5/4/11

ZEZÉ


Me entero, con un mes de retraso (la verdad es que últimamente me he cerrado en banda, alejándome por completo de la actualidad informativa), del fallecimiento de un amigo de la infancia: Ezequiel Pérez Plasencia “Zezé”, al que había perdido la pista desde su marcha a tierras peninsulares hace ya algunos años; justo una mañana en la que tropezamos por casualidad en la Rambla de Pulido. Allí, en la barra de una cafetería, recuerdo que charlamos por última vez, rememoramos a los antiguos amigos, sobre todo a los que ya habían partido definitivamente; hablamos del periodismo, de la literatura canaria, del incierto futuro de las islas y ¡cómo no! de los “canchanchanes” que nos gobiernan.

Fue por boca de un amigo común, que conocí su óbito en tierras cartageneras el pasado 24 de febrero. Uno nunca sabe donde tiene su cita con la Parca. Zezé tampoco lo supo, y  acudió sin sospechar siquiera que venía a buscarlo. Fue de improviso, mientras comía con un grupo de amigos, cuando a raíz de un fatal atragantamiento, se lo llevó con ella para siempre.

No tengo claro qué fue lo que lo empujó a abandonar las islas, para terminar recalando en Cartagena, ciudad que conozco (mejor dicho “conocí”, ya que, nunca he regresado) porque allí efectué el servicio militar a finales de los años 70, formando parte de los primeros reemplazos sacados a la fuerza de sus regiones naturales con aquella peregrina idea de hacer "patria".


Cartagena, enclave estratégico del Mediterráneo donde los haya, es una ciudad de tamaño medio, más o menos como nuestro Santa Cruz natal (sobre los 200.000 habitantes) que, tal vez, por una cierta similitud, al ser también puerto de mar, sirviera de refugio nostálgico al amigo Zezé (siempre estuvimos de acuerdo en que los isleños teníamos una necesidad vital: tener "cerquita" el mar. Podíamos morirnos de pena tierra adentro) y sin embargo allí, en la mismísima orilla, Morta cortó el hilo de su vida con fugaz dentellada.


Poco puedo decir de Zezé que los canarios no sepan. En pocas palabras: era muy buena gente. Aunque no había estudiado para ello (hizo Químicas) trabajó de editor de cierre y de corrector (figura esta última, de la que los actuales estudiantes de periodismo, dudo mucho hayan oído hablar) en los diarios Canarias 7, Gaceta de Canarias y  El Día. Fue un excelente articulista, prueba de ello, la columna titulada "Recodo" que escribió durante años y  la selección de artículos de opinión "Los caminadelado"; pero lo que engrandece su figura fue su irrupción en el mundo de la literatura, llegando a ser el único escritor canario ganador del premio internacional de cuentos Juan Rulfo (París) con el que consiguió alzarse en 1999, merced a su obra "Decena de un cronopio", en claro homenaje a uno de sus autores favoritos, el argentino Julio Cortázar, creador de tan singular palabra: "cronopio" que nada tiene que ver con el prefijo crono, relativo al tiempo, sino con unos seres imaginarios, verdes y húmedos, escapados de la fecunda imaginación de Cortázar. En el terreno de la narrativa, destacan sus obras "El teléfono y otros cuentos", "La ilusión de los vencidos", "El regreso de Carlver Casey", "La voz del vacío" y su única novela, titulada "El orden del día".

Trabajando casi siempre en la sombra, en el reducto de su soledad, allí donde el numen sopla al oído de los elegidos cosas que el común de los mortales no oirá jamás (a no ser que el elegido las grite... o las escriba) Zezé era un auténtico creador, un celeste avatar, un dios en miniatura, que, luchando a brazo partido con la vida, modelando el barro de la literatura, iba formando un orbe nuevo, un universo inédito, un cosmos mágico que flotará por siempre entre sus manos, para llenar de luz nuestra memoria.


"Será una pena que no exista Dios.
Pero habrá otros, claro que habrá otros
 dignos de recibirte..."*

amigo mío.

(*) A Ernesto "Che" Guevara (Mario Benedetti)

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