercana a Amiudal, Mosquera era un ferviente republicano que había hecho la guerra en Filipinas antes de asentarse en la capital del departamento peruano de Loreto, donde había formado una familia y fundado la célebre librería Amigos del País, verdadero centro de reunión de una colonia española que acudía allí para enterarse de las últimas novedades de la patria y leer con fruición las novedades del Ya o El Sol.


Pero la prosperidad de Iquitos comienza a tambalearse con la caída de los precios del caucho natural en los mercados internacionales. Esta crisis se vuelve virulenta alrededor de 1920, y es entonces cuando Alfonso Graña se adentra río arriba en busca de nuevas oportunidades. Hay varias versiones sobre cómo acabó contactando con los jíbaros, pero muchas coinciden en que hubo un enfrentamiento con los indígenas durante el cual el hombre que le acompañaba murió y Graña se salvó de correr la misma suerte porque “se encaprichó con él la hija del jefe de la tribu”, según uno de los testimonios recogidos por Fernández Sendín.

A Graña, alto y delgado, la apostura le venía de familia, conocida en la remota aldea natal por el apodo de Los Chulos. Le gustaba –quizá herencia del padre, sastre– vestir elegantemente, y se tocaba con unas gafas redondas que le daban un aire intelectual. Esa imagen, al parecer, le libró de morir a manos de los feroces jíbaros, y su audacia e inteligencia le servirían para suceder a su suegro a la muerte de éste.

Lo cierto es que Graña desapareció en los confines de la selva sin que ni siquiera su gran amigo librero tuviera noticias de él, pero cuando vuelve a aparecer lo hace de forma espectacular. El periodista y escritor Víctor de la Serna, el primero que utilizó el sobrenombre de Alfonso I, Rey de la Amazonia, y quizá la persona que más contribuyó a ensalzar la figura de Graña en la España republicana, describió así el momento: “Al cabo de unos años se supo por unos indios jíbaros, de la tribu de los huambisas, que allá por la gigantesca grieta que el Amazonas abre en el Ande, hacia el Pongo de Manseriche, vivía y mandaba un hombre blanco. Graña era el rey de la Amazonia. Y entonces un día, hacia Iquitos, avanzó por el río una xangada con indios jíbaros, muchas mercancías (…) y Graña. Lo reconocieron sus amigos y, sobre todo, con doble alegría, Mosquera”.

“Los indígenas lo adoraban y seguían a todas partes”, cuenta el editor y escritor Gonzalo Allegue, precursor en el redescubrimiento de este personaje. “En la ciudad les curaba las úlceras de las piernas, les cortaba el pelo, les invitaba a helados y los llevaba al cine. Por las tardes, los huambisas se vestían de frac y sombrero de copa de los masones de la colonia española y salían a pasear en el Ford 18 descapotable cedido por Cesáreo Mosquera”.


Más allá de estos divertimentos, Graña acudía a la ciudad para hacer negocios y después se iba. Aparecía una o dos veces al año con las balsas cargadas de carne curada, pescado salado, monos, venados, bueyes y tortugas, siempre rodeado de jíbaros que mostraban a las asombradas hijas de Mosquera las tzantzas o cabezas reducidas. Nadie sabía dónde vivía exactamente, pero se movía sobre todo en el entorno del Pongo de Manseriche, el terrible rápido a 10 jornadas enteras de canoa, río arriba, desde Iquitos.

“Diez kilómetros de violentos remolinos, rocas, torrentes…”. Así describe Mario Vargas Llosa el Pongo en su novela La casa verde. Con el tiempo, la gente fue relacionando la ascendencia de Graña sobre los jíbaros, entre otras cosas, con su capacidad para atravesarlo sin siquiera amarrarse a las balsas, como un loco inmortal llegado de otro mundo. No es para menos, porque el Manseriche, donde las aguas del Marañón se encajonan en un angosto cañón rocoso de sólo 25 metros de ancho y acaban precipitándose sobre una piedra de 30 metros de altura, era y sigue siendo un infierno de remolinos que se traga decenas de hombres y barcos de gran porte.


Sólo los jíbaros más valientes se atrevían a navegar el Pongo… y Graña. Según cuenta Allegue en su libro Galegos: as mans de América, cruzaba la torrentera agarrado tan sólo a su pértiga y encomendándose a voz en grito al padre Rafel Ferrer, un sacerdote español que 100 años antes había muerto en el río y cuyo espíritu, según el gallego, le protegía. Graña, además, había enseñado a los indios a aumentar la producción de sal, indispensable para curar el pescado y la carne, y se empleó a fondo para reducir los conflictos entre aguarunas y huambisas utilizando sus dotes de persuasión y su capacidad de mando.

Su fama, con el transcurrir de los años, fue creciendo. Mosquera, que, a pesar de haber aprendido a leer ya mayor, tenía una irrefrenable pasión de cronista, le sentaba delante de él cada vez que llegaba, le instaba a contarle sus aventuras y, mientras tanto, reproducía su cháchara tecleando compulsivamente en su vieja máquina de escribir. Esas páginas, redactadas con fluidez y gracejo, cuajadas de faltas de ortografía y expresiones en gallego, representan hoy un testimonio clave para comprender la vida de Graña, su relación esporádica con la civilización y su posterior contacto con uno de los proyectos científicos más ambiciosos de la II República.

“Acaba de llegar aquí nuestro paisano Alfonso Graña de su tribu del río Santiago y Marañón con indios huambisas trayendo una balsa con mucha metralla para vender aquí”, consigna en uno de esos escritos. “Animales y aves curados y ahumados, parece un necroterio (sic), que diría Darwin”. “Ya nos retratamos y todo con ellos”, añade en otro, “y hasta con la cachola de una mociña que han escamochado saben ellos por qué”.

La autoridad de Alfonso Graña sobre ese vasto territorio selvático se consolida con el tiempo y llega incluso a oídos de los hombres más poderosos del planeta. “Cuando en 1926 la Standard Oil [la petrolera propiedad de los Rockefeller] quiso explotar los supuestos pozos petrolíferos del alto Amazonas”, relata Lois Pérez Leira, responsable de migración de la Confederación Intersindical Galega y otro precursor en las investigaciones sobre el personaje, “tuvo que pactar con Graña, y gracias a él pudo hacer los sondeos”. Sólo Graña podía evitar que las tribus atacasen a los expedicionarios, sólo él podía proveerlos de víveres y, lo que es más importante, sólo él conocía dónde brotaba el petróleo de la tierra con la misma naturalidad que el agua de una fuente.

Mientras tanto, Cesáreo Mosquera se entera por un artículo de Víctor de la Serna de que el famoso aviador republicano Francisco Iglesias Brage lidera en España una denominada Expedición Iglesias al Amazonas, con el apoyo del Gobierno y de intelectuales de la época como Gregorio Marañón o Ramón Menéndez Pidal. Sin pensárselo dos veces, y aún incrédulo, Mosquera le escribe a Brage: “Supongo que es una broma [la noticia], pero si no lo es, aquí estamos Graña y yo”.


El aviador, famoso por hazañas como su vuelo sin escalas de Sevilla a Salvador de Bahía en 1929, le contesta de inmediato y a partir de ese momento el librero y su amigo Graña se convierten en entusiastas colaboradores del proyecto. Mosquera escribe decenas de cartas a Brage con datos preciosos para los preparativos de la expedición, “entrevista” compulsivamente a Graña cuando éste se acerca a Iquitos sobre todo de tipo de aspectos relacionados con la vida en la selva –costumbres de los indios, distancias, fauna, formas de las embarcaciones– e incluso inquiere a los jíbaros –con la ayuda de un sospechoso ahijado de Graña, de gran parecido con éste, que hacía de traductor– sobre la técnica para reducir cabezas o los efectos de la ayahuasca, la planta “que no se toma para curar, sino por soñar”.


Víctor de la Serna comienza a hacerse eco del poder de Graña en los periódicos y revistas de la época, mientras la Expedición Iglesias al Amazonas alcanza velocidad de crucero. El 16 de junio de 1932, las Cortes elaboran una ley para darle el definitivo impulso y se inicia la construcción del Ártabro, un buque especialmente diseñado a tal efecto que contenía desde un laboratorio hasta pequeños aviones de alas plegables con los que realizar las exploraciones.

Mientras tanto, Mosquera, que seguía al dedillo la evolución del proyecto, no sólo se limita a enviar datos por escrito, sino que le hace llegar a Iglesias Brage todo tipo de material traído por Graña: botellitas con agua del río, con petróleo, monos ahumados, paujiles, paiches, capullos de crisálida y decenas de fotografías realizadas por el gallego selva adentro. Víctor de la Serna divulga sin descanso los trabajos. El filósofo Ortega y Gasset se suma al patronato de la expedición y es entonces cuando, de nuevo en el Amazonas, un suceso acaba por asentar definitivamente el reinado de Alfonso Graña.

Todo comienza cuando en 1933 un avión de combate de las Fuerzas Aéreas peruanas que participaba en la guerra entre Perú y Colombia se estrella en plena selva. Fallece el piloto, y el mecánico queda malherido. Los indios, comandados por Graña, localizan los restos del aparato y salvan la vida del herido cuidando de él toda la noche.


Fue entonces cuando Graña toma una decisión con la que alcanzaría una fama imperecedera. Embalsama el cadáver con la ayuda de los indígenas, ordena recoger los restos del hidroavión y los embarca junto al ataúd en una balsa. En otra, monta un segundo avión de la misma cuadrilla que había sufrido desperfectos tras el amerizaje de emergencia, aunque sin víctimas. Y con esa frágil flota se dispone a hacer lo que parecía imposible: cruzar el Pongo de Manseriche.

Con ayuda o no de su espíritu protector, lo cierto es que logra su objetivo, y más de una semana después llega a Iquitos, donde le recibe una multitud impresionada ante la valentía de ese hombre que se había jugado la vida para entregar el cadáver a la familia del piloto. Una familia de gran alcurnia que, agradecida, contribuyó sin duda a que poco después el Gobierno peruano reconociese oficialmente la soberanía de Alfonso Graña sobre el territorio jíbaro y la explotación de sus salinas. Alfonso I, Rey de la Amazonia había dejado de ser el apodo acuñado por Víctor de la Serna para convertirse en una realidad. Aquel piloto se llamaba Alfredo Rodríguez Ballón, y el aeropuerto de la ciudad peruana de Arequipa lleva hoy su nombre.


Alfonso Graña no pudo disfrutar mucho de su gloria. El misterio de la causa y el momento de su muerte se mantendría hasta que Maximino Fernández localizó una carta firmada por Luis Mairata, un español residente en Iquitos, y enviada al capitán Iglesias Brage en diciembre de 1934: “Le supongo enterado de que el pobre Graña murió el mes pasado”, dice, “cuando se dirigía a su fundo del Marañón. El pobre padecía cáncer de estómago y no tuvo remedio”.
Murió en plena selva, y nunca se localizó su cadáver. Su gran amigo Cesáreo Mosquera se había marchado el mes de junio de ese mismo año a España, con intención de quedarse. De la Serna le dedicó en enero de 1935, en el periódico Ya, un inspirado obituario: “Detrás de su alma en tránsito”, escribió; “detrás de su alma simple, como la de una criatura elemental, la selva se habrá cerrado en uno de esos estremecimientos indecibles del cosmos vegetal”. Poco después, la Guerra Civil se llevó por delante, entre tantos sueños, el de la Expedición Iglesias al Amazonas. Y casi se lleva también a Mosquera, que, republicano confeso, huyó a Portugal, y de ahí, de nuevo, a Brasil. Nunca regresaría a España. Murió en Iquitos en 1955. Hoy, su librería sigue ahí, aunque con el nombre cambiado. Se llama Tamara.

En la siguiente fotografía se puede apreciar, a la izquierda, a un descendiente de Alfonso Graña, cuyo parentesco ha sido ratificado mediante las correspondientes pruebas de ADN, cotejadas con las efectuadas a unas sobrinas suyas octogenarias, hijas de su hermana Florinda.



Miguel Ángel G. Yanes