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18/5/20

ÁRBOLES Y POESÍA


De Emerson y Thoreau a Emily Dickinson y Walt Whitman. De Joaquín Araújo a Jorge Riechmann. Seguimos sin poder salir a los bosques, así que os invitamos desde esta sección de FSC a dar un paseo por la poesía inspirada en los árboles


Aparte de los abrazos, una de las cosas que más echo de menos estas semanas de confinamiento son los árboles. Tocarlos. Respirar cobijado entre sus sombras. Escuchar la vida que albergan en esta primavera que en parte pasará de largo. "No solo la vida humana, también la literatura es deudora de los árboles", de las montañas.

“Nuestras vidas son caminos que se internan en el bosque. Todos los escritores tenemos una deuda inmensa con los árboles, pues ellos han publicado nuestros libros” , asegura Joaquín Araújo.


Este naturalista, campesino y poeta se ha definido siempre como un 'hombre emboscado'. “Miro con dos grandes gotas de agua. La misma en la que nadan mis ideas y emociones. Respiro bosques. Me atalantan los espacios abiertos tanto como las zambullidas en cualquier soledad”.

A pesar de los malos augurios, el papel sigue siendo fundamental en la literatura, sobre todo entre los lectores. Es verdad que el ordenador ha desterrado en gran parte al papel a la hora de escribir. "Son pocos quienes siguen escribiendo hoy a máquina o a mano. Pero entre esos pocos están los poetas".


“El poeta, conservador de los infinitos rostros de lo viviente”, anotó uno de los grandes, René Char. Y entre los rostros de lo viviente que hay que conservar sin duda está la naturaleza emboscada. “Mi mesa de madera es del tamaño de un nido”, asegura Basilio Sánchez. Esa madera sobre la que reposa la página en blanco y en la que poco a poco se perfila un poema.

Un poema que busca la belleza. “La creación de la belleza es el arte”, escribió Emerson en 'Nature'. El padre del 'trascendentalismo' plasmó esa fusión entre los bosques, la naturaleza y la belleza en sus poemas, como en estos versos de 'Notas del bosque':


“Cuando el pino arroja sus piñas
que entonan sus notas de cascada,
se apresura a los senderos del bosque,
les habla a las aves y a los árboles”.

Uno de sus discípulos, Thoreau, se aisló durante algo más de dos años en una cabaña, cerca del lago Walden, y de ahí salió uno de los ensayos más influyentes de todos los tiempos. ¿Se puede ser un pensador sin amar la poesía? Thoreau también cantó a la naturaleza y a los bosques y nos recordó en sus poemas "el vínculo de los humanos con la tierra que nos ha dado la vida":


“Dos fuertes robles quiero decir, uno al lado del otro,
 Soportan la tormenta del invierno,
Y a pesar del viento y la marea,
Nace el orgullo de la pradera,
Por tanto ambos son fuertes.

Por encima de ellos apenas se tocan, pero socavan
Hasta su fuente más profunda,
Su admiración se encontrará
Sus raíces están entrelazadas
Inseparablemente”.

Hay pocos poetas que hayan meditado tanto sobre "la complejidad de la naturaleza y su trascendencia" como Emily Dickinson:


“Naturaleza es lo que vemos,
La colina, la tarde,
La ardilla, el eclipse, el abejorro,
No, naturaleza es el cielo.

Naturaleza es lo que escuchamos
El tordo charlatán, el mar,
El trueno, el grillo,
No, naturaleza es armonía.

Naturaleza es lo que sabemos,
Y todavía no somos capaces de decir,
Tan impotente es nuestra sabiduría,
ante su simplicidad”.

Al fin y al cabo los humanos somos naturaleza. No somos más que los demás seres vivos, aunque nos empeñemos en creerlo y destruir lo que crece a nuestro alrededor. "Somos tan importantes como una hoja de hierba". Lo sabía muy bien Walt Whitman:


“Creo que una hoja de hierba, no es menos
que el día de trabajo de las estrellas,
y que una hormiga es perfecta,
y un grano de arena,
y el huevo del régulo,
son igualmente perfectos,
y que la rana es una obra maestra,
digna de los señalados,
y que la zarzamora podría adornar,
los salones del paraíso,
y que la articulación más pequeña de mi mano,
avergüenza a las máquinas,
y que la vaca que pasta, con su cabeza gacha,
supera todas las estatuas,
y que un ratón es milagro suficiente,
como para hacer dudar
a seis trillones de infieles”.

"La contemplación del bosque y de los árboles no solo nos lleva a una exaltación de los sentidos", también nos incita a la reflexión y a veces a la melancolía, como nos cuentan estos versos de Álvaro Valverde:


“No sé que es más hermoso
si la visión de estos bancales
rojizos de cerezos que resaltan al sol
entre el tono oro viejo
de castaños y robles
o el recuerdo de aquéllos
que hace meses brillaron
blanco puro en lo azul.

Las hojas son ahora
como brasas que cuelgan.
Entonces eran llamas
ascendiendo a lo alto.
Allí todo era ímpetu
y promesa incumplida.
La esperanza del fruto
que celebra el verano.
Aquí el acabamiento
del invierno que llega.
Allí, la desazón.
Aquí, el sosiego”.

Y sin embargo, en este mundo que se ha vuelto en contra de la naturaleza cada vez necesitamos más a la naturaleza. "Una naturaleza machacada por un sistema depredador que devora la esperanza". Para invocarla, de nuevo necesitamos detenernos, dar un paso atrás, dejar que la vida retome el ciclo perdido. Quizás haya que echarse a un lado para “'oír' el silencio de los árboles", nos recuerda Jorge Riechmann:


“Borrarse
para dejar hablar al lenguaje
proponía el hermano Mallarmé.

Ah, borrarse
para dejar hablar al silencio
de los árboles”.

¿Quién querría vivir en un país sin árboles? Un país sin árboles es un país sin vida, sin cultura, sin cobijo, desprotegido y sin futuro. Sin luz. Un país que ha arrancado una parte de nosotros mismos. Cómo no estar de acuerdo con el poeta extremeño Basilio Sánchez
 

“En el valle, un castaño
ha elevado sus hojas
sobre el tejado rojo de una casa
y ahora puede mirar al horizonte.

La noche entre los árboles
es una oscuridad iluminada, un silencio de pájaros
en los que confiar, una espesura
de ramas transparente,
de pañuelos azules,
de animales benévolos.

Necesito vivir en un país
que no haya renegado de sus árboles,
necesito vivir en una tierra que envejezca a su sombra”.

"Muchos poetas han cantado a los árboles desde el origen de los tiempos". Al fin y al cabo, somos árboles y juntos hacemos un bosque, nos dice Viviana Paletta, escritora argentina residente en Madrid:


“Todo el que tiene cuerpo
tiene un árbol.
Y dos que se juntan, bosque.
La suavidad sumaria de la hoja.
El rostro informe de la lluvia/ 
La tierra que se expande
como un pétalo
nocturno.
Un instante febril cuando el sol cae”.

Sin embargo, "los humanos estamos sordos, ya no escuchamos el silencio de los árboles" que reclamaba Riechmann, como se lamenta la poeta nicaragüense Esthela Calderón:


“El sonido de la primera palabra fue el de un árbol,
y los animales y las aguas respondieron.
El primer hombre era sordo.
No escuchó el soplo de la corriente vital.
Desde entonces, heredamos la sordera”.

«Los árboles son santuarios», escribió Herman Hesse. «Cuando hayamos aprendido a escuchar a los árboles, nos sentiremos en casa. Eso es la felicidad».


¿Acaso vamos a renunciar a la felicidad?

FUENTE: elasombrario.com
Javier Morales
29/04/2020


Desde que, en mi ya lejana juventud, leí parte de la obra del novelista brasileño José Mauro de Vasconcelos (‘Rosinha, mi canoa’, ‘Mi planta de naranja-lima’, ‘Papagayo rojo…) entendí que los árboles eran los guardianes del mundo y que cada uno alberga un espíritu de la Naturaleza.

8/9/19

EMERGENCIA ECOSOCIAL Y MEMECES DE LA ULTRADERECHA

La activista Greta Thunberg. Foto: Parlamento Europeo.

La activista planetaria Greta Thunberg ha viajado en barco a EE.UU. para decirle al hombre más poderoso de La Tierra que vivimos en una emergencia climática, mientras la ultraderecha española juega con fuego al negacionismo. Revisemos uno de esos libros esclarecedores sobre la crisis ecosocial en que estamos inmersos: ¿Vivir como buenos huérfanos? (Los Libros de la Catarata), de Jorge Riechmann: “Vivimos en el Siglo de la Gran Prueba”.

La joven activista sueca Greta Thunberg viaja a Estados Unidos para hablar sobre cambio climático, para que los políticos y mandamases del mundo se dejen de cháchara y empiecen a tomar medidas concretas y urgentes. Por coherencia (a pesar de su edad, cuando inició hace unos meses los viernes por el clima decidió rehuir de los aviones, un movimiento que se ha extendido en Suecia) ha viajado en un barco de vela.

Por lo que leo en algunos medios y en las redes sociales (en su versión más ponzoñosa), hay quien piensa de esta joven idealista, y por tanto práctica, que no es más que una niña pija, un bluf, una maniobra de distracción de los progres que quieren cambiar el mundo. Creo que hay mucho paternalismo y machismo detrás de esas opiniones, mucha ignorancia e inseguridad, pero este es otro tema.

Donald Trump

Thunberg le dirá a Donald Trump que el cambio climático es una evidencia científica, no una opinión discutible. Los datos está ahí. Y en contra de lo que piensa mucha gente, yo creo que Donald Trump lo sabe, que el cambio climático que vivimos existe y que lo ha provocado la desmesura de los humanos, pero es un hombre de negocios en el peor estilo y carece de escrúpulos. Los efectos del calentamiento global abrirán nuevas rutas y se tendrá acceso a recursos naturales resguardados durante miles de años bajo el hielo. Ahí está el negocio.

"El business es el business". Sus discípulos españoles de Vox (que el otro día tumbaron en el Senado una declaración sobre el incendio en Gran Canaria porque aludía al calentamiento global y eso era ideología) sí que creen de verdad que el cambio climático no existe, de la misma manera que creen que los humanos venimos de Adán y Eva o que la homosexualidad (y no digamos ya la transexualidad) es una enfermedad, que tiene cura, eso sí.

Thunberg es un ejemplo de que hay jóvenes que no se resignan al mundo que les hemos dejado, que les estamos dejando. Es cierto que a lo largo de la historia de la Humanidad ha habido crisis, guerras, pero lo que diferencia el momento actual es que por primera vez nuestra supervivencia en La Tierra (no la vida, que ya se las arreglará, o la del propio planeta) está en peligro. Tenemos que actuar y debemos hacerlo ya, quizás ya no para evitar el desastre (que parece inevitable), pero al menos para aminorar sus efectos.

 Jorge Riechmann

"Vivimos en el Siglo de la Gran Prueba" nos viene advirtiendo el filósofo y poeta madrileño Jorge Riechmann desde hace tiempo, el siglo en el que los humanos daremos la medida de nuestras posibilidades: si abrazamos la desmesura, la tentación de convertirnos en dioses, o por el contrario apostamos por un cambio radical de modelo que evite la crisis ecosocial y ahonde en lo que nos hace también humanos, como la empatía, el amor por todos los seres vivos y la solidaridad.

"Deberíamos poder vivir en un mundo donde releer un libro fuera posible", nos dice Riechmann en ¿Vivir como buenos huérfanos? (Libros de la Catarata). Este verano yo he aprovechado para releer este ensayo, uno de los mejores del autor en mi opinión, y que debería ser de lectura obligatoria. Como en libros anteriores, Riechmann retoma el reto de abordar la crisis ecosocial que está a punto de colapsar el mundo, pero en esta ocasión se adentra además en territorios más metafísicos, como el sentido de la vida o la importancia de la religión/espiritualidad (en sentido amplio, no como institución organizada).

El poeta y filósofo construye este ensayo a partir, entre otros, de la obra de dos pensadores fundamentales del siglo XX como Albert Camus y Manuel Sacristán. De este último, a quien considera su maestro, toma su ecosocialismo y su capacidad para cuestionar algunos malentendidos de la izquierda tradicional, como el sentido del progreso como crecimiento ilimitado o el rechazo a la espiritualidad/religión (hay un capítulo interesantísimo dedicado a este tema). Aparte de entrelazar el socialismo con la ecología, Riechmann establece puentes con otras formas de organizar y entender la vida, como las religiones orientales (el budismo, por ejemplo).

Albert Camus (1913 - 1960)

Pesimista (el pesimista es un optimista bien informado, aseguraba José Saramago) y contrario a una suerte de positivismo tontorrón (wishful thinking) que invade nuestra sociedad, Riechmann cree sin embargo que, ante el ecocidio, hay que seguir dando la batalla y resistir. Hay que mantener la esperanza, no tanto porque se vayan a conseguir nuestros anhelos de construir una sociedad más justa, sino casi como obligación moral. “Yo no veo la esperanza como un cielo luminoso, la veo como una vela encendida en la tiniebla”, aseguraba Berger, a quien alude Riechmann en el libro en varias ocasiones.

Tenemos una cita para mantener encendida esa vela el próximo 27 de septiembre, en la huelga mundial por el clima.

Podemos mirar para otro lado, comportarnos como si no pasara nada, o salir a la calle y exigirles a los gobernantes que actúen ya. "Naciones Unidas apenas nos da 12 años para evitar lo peor". A eso ha ido la joven Thunberg a Estados Unidos, a recordarles a quienes mandan lo que es evidente.


FUENTE: elasombrario.com
Javier Morales
01/09/2019 





¡¡¡NO SE OLVIDEN DE LA CITA!!!