25/9/12

EL MOTORISTA LOCO DE LA MILI

Habré dicho, en incontables ocasiones, que fui motero allá por mis años jóvenes, lo que me ha dado pie para escribir cantidad de anécdotas relativas al mundillo de las dos ruedas, pero creo que ésta no la he relatado públicamente.

Nunca supe, a ciencia cierta, si la historia era verídica o tan sólo formaba parte de lo que podríamos denominar "leyendas de la mili", pero tal como me la contaron, la contaré yo:


Primer día en el Centro de Instrucción de Reclutas (Rabasa-Alicante): toque de diana; revuelo tremendo de mozos levantándose a toda prisa, tropezando los unos con los otros para hacerse un mínimo espacio junto a las literas, donde ponerse la ropa de faena, calzarse botas, apretarse cinturón y trinchas y encasquetarse la gorra de rigor; salir a la carrera y, atendiendo a los desaforados gritos de un sargento, formar militarmente frente a la entrada del barracón.

Cuando la tropa ya estaba lista, y el suboficial se disponía a dar novedades al teniente al mando... un recluta, con los brazos extendidos, los puños cerrados en el aire como si agarra un invisible manillar e imitando con la boca el petardeo de una moto, abandona la formación y se da un garbeo, frente a la atónita mirada de los presentes que no podían dar crédito a lo que veían.

- ¡Recluta!... ¡Vuelve inmediatamente a la formación! Bramó desencajado el sargento de turno.

Pero aquél motorista, como quien oye llover, acelerando su imaginaria moto siguió corriendo sin parar por el patio para jolgorio de la tropa que, una vez superada la sorpresa inicial, se partía de la risa.

- ¡¡¡Silencio!!! Volvió a gritar la agria voz del sargento. ¡No quiero oir ni una mosca!

Fue entonces cuando el teniente tomó cartas en el asunto. Mandó llamar al servicio de vigilancia de la Policía Militar, y dos soldados gigantescos, tocados con sendos cascos blancos y porras a juego, después de algunos quiebros y carreras, lograron detener al ruidoso recluta que, al verse sujeto, derrapaba sin cesar a su alrededor. Desaparecieron con él camino del Cuerpo de Guardia y por ende de los calabozos.

Cuentan que cuando lo sacaron de la celda para llevarlo a revisión psiquiátrica al hospital, arrancó la moto imaginaría y no volvió a bajarse de ella. Cualquier trayecto, por corto que fuera, lo hacía con los abrazos en alto, los puños firmemente apretados y efectuando ruidos con la boca.

A la postre, dictaminaron que estaba como un cencerro y terminaron licenciándolo. Regresó al cuartel a recoger sus pertenencias a bordo de la moto fantasma y, vestido ya de paisano, los deleitó a todos
efectuando una magnífica serie de "caballitos" por el paseo principal del cuartel hasta que, al alcanzar el arco de la entrada, donde rezaba, como era de rigor: "Todo por la patria"; aparcó la máquina junto al centinela y le dijo por bajines:

- Aquí te dejo la moto para otro que venga.



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