
Bueno, a lo que iba: una vez preso (internado quise decir) y en manos de aquellos frailes de habitos negros y estricta disciplina, hube de aprender, a toda prisa, las reglas elementales de aquella sociedad cerrada y asfixiante, y lo primero que me enseñaron fue "el uno" y "el dos".
Yo no me lo podía creer; los verbos y palabras definitorias de las necesidades fisiológicas estaban abolidas, siendo sustituídos por los cardinales de marras. Dependiendo de la consistencia, no de la cantidad, del hecho en sí, a partir de ese instante, en vez de pis y caca, tendría que llamarlos "el uno" y "el dos".
Hoy, con la perspectiva que da la edad, sonrío al recordarlo, pero tuerzo el gesto al reconocer que, hasta cierto punto, era una forma de castración lingüística y cultural. Pues no habrá palabras ni nada que permitan expresar tales acciones, todo un popurrí: defecar, evacuar, obrar, deponer, orinar, descargar, excretar, expeler, miccionar o simplemente cagar y mear, que a fin de cuentas son las genéricas; pasando por frases hechas: dar del cuerpo, ir de vientre, hacer caca, hacer aguas menores (las mayores nunca supe como eran, aunque puedo imaginar algo así como "una larga y cálida meada"), hasta las más cursis como "el popó" o "el pipí".

Pero el colmo fue que, buscando información en la Red sobre este asunto, descubrí que en algún que otro país de las Américas, allí donde determinadas comunidades religiosas tuvieron un fuerte arraigo, parte de la población sigue empleando aún los numeritos de marras.
Eso sí: "al César lo que es del César". A pesar de los malos momentos que pasé encerrado en aquella clínica, y dejando de lado a algún garbanzo negro (nunca mejor dicho) que lo hubo, y al que le encantaba atizarnos coscorrones, la mayoría de los frailes eran buena gente y les estaré eternamente agradecido por los cuidados que me prestaron hasta poder superar la enfermedad.Perdonen ustedes por lo escatológico de esta entrada pero, a veces, resulta necesario y hasta imprescindible airear detalles que la memoria se empeña en ocultar.
Miguel Ángel G. Yanes
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