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5/5/18

LA MANZANA


Hay un amigo, Paco Sánchez, que, sobre la múltiple variedad de manzanas que inundan el mercado (Fuji, Gala, Golden, Granny, Macintosh, Pink Lady, Reineta, Royal ...) me hace una observación:

- Ninguna de ellas huele ni sabe a manzana; al menos al olor y al sabor de manzana que mi olfato y mi paladar recuerdan.


La manzana es una fruta comestible producida por el manzano común (Malus doméstica) y otras variedades e híbridos de aquel. Al parecer proviene de las montañas de Tian Shan, zona limítrofe entre China, Kazajistán y Kirguistán.

También existe un manzano silvestre (Malus sylvestris) que antiguamente se pensó podría ser el antepasado de la manzana de cultivo, pero no es así, ya que, proviene de la especie Malus sieversii propia de Asia central.

Manzano silvestre

La manzana está ligada indefectiblemente a la historia de la humanidad, desde el pasaje bíblico en el que el fruto del árbol del conocimiento aparece representado por una manzana que, una vez probada, acarrea la expulsión de Adán y Eva del Paraíso, hasta el logotipo de la empresa de informática Apple (una manzana mordida) y cuyos ordenadores son llamados Macintosh (también una variedad de manzana) pasando por la disputa entre las diosas Hera, Afrodita y Atenea (manzana de la discordia), la formulación de la ley de gravitación universal por parte de Isaac Newton (basada en la caída de otra manzana) el cuento de Blancanieves y la manzana envenenada o el anagrama utilizado por el conjunto británico de rock The Beatles para su compañía discográfica.

La expulsión del Paraíso

Sin embargo, toda esta larga perorata no sirve para aclararle al amigo Sánchez por qué las jodidas manzanas han perdido su aroma y su sabor. ¿Serán los pesticidas? ¿Será la maduración artificial? ¿Serán nuestras papilas gustativas que se han ido a hacer puñetas con tantos productos químicos? ¿Será nuestra pituitaria que se ha atrofiado con tanta porquería que flota en el aire? ¿O acaso será la calidad de las aguas de riego?

Riego por aspersión
"¿Qui lo sa?"

Miguel Ángel G. Yanes 

9/10/14

A LA SOMBRA DE LA HIGUERA

A pesar de saber, por boca de las abuelas, que su sombra resultaba desaconsejable (la de la higuera, no la de las abuelas), este ciudadano, en su juventud solía tumbarse a leer bajo una enorme (higuera, que no abuela) que existía (no sé si lo hará aún) en la zona montañosa de Los Campitos.

Apoyada en un semiderruido muro de piedra seca, antaño soporte de un bancal de cultivo, formaba una verdadera cúpula vegetal bajo la que solía cobijarme del sol, y es que la copa de la higuera crece en función de lo que crezcan sus raíces; y allí, donde silencio y soledad enhebraban con su aroma embriagador el paso furtivo de las horas, boca arriba, con la espalda aplastando la hierba amarillenta y seca, y la mirada perdida en los mundos que me abrían las páginas de un libro, disfrutaba de aquella libertad sin límites, leyendo sin medida y sin tregua, hasta que la luz se rendía en mis ojos y me gritaba: ¡basta!

Miguel Ángel G. Yanes