Mostrando entradas con la etiqueta Gays. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gays. Mostrar todas las entradas

30/12/20

¿TRANSICIÓN MODÉLICA O RESTAURACIÓN CORRUPTA? - PARTE II

CONTINUACIÓN:

Había  y una conciencia clara de que la clandestinidad proporciona soberanía, y de que la identidad moviliza pero también identifica. Lo que quiero decir es que, "aunque hay gente que apuesta por la identidad, por el lenguaje de la diferencia, que además se está construyendo internacionalmente, otras muchas personas, tal vez la mayoría, no utilizan ese lenguaje para nombrarse". Por sus prácticas hoy tú los puedes llamar homosexuales o bisexuales, pero a lo mejor ellos no utilizan necesariamente categorías de género para nombrarse a sí mismos.

IE: Nazario y Ocaña se autoproclamaban como 'locas'.

Nazario Luque Vera  y José Pérez Ocaña

GLM: Claro, lo que ya es mucho más interesante. Pero Ocaña también se llama otras cosas más potentes, como liber-ta-taria, que es llamarse a la vez loca, anarquista, contracultural y setentera, y sirve para marcar la distancia generacional cn los viejos militantes de la CNT. En el fondo, de lo que siempre estamos hablando es del desbordamiento del 68. Mayo del 68 trae a la izquierda otra agenda, otro deseo. "Trae los cuerpos, la libido, el placer, el sexo, las drogas. La revolución del mundo y la de la vida. Los medios de producción y los de reproducción. Los derechos políticos y los civiles. La política y la biopolítica. La revolución y la revuelta. Marx y Freud, la Comuna y Rimbaud". Luego hay otro tema, que es el de la peligrosidad social... 

GM: ¿La ley cuándo desaparece? ¿En el 77? 

GLM: No. "En el 78 la Constitución bloquearía supuestamente, digamos, la represión. Pero en la práctica no cambia nada". Se aprueba la Constitución, y un poco después, me parece recordar, Ocaña es enchironado. En el 78, "la discusión sobre democracia desde la contracultura es una discusión sobre peligrosidad social. Como estamos 'fuera de la democracia', somos peligrosos sociales. El término peligroso social es muy interesante porque, primero, es una categoría legalmente activa que genera prácticas de represión muy concretas, hay un archivo de prácticas de peligrosidad social en las cuales se mezclan cosas muy distintas.

Mezclas que ya existían y que esta ley alimenta, o sea cosas que tenían que ver con la prostitución, la homosexualidad, los quinquis, los heroinómanos, los anarquistas, prácticamente todos, de pronto, pueden ser encausados como peligrosos sociales…. y los locos, los psiquiatrizados también. Es un gran sujeto múltiple, los peligrosos, que son lo que Foucault llamaba «los anormales». Son también los excluidos de la Constitución. Todo eso lo trabajo mucho en el libro. 

IE: ¿Ha mejorado la situación desde entonces?

GLM: No lo creo. La cultura gay ha tenido una 'normalización' y se han construido múltiples culturas gay. Pero heroinómanos, trabajadores sexuales o enfermos mentales siguen siendo «peligrosos» en nuestra sociedad. Han aparecido «nuevos peligrosos» como los inmigrantes. Y otros se han transformado, como los «quinquis» en «menas», o los «pasotas» en «ninis».

IE: ¿Y qué pasa con el feminismo?

GLM: Me parece que le estáis pidiendo a mi libro que sea otra cosa distinta de lo que es. No me era posible abarcarlo todo. Por otro lado, mientras estaba reescribiendo el manuscrito aparecieron libros que yo me tendría que haber leído, si hubiesen salido antes. Como la reedición de Vindicación feminista. O el trabajo de Alberto Berzosa, sobre cine queer a finales de los 70. Quiero contar algo: "incluso sin entrar de lleno en la cultura gay, lo que sí hago, en mi libro, es aportar algunos documentos a la discusión".

Por ejemplo, Bon colp de falç, ese documental alucinante, loquísimo, ambientado en Barcelona durante las primeras elecciones. Está hecho por un situacionista catalán, un exiliado, migrado en París, que consigue de préstamo una cámara súper ocho, en la Escuela de Antropología Francesa, y se viene a Barcelona, se hospeda en una pensión y va a las Ramblas a filmar

Por las noches filma en la pensión donde se queda, que está llena de travestis, y de repente aparece allí esa activista, Mony Monell, para hablar del Partido Radical y del colectivo AFUS, que es un «grupo feminista» integrado por «personas que, sin tener una específica naturaleza biológica femenina, comulgan con los problemas de la feminidad», que defiende «frente a la imagen de la mujer objeto, la mujer amuleto», que promulga «dormidas filantrópicas» y que «fomenta la putería pero no con fines “coquetescos” sino como elementos de auténtica defensa». Estas formas de decir y hacer el género, que representaban una absoluta superación del franquismo, pero también del antifranquismo, y que hoy llamaríamos, con Preciado, «postfeministas», ya estaban avanzadas entonces. Al menos en el entorno de la contracultura.

Moni Monell

GM: ¿Hablaba ya entonces de posfeminismo?

GLM: Algo así. O sea, no se utiliza la palabra posfeminista, pero se habla en nombre del sujeto histórico de las luchas feministas y ya no sólo de la mujer. La definición del posfeminismo es esa. Así que están estos documentos que a mí me parecen muy interesantes porque de alguna manera, trabajan teóricamente desde el activismo de género, desde prácticas desidentificadoras, y no han sido tenidos en cuenta en las reconstrucciones de las luchas de género en los años 70.

 

Mi apuesta, mi estrategia, también por lo que toca al feminismo, es "no dislocar el archivo contracultural de la transición democrática subdividiéndolo en regiones que no se daban como tales entonces". O no sólo. Hay demasiadas memorias de partido, de sindicato, de grupúsculo, de movimiento. Demasiado saqueo y parcelación. Y somos muy anacrónicos en esos gestos de capturar una pequeña región para dotarnos hoy de una genealogía propia. No hubo en los años 70 políticas de identidad como las concebimos ahora. Para mi lo interesante es "abrir una discusión para encontrar los límites, o las conexiones entre zonas de fuerzas. El feminismo es sin duda una de ellas".

IE: Otro aspecto quizás insuficientemente tratado en tu libro, o pendiente de mayor desarrollo, es el desembarco, por aquellos años, de la oleada latinoamericana.

 

GLM: Así es. Pero, de nuevo, eso daría pie a un libro diferente. Menciono a Bolaño, y al exilio chileno y argentino, pero es sólo una nota de pasada. Eso no le quita importancia, claro.

IE: Y sin embargo, el desembarco en masa, sobre todo de argentinos, supone el de una sensibilidad contracultural bastante avanzada, como el desembarco del boom supuso el de una modernidad y una vanguardia asimismo más avanzadas que las que se daban en aquel momento en España.

 

GLM: Hay muchas zonas para empezar a pensar esto. Por lo que toca a mi libro, el gesto sí está marcado, hay una clara voluntad de diálogo y conversación transatlántica. De hecho, me han llegado muchos 'mails' sobre el libro desde Argentina y otros países. Acabo de participar en un seminario sobre contraculturas cruzadas Brasil-Portugal-Galicia-España. Ese diálogo se da. Ahora bien, si me dices: “Qué pasa con la cultura latinoamericana en los años 70, ¿por qué no le dedicas un capítulo?”, yo te diría que eso es una discusión apasionante, sobre la que hay muchísimo escrito, pero es otro tema.

El problema es que esa discusión sobre la recepción de la literatura latinoamericana del boom me aboca también a una discusión sobre la construcción de una cultura de Estado posfranquista y los horizontes estilísticos y políticos que se le imponen a la literatura producida en España en ese contexto; sobre la articulación, en los años 80 y 90, de una nueva diplomacia cultural para América Latina, en la que la literatura juega su papel, y la lengua, a través de los Institutos Cervantes y otras instituciones. Y eso sería "un libro sobre la construcción de las bases morales y culturales de la hegemonía del PSOE en los 80 y 90".

Hay una continuidad muy fuerte entre ese momento latinoamericano y cómo va a imaginarse la literatura española en democracia. Y ése es también un libro necesario, pero es otro libro. Ahora bien, los vínculos entre la contracultura local y la aportación latinoamericana, por ejemplo en las revistas de contracultura, son escasos. Ese diálogo no se produce por abajo. Quizá no era históricamente posible, no lo sé. Hay algunos cruces en el teatro y en el cine. Como José Juan Bartolomé filmando con Patricio Guzmán 'La batalla de Chile'.

Los cineastas españoles están trabajando con los cineastas latinoamericanos y con el exilio latinoamericano de una manera fortísima. Saura hace, me parece que en el 78, una película maravillosa, pero desconocida, que se llama 'Los ojos vendados', donde se cuenta la historia de un director de teatro argentino; es una película sobre la tortura en el Cono Sur, sobre la internacional ultraderechista, y aparecen también cosas sobre la guerra civil española. Se está hablando allí del trauma en España y el trauma en Argentina, y es una peli que acaba con los atentados de la ultraderecha; y en la que aparece la primera comisión de la verdad a propósito del Cono Sur... ¡¡en 1978!!

GM: Pasemos a los 80. No me parece que la irrupción de la nueva narrativa, en esa década, aparezca en tu libro como una reacción ni como un contrapeso

IE: El libro alcanza hasta el año 86, pero entre el 81  y el 86 se produce un gran despliegue en el campo editorial. Protagonizado, además, por gente joven...

GLM: Los 80 ocupan, me parece, unas cien páginas, de las seiscientas que tiene el libro. Y lo que me interesa ver ahí es el cierre de las lógicas contraculturales. "No entro en lo que de fundación hay a principios de los 80, en la emergencia de nuevas lógicas de industria cultural y políticas culturales desde el Estado". Acerca de eso, manejo una hipótesis general acerca de cómo la subida del PSOE favorece y articula una nueva cultura democrática de signo pacificador, consensual, formalista, abstracta, despolitizadora, individualista, etc, pero aún nadie se ha puesto a contar sistemáticamente cómo y cuándo y quién lo hizo. Es algo que va desde la crítica literaria a los festivales de teatro, de las exposiciones a los monumentos

Pero la emergencia de esa cultura consensual de la democracia, que llamamos CT gracias a Guillem, no debe impedirnos ver la existencia de una cultura confrontacional, rupturista, impresionante, en los años 70, que llamamos contracultura o cultura antifranquista. Mi libro quiere traer un mapa de todo ese caudal, del que muchas veces no hay ni conciencia. Y lo que me importa es comprender la discontinuidad entre esa cultura de emancipación y desbordamiento y la cultura pacificadora de los años siguientes. Eso no impedirá que haya otras contraculturas después en los 80.

Germán Labrador en Pontevedra / Andrés Fraga

IE: La nueva narrativa, en cualquier caso, se apropia de rasgos contraculturales para acuñar la poética de la CT 

GLM: En un texto de Rafael Chirbes sobre Blanco Aguinaga, habla de un seminario que sucede justo en ese momento, "cuando todavía existía la posibilidad de reconectar las formas de ver y de pensar del exilio, y las tradiciones sociales y políticas de la cultura española". El efecto que va a producir la irrupción de la nueva narrativa, en ese momento clave de recuperación y diálogo con los pasados alternativos que es la transición, es fomentar la incapacidad de unir la llamada «nueva literatura» con la tradición realista moderna española. "La nueva narrativa cortocircuita la tradición española moderna, tachándola de subdesarrollada, atrasada, etc." Para mí esto es el centro de la CT

IE: El adanismo. 

GM: ¡Eso es! Pero el adanismo tuvo posibilidades de ser positivo. Yo me acuerdo como lector de cuando leí Bélver Yin. Aluciné. Yo era un pipiolo y me decía: “Hostia, ¿esta no es la puta literatura social de mi puta casa. Esto es libertad”.

IE: A mi juicio, sin embargo, la libertad era la que habían conquistado los escritores de las dos generaciones anteriores. Los que rompieron con el realsocialismo y, sintonizando con las tendencias modernizadoras del boom, exploraron toda suerte de caminos, que van del realismo crítico a la metaliteratura, pasando por el realismo mágico, por el vanguardismo o por la entera refundación de la lengua literaria (Ferlosio, Benet). Los 80 barrieron con todo eso, y no sólo lo barrieron: lo demonizaron. Se puso en un mismo paquete toda la literatura hecha durante el franquismo, y se le añadió la etiqueta “Realismo”, sin más contemplaciones. En cualquier caso, lo que me interesa ahora es tu decisión de no contar en tu libro lo que se llamó la “nueva narrativa”.

GLM: Como te decía, suponía meterme en una discusión sobre la cultura de los 80, cosa que no quise hacer. Sobre la cultura que no es de la contracultura. O sea, la cultura que ya es la cultura de la democracia, que es la cultura del PSOE. De mi libro la tesis básica es que "la democracia no rompe con la cultura del franquismo: rompe con la cultura que se dio en la transición, es decir, con la contracultura". La Cultura de la Transición (CT), creada en los 80 a partir del mito de una Transición modélica, se opone a la Cultura en la Transición (CnT), que es la de los 70 conformada en la ruptura con la cultura autoritaria franquista, y cuya experiencia de la transición es todo menos consensual. Esta es la tesis central del libro.

IE: En un libro para mí clave, 'La literatura en la construcción de la ciudad democrática', Vázquez Montalbán ya habla de eso.

GLM: Sí, pero el problema es el énfasis: ese libro es del 1998, y habla de los escritores de la transición desde la derrota, desde el convencimiento de que, "en el fondo, la derrota de las vanguardias contraculturales si no es negativa, era irremediable". Montalbán no veía entonces espacio para una cultura no oficialista como la que apareció con el cambio de milenio.

IE: ¿Y tu libro no propone en cierto modo una geografía de la derrota?

GLM: Puede que haya una cierta geografía de la derrota, pero se trata sobre todo de una recuperación de tradiciones alternativas. Que no se recuperan sólo porque hayan sido derrotadas, sino porque "las causas de esa derrota aún nos importan hoy para nuestras propias luchas". Por lo demás, "yo no veo todo eso como una derrota". Hablo, simplemente, de que hay unas personas que se lo juegan todo en la ruptura, y de que algunas, muchas, acaban muy mal. Pero hay otras que salen vivas, y tienen vidas interesantes en democracia, y digamos que han hecho una experiencia de este proceso transicional que pueden incorporar a sus identidades adultas y van a hacer que este país sea un poquito más humano. 

En todo caso, si nos obsesionamos con el espacio institucional, en la Transición vamos a ver siempre eso: un fracaso. O un éxito, que es lo mismo. Depende de que suscribas o no el mito de la Transición. "Están esos dos relatos. Idénticos pero opuestos en sus valoraciones. El positivo: según el cual el Rey nos dio la democracia. El negativo: un pacto de Estado, de impunidad y de silencio". Cuando se hace una memoria de los grupos revolucionarios, la crítica apunta siempre a si eran o no una fuerza social relevante, si tenían o no base social para convertirse en alternativa hegemónica.

Todo el protagonismo recae en las instituciones del Estado. Pero si nos salimos de allí y nos vamos a la vida cotidiana, de repente tenemos que explicar –y este libro intenta hacerlo– que sí, que hay una ruptura en la vida cotidiana; "que no es hegemónica porque ninguna sociedad tiene sólo una mayoría", como diría Martínez, porque "en toda sociedad hay muchos mundos de vida distintos que pueden agregarse de modos diferentes". Pero en la transición se expresa una nueva sociología. Radicalmente  rupturista.

GM: ¿Cuál?

GLM: Sólo si entiendes que hay una ruptura cultural, protagonizada por sectores muy amplios de las generaciones más jóvenes, puedes explicar las transformaciones acaecidas en el país en menos de una década. En 10 años, en España se transforman radicalmente las formas de vivir, al menos en cuatro ámbitos clave: religión, género, autoritarismo y nacionalismo. "La nación pasa de ser una dictadura con elementos teocráticos a ser uno de los países más ateos de Europa y del mundo. Pasa de ser un país tremendamente machista y reprimido a ser un país quizá aún machista y reprimido, pero de una forma muy diferente a cómo lo había sido antes"

O sea, creo que "la revolución sexual, con toda su dureza, dolor, trampas, fracasos, lo que queramos poner allí de parte chunga, existió en los años 70 y primeros 80, interrumpida por la contrarrevolución que supone el sida, y su relativa vuelta al orden". Pero ya es otro orden aquel al que se vuelve. "Un orden profundamente autoritario que ha dejado de serlo", pues se ha producido una quiebra de autoridad muy fuerte, en todos los niveles, Estado, familia, escuela, ejército... Y el surgimiento de un poderoso espíritu pacifista, antimilitarista, antiimperialista, etc.

GM: Y nacionalista.

GLM: Por último, en la transición se expresa plenamente la imposible articulación de lo español como una sola nación-Estado, en relación con toda su problemática: lenguas ibéricas, república federal, autodeterminación, independentismo, distintas corrientes del republicanismo, etc. Es algo que, queramos o no, es irresoluble, "pero su manera de no ser resuelto ha sido bastante exitosa durante mucho tiempo". En fin, es una discusión muy complicada, en la que Guillem está mucho más curtido. Pero creo que España es, hoy por hoy, un país postnacional. Un país donde la estructura del Estado y las identidades nacionales están bastante disociadas… 

Si pensamos lo que significaba el nacionalismo español de los años 70, incluso el actual, nos damos cuenta de la profunda transformación sucedida también en ese ámbito. Y esas cuatro rupturas que mencionoreligiosa, sexual, antiautoritaria y postnacional,  a mí me parecen centrales porque afectan a los mundos morales, espirituales, anímicos que estructuran buena parte de la realidad cotidiana, y son todas fruto de los 70. La contracultura las cuenta y las produce. Alguien dirá “no solamente”. Estoy de acuerdo, pero "la contracultura genera mejor el relato de estas rupturas. Y sin ese relato no podemos entender cómo suceden". Si lo vemos desde la perspectiva de cómo cambió la vida en el periodo, "la Transición encarna una ruptura a nivel de calle, aunque no institucional".

IE: En tu libro, al hablar de los Panero, te refieres a la estética del fracaso, que es la que suscribe más comúnmente el intelectual español

GLM: Efectivamente, "el intelectual sesentayochista se articula mucho desde la derrota, la derrota de la izquierda, la derrota de tal…" Pero claro, el joven contracultural no necesariamente. Además, la derrota puede ser convocada de muchas maneras. Yo me considero 'benjaminiano', en el sentido de pensar que "la derrota es inseparable de la experiencia histórica, que siempre hay vencedores y vencidos, que el enemigo no ha dejado de ganar, pero de esa conciencia no derivo una posición contemplativa, ni autosatisfecha, sino justamente la contraria"

"La derrota existe, pero no articula la vida, sino la memoria. Y es la vida presente, son sus urgencias y demandas, la que resulta iluminada de pronto por las luces de esos pasados suprimidos". La derrota es la condición ética necesaria para un recuerdo crítico, para una comprensión de la historia dialéctica, emancipatoria. "Lo contrario es propaganda, el cortejo triunfal de los vencedores". Paradójicamente, "la invocación crítica de las derrotas es lo único que nos puede emancipar de las consecuencias de las mismas".

Pero yo no tengo afectos melancólicos hacia la derrota. Me interesan los proyectos derrotados, los caminos históricos alternativos, por el potencial de vida y de utopía que aún guardan. Creo que las muertes o destrucciones de muchos de estos autores que estudio están llenas de vida, que sus –como tú las llamas– 'derrotas' son producto de su voluntad de vivir de un modo diferente. Es decir, que son  hijas de su compromiso con un proyecto generacional, de su voluntad de sacudirse tópicos complacientes. Lo que quiero decir es que "una parte de aquella generación está atravesada por una pulsión autodestructiva", pero debemos preguntarnos por su origen.

Y para ello nos basta con mirar a quienes les sobreviven, niegan o hablan en su nombre. "Frente a ellos, muchos de quienes se autodestruyen, se pinchan, se suicidan, no lo hacen desde el nihilismo". Al contrario, yo veo que "toda esa muerte y toda esa destrucción están muchas veces asociadas a un amor profundísimo por la vida, y por la fraternidad". Detrás de esa tragedia generacional yo veo un vitalismo desaforado, y es la incapacidad histórica y política, de llevar eso adelante lo que los destroza. Como decía un verso de Blanca Andreu: «Dile a la vida que la recuerdo».

IE: Al no adentrarse para nada en la construcción del paradigma cultural, tu libro, ofrece un desolador paisaje de después de la batalla.

GLM: ¿Qué es lo que le pasa a toda esa cantidad de muertos? "Que su historia no ha sido nunca narrada. Que no tenemos un relato. No hay un relato colectivo sobre la destrucción de la primera generación de la democracia. La democracia se inaugura con la inmolación, el holocausto de sus jóvenes más radicales, más atrevidos, más comprometidos con la ruptura con el universo franquista". No lo digo yo solo, lo dicen los demógrafos. "La cantidad de muerte social que acompaña la fundación de la democracia no es procesada jamás como un asunto público. Ni siquiera como un asunto privado". Muchas de las familias han ocultado estas muertes, han rehuido estas muertes, por su incapacidad de llorarlas públicamente. En muchos casos ni sabemos de qué mueren…

GM: Un demógrafo, hablando de la ciudad de Vigo, me explicó que la pirámide de población correspondiente a esos años era la de una sociedad en guerra. Como en Bosnia, pongamos, donde la pirámide explica la desaparición de una generación en edad militar. Bestial.

GLM: Algo así fue. Y no hay un relato de esto. Entonces yo me hago cargo de esta ausencia, la pongo encima de la mesa. Pasó una cosa bonita: "en la Autónoma, los estudiantes de una asociación me invitaron a hablar de quinquis y yonquis. E hicimos una mesa con El Coleta, que es un intelectual rapero de Vallecas, un tipo increíble que está haciendo su revival quinqui a través del rap". Fue un diálogo curioso, también sobre métodos de trabajo, pero sobre todo fue una conversación con un auditorio lleno de personas, habría más de cien estudiantes, y todo el mundo podía hablar en cualquier momento. Íbamos leyendo poemas, mostrando imágenes... o sea, que no era una charla al uso. Fue más como un night show.

Teníamos unos sillones, un cubo con birras... Y de repente las preguntas fueron haciéndose más intensas. Y a la tercera o cuarta uno comenta: “Es que yo soy hijo de yonquis. Mis padres, vamos, nunca se ocuparon de mí, murieron como yonquis, y hasta hoy yo había pensado que eran unos cabrones, pero ahora, escuchando, me parece que también se pueden decir muchas cosas de ellos. ¿Qué puedo hacer?”. Yo qué sé, necesitamos herramientas colectivas para trabajar todo esto. Y no era uno, sino muchos. "Se trata de rescatar la memoria de los niños de la democracia". En los 80 vas viendo los cuerpos de estos tíos, a los que les falta de todo, que van pidiendo por la calle y que un buen día amanecen muertos en un portal o desaparecen. Y esto a mi generación, incluso a los más jóvenes, se nos ha quedado grabado.

IE: ¿No te parece excesivo asociar todo aquello al proyecto democrático? ¿No se trataba un proyecto simplemente hedonista o simplemente marginal? Leyendo tu libro he tenido a veces la sensación de un abuso, por tu parte, a la hora de reconocer intencionalidades democráticas, políticas, rupturistas a muchos que sucumbieron como víctimas, simplemente, de una marginalidad por otro lado endémica y por supuesto muy lamentable, pero que me resulta difícil vincular, salvo excepciones, a un gesto político, por muy extensamente que empleemos este término.

GLM: Vayamos por partes. "Hay distintas entradas en la heroína y distintas experiencias de esta época. Y no es que yo les atribuya esa intencionalidad; son sus propias voces y documentos de la época los que uso, y las que lo hacen. Son sus palabras". En el último capítulo, unos yonquis del 77 hablan de la experiencia de iniciación en la heroína de los jóvenes del 83, que son los chavales del 'babyboom', "que se enganchan a los 14 o 15  años, y que antes de estar realmente enganchados ya dicen que son yonquis. Habían leído a Burroughs o visto a Lou Reed y ya se imaginan cómo debería ser star enganchados". Una especie de Quijotes de las drogas.

William S. Burroughs, el yonki mayor

Y de repente son los propios heroinómanos del 77, que tienen historias de militancia política detrás, ideologizados, activistas vecinales, ecologistas, cristianos de base, etc, "los que ven a la muchadada obrera meterse masivamente en la droga, y dicen": «¿Qué locura es esta?». Y, para ellos, es claramente un problema político, vinculado con el cierre de los cambios al final de la transición. Diríamos que es un problema biopolítico.

"De los cuerpos que pueden vivir y los que tienen que morir durante la transición democrática. Lo vemos muy claro en el relato de Jancho y Javi, dos heroinómanos de los que me ocupo mucho al final del libro", que dedican su «historia de la Zaragoza yonqui» a los jóvenes del 83 porque sienten que, "al menos, ellos han tomado de alguna manera la decisión de meterse en el caballo, pero los más jóvenes ni siquiera tienen esa capacidad de decidir". La cuestión es que la energía que les lleva a ese espacio, la demanda de heroína, está totalmente vinculada con la posición subalterna de la juventud de barrio a principios de los años 80: crisis, paro, desempleo, desarraigo, invisibilidad social, represión policial, falta de espacios propios... y una colectiva búsqueda de ruptura.

CONTINÚA...

27/6/19

ORGULLO GAY

Boti García Rodrigo: "Los políticos gais del PP son unos caraduras y unos hipócritas"

La activista por los derechos de los LGBTI sigue, a sus 74 años, en constante lucha. Eternamente joven, sin bajar la guardia.

La activista gay Boti García Rodrigo. / HENRIQUE MARIÑO
Boti García Rodrigo. / HENRIQUE MARIÑO

Boti García Rodrigo (Madrid, 1945) es una histórica del activismo homosexual. Fue responsable de COGAM y expresidenta de la Federación de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales (FELGTB). También representó al colectivo en las listas electorales al Congreso de Izquierda Unida y Equo. Fruto de su lucha por los derechos, el año pasado recibió la Medalla de Oro del Ayuntamiento de su ciudad.

El tiempo en Madrid está inestable. ¿Calor o frío?

Ya no sabemos lo que tenemos. Yo soy más de calor. Es más, últimamente tengo mucho frío. La gente, en verano, se queja de las altas temperaturas, pero a mí de esta ciudad me gusta todo, quizás sea porque soy muy madrileña. 

Aquí casi no hay estaciones y a veces se pasa del invierno al verano. En política, da la impresión de que en España está sucediendo algo parecido: ha ido de una evolución progresista a una involución en la que parece que todo vuelve atrás. 

"Nos estamos yendo a un extremo muy peligroso. Las fuerzas que creíamos que ya estaban conjuradas han asomado el hocico". En otros países hubo una consolidación de los fascismos, pero pensábamos que aquí no iban a entrar.

Están saliendo del armario.

Sí, pero ya estaban ahí. Los hemos parado un poco, mas lograron meter la pata tras las elecciones generales del 28 de abril.


¿Un poco de extrema derecha es mucho?.

Sí, porque sufren las minorías, los que tenemos tanto que perder. "Son un peligro para los derechos", como el aborto o el matrimonio igualitario. Cuando la sociedad ya los veía como lo más natural, estos nos mandan a paseo.

¿Es una ola de calor o la canícula ultra ha venido para quedarse?

Esperemos que sea una ola de calor y que vuelva la primavera. Me da la impresión de que Vox ha sido un petardazo que terminará desdibujándose. O, quizás, lo creo así porque yo necesito que se desinfle, porque soy mujer y lesbiana.

¿Ha influido más que agitasen la bandera española contra Catalunya, que subestimasen la violencia de género o que pusiesen el foco en reivindicaciones de nicho, como la caza?

Los de la caza, los de los toros, los del aborto, los del “tú a la cocina” y los de “los maricones al paredón” permanecían callados porque no estaba bien visto pronunciarse. 

Sin embargo, la afirmación de las mujeres en el 8-M, la irrupción del Me Too, la visibilización del colectivo LGTBI y el empoderamiento de quienes ellos consideran inferiores han provocado que fueran a por nosotros. “Cojamos la escopeta de caza y mandémosles a donde no tenían que haber salido”. Los ultramontanos, hasta ahora silenciosos, se han envalentonado para anular nuestra fuerza.


Transmitiendo mensajes políticamente incorrectos que han calado en algunos ciudadanos, que los asimilaron como un “estos son los únicos que llaman a las cosas por su nombre”

La carcunda* ha cobrado fuerza ante la gente que ellos tenían sojuzgada y estaba levantando la cabeza. No hay más que fijarse en la España profunda, de charanga y pandereta, que todavía vende en algún bar de carretera botellas de vino con la imagen de Franco. Cuando las mujeres reclamaron sus derechos y proclamaron su independencia, volvieron a aparecer, pero lo que ellos pretenden no se puede llevar a cabo. De ahí la importancia de las minorías y la exigencia de la sociedad para frenarlos.

¿Estaban escondidos en el PP o también ha habido un voto cabreado?

Ha habido algún voto de rebote, pero estaban en el Partido Popular, aunque los tenían medio domesticados, como en un corralito. Sin embargo, cuando el PP se vino abajo y se rompieron las costuras, se les han escapado.

Han apelado no al voto útil, sino al voto —más que del corazón— de las tripas.

Efectivamente. "Los medios han tenido muchísima responsabilidad, porque les han dado una cancha y un altavoz que no se les tenía que haber proporcionado". Desde sus primeros exabruptos, les han hecho la campaña, sobre todo los medios progresistas. Una campaña, por cierto, gratuita.

¿Burlarse de ellos reforzó sus posturas, hizo que algunos se presentasen como víctimas y motivó que otros se subiesen al carro?


Si pones el foco en alguien, se crece y termina considerándose importante: “Si tanto miedo te provoco, debo de ser fuerte”. Y luego llegan otros: “Yo me sumo”.

El PP, por activa o por pasiva, tiene ramalazos homófobos, pero también políticos gais que dan la cara.

Son unos caraduras y unos hipócritas.

¿Incluso los que han salido del armario?

Por supuesto que sí, porque se han aprovechado. La boda de Maroto: el vicesecretario de Organización del PP nos ningunea y rechaza la ley de igualdad LGTBI. Tampoco votó a favor del matrimonio homosexual, pero, amiguito, luego se casó por todo lo alto. Acuérdate de la mesa Céline Dion, donde se sentó Mariano Rajoy. Ahí tenías al presidente del Gobierno bailando después de que el PP interpusiese un recurso contra la norma que regula la unión entre personas del mismo sexo. "Maroto será muy gay, pero es un hipócrita que se ha beneficiado de las luchas del colectivo".

¿Es prejuicioso —o, si lo prefiere, hasta homófobo— pensar que un gay tiene que ser progresista o de izquierdas?

No tiene que ser progresista, sino revolucionario, porque tradicionalmente hemos sido machacados y sojuzgados. Un colectivo que ha sufrido tanto debe querer cambiar la sociedad. No entiendo que una persona LGTBI, un migrante o una mujer que viven bajo la opresión se plieguen, tan contentos, a la filas del opresor. Si eres gay de derechas o cristiano, cambia ese PP y esa Iglesia.

Cónclave en el seno de la Iglesia Católica

Aunque en España no habían cuajado los partidos liberales, la irrupción de Ciudadanos planteó la dicotomía “progresista en lo social, neoliberal en lo económico”. ¿Cree que supone un peligro para los derechos de los trabajadores?

Es una trampa, porque no podemos establecer una clasificación de los partidos que nos van a conceder más o menos derechos. Alguien puede pensar que es mejor votar a Ciudadanos que al PP, porque siempre establecemos gradaciones. Sin embargo, yo no puedo evitar el recuerdo de la foto de Colón. Las caras de aquellos tíos, con los puños duros y el mentón levantado: "era un Cara al sol en toda regla".

Y allí estaban Santiago Abascal, Albert Rivera y Pablo Casado, "como un solo hombre". Luego, el líder de Ciudadanos tenía que blanquear esa imagen vergonzosa y no se le ocurrió otra cosa que "envolverse en la bandera arcoíris". Es muy fuerte...

¿Se equivocó Casado al escorarse en la campaña electoral hacia la extrema derecha?

Casado se ha equivocado desde que dio el primer paso. Su PP es verdaderamente desastroso. Puede que forzase la máquina para evitar la fuga de votos a Vox, pero el resultado ha sido una carcunda terrible.

Su infancia son recuerdos de…

Mi infancia son recuerdos de la glorieta de Atocha, donde nací. De pequeña me asomaba a aquellos balcones, por los que entraba un sol de justicia, y pensaba adónde irían aquellos trenes y qué habría más allá de la estación. De alguna manera, quería salir de allí, porque yo era la hija única de unos padres mayores. Una especie de joya que había que proteger, lo que resultaba angustioso. Por eso, mirando desde la ventana, soñaba con otras libertades.

Santiago Abascal, Pablo Casado y Albert Rivera

¿A qué se dedicaban sus padres?

Toda mi familia paterna era del Cuerpo de Correos. Mi abuelo, mi padre, mi tío Juan Manuel, mi tía Victoria, mi tía Concha… Estaban orgullosos de la empresa, como si fuera una confesión religiosa. Quiso mi padre que opositase a Correos, pero me negué en redondo. Como era aparejador, terminó encargándose de las obras de la compañía.

Y mi madre era ama de casa, porque en aquel entonces no había otro destino. "¡Anda, sí, se me había olvidado!": De soltera, mi madre trabajó en la Telefónica, pero cuando se casó mi padre le dijo que él llevaría el dinero a casa. A ella siempre le quedó un dolor porque le cortara las alas.

Colegio de monjas.

Las Reverendas Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús, cuyo externado estaba situado en la calle San Agustín, junto al Congreso de los Diputados.

¿Iba caminando?

Iba andandito por la calle Atocha y llegaba en diez minutos. Allí me veía diferente, pero mis monjas no me hicieron sufrir. Yo pasaba de casi todo. He ido un poco por la veredita, aunque ahora diríamos por la acera de enfrente. Era la típica niña gamberra, poco estudiosa, que alborotaba y a quien había que regañar de vez en cuando. La bromista de la clase.

Después se licenció en Filosofía y Letras por la Complutense. ¿Entonces fue mejor estudiante?

Aprobar, aprobaba, pero a última hora y por los pelos. Me especialicé en Pedagogía, no sé muy bien por qué.

Ejerció una década como profesora. ¿Asignaturas?

Nada más terminar la carrera, encontré trabajo en un centro que hoy sería concertado. Daba clases a niñas de cuarto, quinto y sexto del antiguo Bachillerato: Literatura, Historia e incluso Latín. Disfruté con la docencia. Era una época bonita, porque enseñábamos a los poetas a través de la música de Serrat.

Ojo, imagínatelo en los años setenta, cuando no estaba muy bien visto. En aquel colegio había cuatro monjas seglares muy raras que no sabían muy bien de qué manera las profesoras intentábamos insuflar vida en aquellas alumnas y abrirles el horizonte de la realidad de la vida.

¿Cómo se llamaba el colegio?

Mater Amabilis, aunque lo llamábamos "Mater Amabilis ¿digamé?", porque así cogían el teléfono. Sigue abierto en Villa de Vallecas.


¿Había entonces acoso en las aulas?

¡Qué va! Las chicas, entre catorce y dieciséis años, no se acosaban aunque llevasen gafas, estuviesen gordas o… Bueno, que fuesen lesbianas era impensable.

¿Percibía su existencia?

Para nada. No se me pasaba por la cabeza que alguna de mis alumnas pudiese tener una orientación sexual diferente a la mayoritaria.

¿Y usted, cuando era niña, sufrió acoso?

Tampoco. En el colegio de monjas me veían rara, tanto mis profesoras como mis familiares. Yo también lo sentía, pero no sabía que esa rareza consistía en ser homosexual. Yo descubrí que era lesbiana en la Universidad y, cuando lo supe, me quedé muerta.

¿Cómo lo descubrió?


Porque aprendes cosas, te enteras y sabes. Nos costó mucho asimilar que éramos lesbianas. Era muy duro.

¿Había tenido relaciones con chicos?

Nunca jamás.

¿Cuándo empezó a sentirse atraída por una chica? ¿Cuándo supo…?

Desde que nací: yo creo que me enamoré de mi comadrona. En el colegio, no sabía qué era ser homosexual, pero me sentía diferente a mis compañeras. No me atraían los niños y sólo quería estar con las niñas. Luego, en la adolescencia, me fijaba en las chicas. Y en la Universidad, las deseaba a ellas, no a ellos. Ahora bien, lo que descubrí en la Facultad, dada la convulsa situación del país, fue la política.

¿Tiempos grises o tiempos de grises?

Tiempos de grises. De hecho, yo conocí la política a fuerza de correr delante de la policía. Iba a todas las manifestaciones, incluida la que motivó la expulsión de Aranguren, Tierno Galván y García Calvo, acusados de apoyar las protestas estudiantiles. Luego, descubrí mi orientación sexual en el activismo. No obstante, todo es difuso, como un magma, no está claro... Sobrevives, en medio de la niebla, pero no te planteas: “Ah, yo soy lesbiana: lo asumo”.


Aranguren, Tierno Galván y García Calvo, 
acusados de subversión por apoyar las protestas estudiantiles, 
fueron apartados de la universidad por el régimen franquista

¿Hoy el gay es doblemente acosado en las aulas?

Lo pasan muy mal. Los jóvenes gais, lesbianas, bisexuales y transexuales son quienes más padecen el acoso escolar. Desde la pubertad, sufren terriblemente a causa de su identidad y orientación sexual.

¿Cree que las chicas lo pasan peor?

Posiblemente, aunque depende...

Muchas están dando la cara en los colegios, a una edad más temprana.

Sí, las hay muy fuertes y empoderadas. Por una parte, los jóvenes ahora son más conscientes de que existe una enorme diversidad sexual, asumida como propia por muchos. Por otra, los más débiles —y blanco de las burlas— sufren muchísimo, hasta el punto de que nuestro colectivo es víctima del mayor índice de suicidios.

También se ven por el centro de la ciudad parejas de la mano o besándose, algo que hace años era menos habitual.


Incluso impensable.

¿Es un oasis? ¿Una zona acotada y permisiva? ¿Habría que ir a los barrios o a los pueblos?

El centro de una ciudad como Madrid claro que es un oasis. Decía Eugeni Rodríguez, presidente del Observatori Contra l'Homofòbia: "Se casaban dos en Teruel, pero no ponían en el nombre en el buzón". Hay un avance, porque los jóvenes lo asumen, pero vete al mundo rural. Ahí se sufre de una manera bestial y sigue habiendo agresiones, sobre todo contra las personas transexuales.

Ésa es la asignatura pendiente, debido a que la aceptación es más difícil, ¿no?

Las asignaturas pendientes, no sólo en el movimiento sino también en la sociedad, son el colectivo trans, las familias, las lesbianas y las mayores.

¿Fue positivo para la causa la presencia en televisión de personajes públicos gais?

Cuando Boris Izaguirre empezó a hablar de su marido en "Crónicas marcianas", hizo un favor fantástico, porque el programa de Telecinco era líder de audiencia y ésa fue una manera de visibilizarnos. Aquello cambió muchas mentalidades.

Antes hablaba de las mayores. ¿No cree que algunas abuelas heterosexuales van por delante de los políticos y las administraciones?

Boris Izaguirre

Absolutamente. Las señoras lo asumen mejor porque están de vuelta de todo. Los mayores son sabios.

¿Aceptan la homosexualidad de los suyos mejor que los propios padres?

Pues sí, porque a lo mejor un padre o una madre tienen que “defender” a sus hijos, pero los abuelos pasan más. Sin embargo, previamente me refería a nuestros ancianos, cuya memoria está siendo homenajeada por la FELGTB, que ha declarado 2019 como el Año de Mayores Sin Armarios: "¡Historia, Lucha y Memoria!", coincidiendo con el 50º aniversario de la revuelta de Stonewall.

Ahora bien, más que a los pioneros de aquella glamurosa lucha en Nueva York, en nuestro caso hay que honrar a quienes sufrieron la represión franquista y fueron apaleados y machacados por unas leyes que nos arruinaron la vida. Ésa es nuestra memoria: "la de los vejados por el nacional-catolicismo", que no sólo estaba presente en la legislación, sino también en la sociedad.

Considera que ellas, de algún modo, lo pasaron peor que ellos.

Si los gais fueron humillados y encarcelados, a las lesbianas les impusieron la condena a la soltería, a la reclusión en conventos, a los matrimonios forzosos… En definitiva, a la invisibilidad más absoluta.

"¡Lo que debieron de sufrir aquellas mujeres que se vieron obligadas a casarse con hombres o a ingresar en psiquiátricos, donde les aplicaron electroshocks!" Me atrevería a decir que las pasaron canutas hasta los años ochenta. Y tú me dirás: “¿Por qué no te consideras gente mayor?”. A ver, dímelo...

Revuelta de Stonewall - New York (1969)

Porque es un espíritu joven…

Sí, porque soy un espíritu joven [risas]. A ver, que tengo setenta y cuatro años, pero me incorporé tarde al activismo, concretamente en 1995. Por eso no sufrí esa represión, aunque viviese con una pareja encerrada en un armario que no era tal. Porque no se decía, pero tampoco se ocultaba…

Siempre ha habido mujeres que vivían juntas.

Y la gente lo entendía: “Fíjate, se quieren tanto que duermen en la misma cama. ¡Qué barbaridad! ¡Qué injusticia!

También señala otros peligros que se ciernen sobre la tercera edad: entrar en una residencia —vinculada, por ejemplo, a la Iglesia— puede implicar que el anciano vuelva a meterse en el armario.

Por eso exigimos la ley de igualdad real. Las residencias tienen que ser públicas, porque los curas y las monjas no tienen que estar ahí.

A favor de la eutanasia, ¿no?


Claro, porque el cuerpo es mío. Nadie es quien para administrar mi vida, porque yo soy la dueña.

Por cierto, ¿por qué dejó la docencia?

Porque me enamoré de una alumna, abandoné el colegio y luego nos escapamos de Madrid. Yo tenía veintisiete y ella, diecisiete. Cuando cumplió dieciocho, nos fuimos a vivir juntas a Barcelona. Lo dejé todo para comenzar una vida en libertad.

¿Cómo fueron los inicios en Barcelona?

Ella era funcionaria y yo no tenía trabajo, pero vivía de una pensión de mi padre, pues había fallecido. Tardé un pelín de tiempo en ponerme a currar, porque era un poco vagoneta. Y así pasaron ocho años en Catalunya.

Posteriormente, terminaría sacando una oposición, pero no a profesora.

Cuando regresé a Madrid, no quería dedicarme a la enseñanza y me convertí en funcionaria de Justicia. Con tanta suerte, que pedí el Registro Civil, donde fui muy feliz y contribuí a que las personas trans fueran mejor tratadas cuando iban a modificar sus documentos.


La activista gay Boti García Rodrigo. / HENRIQUE MARIÑO
Boti García Rodrigo. / HENRIQUE MARIÑO

Me siento orgullosa de haber ilustrado a mis compañeros sobre lo que significaba para mi colectivo la Ley 3/2007 [reguladora de la rectificación registral de la mención relativa al sexo de las personas], una norma que debemos cambiar porque se ha quedado desfasada. Allí también disfruté viendo los frutos de la ley de matrimonio igualitario, que permitió casarse a muchas parejas que llevaban años esperándolo para coronar su amor o hacer bandera.

No le satisfacía la docencia.


La tuve que dejar por amor. Yo era muy feliz dando clase. Siempre decía que es una hermosura, como ver crecer la hierba.

Aunque haya que pelear con decenas de chavales.

Al contrario, fue maravilloso, porque hablar en los setenta de Miguel Hernández o de Antonio Machado resultaba muy bonito. Les relatabas el exilio con música de Serrat y escuchaban con atención.

Cree que salió tarde del armario, pero en realidad tarde es nunca.

Lo hice tarde, pero lo aproveché bien. Yo salí como un cohete: contenta y con muchas ganas.


¿Hay una edad o una época para hacerlo?

Depende. Cada cual tiene una circunstancia.

Me refiero a usted.

Yo nunca me metí en el armario. No ocultaba que me gustaban las mujeres, ni que vivía con una. Lo que ocurre era que yo no era activista, aunque me moría por serlo. Un día fui a la librería Berkana y le dije a Mili Hernández: “Necesito encontrar un sitio donde haya personas como yo”. Y me mandó a COGAM, donde descubrí el activismo. Fue como llegar a El Dorado.

En 2005 se casó con Beatriz Gimeno. Fue mucho más que una boda.

“Tienen ustedes que casarse, niñas”, nos decía Pedro Zerolo, porque habían contraído matrimonio muchos gais, pero apenas existían parejas de lesbianas. Faltaba valor y sobraba mucho armario, pero nosotras éramos muy públicas: Beatriz era la presidenta de la FELGTB y yo, de COGAM. Entonces, dimos el paso y nos casamos por activismo y por amor. O, al revés, por amor y por activismo.

Tenían un hijo de su anterior pareja.

Beatriz Gimeno

Sí, un hijo biológico de Beatriz. Fue un momento de gran felicidad. La boda había sido muy bonita. Invitamos amigos y amigas, junto a políticos de partidos que nos apoyaban. La difundieron todos los medios y recuerdo que al día siguiente… Bueno, en fin.

Hable, hable...

Que nos fuimos a Venecia y en el avión la gente leía los periódicos… con nuestra boda en la portada. “Mira, mira”, nos decíamos una a otra, mientras nos dábamos codazos.

¿Nunca pensó en ser madre?

Jamás me llamó la maternidad. No sé si es bueno o malo. Tampoco lo quiero juzgar, qué más da, aunque quizás la sociedad nos haya condicionado.

En contra de la gestación subrogada.

Absolutamente contraria a los vientres de alquiler, porque suponen una manipulación y una utilización de la mujer. El deseo de ser padre o madre es legítimo, pero no se puede construir como un derecho —porque no lo es— ni pasar por encima de los de la mujer.


Figuró dos veces en la lista por Madrid de Izquierda Unida, con Gaspar Llamazares al frente, y en 2011 dio el salto a Equo. ¿Efecto Juantxo?

No. Una de las estrategias que defendíamos en la FELGTB, para sacar adelante el matrimonio igualitario, era que miembros del colectivo ocupasen los espacios de la política. Fue una idea de Beatriz Gimeno: "entrar en los partidos para que conociesen nuestras necesidades".


Hablamos con Zapatero y le convencimos de que Zerolo debía entrar en el PSOE, mientras que yo me metí en IU, porque era necesario que supiesen de primera mano cuál era nuestra realidad.

¿En los partidos había cierto postureo al incluir a gais en sus filas?

No lo creo. Al menos, yo no fui consciente.

Era algo natural, aunque en realidad ya había políticos gais, pese a que no lo manifestasen.

Dentro del armario, claro.



¿Qué opina de las salidas forzadas del armario?

Yo no soy partidaria del "outing". Cada persona tiene derecho a decir si pertenece o no al colectivo, porque no sabemos el daño que le puede causar. Yo no tengo ningún derecho a decir: “Fulanito es maricón”.

Ahora bien, hay casos que sí justificarían el "outing". Por ejemplo, gais que hacen daño desde dentro. Hablo de los enemigos de lo que ellos mismos son. Gente muy importante que está fastidiando, obstruyendo y dinamitando nuestros avances, algo que me da mucha rabia.

En su entrada en Wikipedia, consta que su cónyuge es Beatriz Gimeno, cuando en realidad están separadas. 

Está fatal esa Wikipedia, antigua y obsoleta. Estamos divorciadas, aunque tenemos una relación inmejorable.

En las relaciones interpersonales, incluidas las de pareja, ¿desgasta el roce?

Las relaciones de pareja son muy complicadas. Hay momentos en que pesan y otros en los que hay que aligerar, para pasar a otra etapa. Mantener la amistad o la relación familiar dice mucho de las personas.


Una máxima: tener el derecho a casarse, aunque sea para luego divorciarse.

Yo estoy felizmente divorciada, porque pude casarme felizmente gracias a la ley.

¿Para cuándo una mujer sacerdote católica?

Pues mira, católica no, porque las Iglesias monoteístas se han construido machacando a las minorías para dar satisfacción a las mayorías gobernantes, homófobas, racistas, xenófobas… 

Todas se han cimentado sobre el odio y el desprecio al diferente, sea pobre, inmigrante, mujer u homosexual. Y, en concreto, la Iglesia católica ha hecho mucho daño, aunque en cualquiera de ellas yo iría directa al infierno.

Entonces no le pregunto si veremos a un cura gay casado.

En la Iglesia católica no veremos a un cura casado, ni hétero ni homosexual, como tampoco a una monja que no sea la esbirra y la sirvienta de los curas."¡Organización machista donde las haya!"


Año 2019: "La homosexualidad como enfermedad". Las terapias para reconducir la orientación sexual, obviamente hacia la heterosexualidad, vuelven a ser objeto de noticia.

Ahí estamos. Y eso que las terapias de aversión están prohibidas por las leyes autonómicas de igualdad real, incluida la de Madrid, que no se ha puesto en marcha por culpa del PP.


Y ahora vienen estos señores de Vox a querer curarnos y a pretender hacernos lobotomías y electroshocks, cuando son ellos los que están necesitados de terapias para curarse ese odio que tienen.

¿Ha vuelto el Madrid de las peras y las manzanas, que diría Ana Botella?

Están ahí, sacando los cestos de la fruta. Vamos a ver si se los neutralizamos y se la hacemos tomar como laxante. Tenemos que echarlos. Es el momento de rearmarnos, de salir a a la calle y de dejarles claro vamos a para pararlos, porque así no puede ser.

Más que de gais enfermos, deberíamos hablar de una sociedad —o, en este caso, de una clase política— enferma.

Una clase política enferma e intransigente que se permite el lujo de mandarme a mí a terapia, cuando es ella la que tiene que ir.

Ana Botella

¿Corren peligro las leyes de protección contra la LGTBIfobia?

Por supuesto. Hay que poner esas leyes a funcionar, pero espérate… ¡A ver de qué son capaces!

¿Estamos viviendo una regresión?

Yo creo que sí. Prueba de ello es que los ultras se sientan en los escaños del Congreso.

¿Observa un repunte del machismo en las generaciones más jóvenes?

Por supuesto, y mucho. Porque no han recibido una educación en valores ni tampoco feminista. Han sido educados desde la "prepotencia de machitos" y se creen que pueden ser los dueños y señores de sus novias, con derecho a machacarlas.

"Hay que hacer la revolución y cambiar esta sociedad", porque de lo contrario se va a comer a las minorías.

Concentración en Cibeles (Madrid) en 2018

Los derechos no sólo hay que conquistarlos, sino también que defenderlos.

Debemos empujar hacia adelante cada vez más. Piensa que "en muchos países todavía te meten en la cárcel o te condenan a muerte por ser gay".

Y con el machismo sucede lo mismo, por lo que hay que buscar una receta contra ese mal, vacunarse contra la intransigencia e ingerir muchas dosis de feminismo.

¿La causa gay y la feminista deben ir de la mano?

Por supuesto, porque el enemigo es el mismo: el patriarcado de corbata y sotana, que nos está machacando. 

¿El amor tiene fecha de caducidad?

No. Hay una frase de Óscar Wilde… ¿o era de Jacinto Benavente? Tanto da, porque ambos eran gais. Decía algo así: “Seré joven mientras me siga enamorando”. Yo también lo creo. Estoy convencida de que mientras siga mirando con ilusión y deseo a las mujeres seré joven. Y claro que me sigo enamorando.


FUENTE: publico.es 
Henrique Mariño