4/6/09

EL FESTÍN DE LAS RATAS

Supongo que el miedo, asco, repulsión, etc. que la mayoría de los humanos sentimos hacia estos roedores, se incrementa en gran manera al contemplarlos de cerca, sobretodo, si de una forma inesperada saltan sobre tus pies. Por lo menos a mí, así me ocurre.

No sé con exactitud que es lo que más me repele de ellas: si esa forma peculiar de arquear el lomo, su inquietante mirada o tal vez ese largo rabo desprovisto de pelo, que imagino frío y que, al arrastrarse, despierta ese miedo atávico de la conciencia hacia todo aquello que repte.


Puede que nuestro temor, amén de por el cúmulo de enfermedades que transmiten, tenga invisibles lazos también con el futuro. Quién nos puede decir si no serán ellas nuestro relevo como mamíferos preponderantes sobre la Tierra, si en nuestro desatino terminamos autoinmolándonos en aras del "progreso". No en vano su capacidad de adaptación y multiplicación es asombrosa; una estadística efectuada hace ya bastantes años calculaba, para la isla de Manhattan, una media de siete ratas por habitante. Cuestión de multiplicar por unos cuantos millones. De hecho viven a expensas nuestras y sin verdaderos enemigos que puedan mantenerlas a raya.

Este largo preámbulo viene a colación de mi deseo de denunciar públicamente el festín que las ratas se dan, noche tras noche, en la confluencia de las calles Felipe Pedrell y Juan Álvarez Delgado de esta capital. Hasta media docena de ejemplares de tamaño respetable he podido contemplar desgarrando, sin ningún tipo de pudor, las bolsas de basura que, al no caber en los contenedores, son depositadas al pie de los mismos. Aunque en alguna ocasión también las he visto a pleno día, al amparo del pretil y los coches, recorriendo las calles adyacentes en busca de comida.



A quien competa, ruego arbitre las medidas necesarias para atajar esta proliferación de roedores, ya que, si salen tantas a la superficie, no quiero pensar siquiera cuántas habitan el subsuelo.

Creo que también sería conveniente aumentar el número de contenedores, aunque vaya en detrimento de algún aparcamiento (perdonar el beso por el coscorrón), porque claro está que resultan insuficientes; evitando así que gran parte de los desperdicios sirvan para cebar a nuestros inteligentes enemigos.

Miguel Ángel G. Yanes
21/09/03

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