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5/1/20

LAS RAÍCES DEL NO

Rebeldía como actitud humanista


"El ser humano empieza a ser libre cuando aprende a decir NO."

"Es la más rotunda de todas sus palabras; más rotunda aún que el 'sí', porque en el 'sí' puede caber un 'pero'" que ponga condiciones a la aceptación; en cambio, 'NO es NO'. "Es la palabra con la que queda declarada la rebeldía"; la palabra con la que comienza la conquista de la libertad y, en ocasiones, la de la dignidad.

¿De dónde viene, en realidad, el NO? ¿Qué lo provoca y qué lo fundamenta? ¿Contra qué se dirige? Todo no proviene del impulso de establecer un límite: de oponerse a una voluntad que trata de imponerse sobre otra.

Todo NO es una toma de partido: una negación que, simultáneamente, afirma y defiende lo que queda dentro de la frontera que establece. "Si lo que salvaguarda el NO es una voluntad, defiende la libertad; si lo que salvaguarda, en cambio, es un valor, defiende, además, la dignidad".


Detengámonos, por un momento, en esta reflexión sobre la libertad y la dignidad, antes de seguir adentrándonos en la rebeldía. "La libertad, en su estado más puro, defiende sobre todo la voluntad de obrar, por lo que entraña un peligro inherente", no siempre fácil de advertir: que, dejada a su antojo y llevada al extremo, "la libertad suprima la justicia y los valores".

A partir de cierto punto, "la libertad de cada uno conquista su terreno a costa de la ajena", por lo que su mejor aliado puede llegar a ser la fuerza. "La fuerza es, por tanto, el NO más extremo que establece los límites de la libertad", y la pugna entre las libertades dejadas a su antojo termina instituyendo el imperio de la ley del más fuerte.

"En este contexto –poco deseable, pero ratificado reiteradamente por la historia–, el concepto de 'rebeldía' se aviene fielmente a su sentido etimológico latino de re-bellum, de responder a la guerra con más guerra", de constante conflicto de intereses en nombre de la libertad saldado por la fuerza.

Hay algo, sin embargo, en la conciencia, que nos dice que "esa rebeldía no conduce a un estado de equilibrio y de paz: porque la libertad que otorga va unida a la injusticia, porque no es otra cosa que un pulso de egoísmos, y porque sus conquistas sólo durarán lo que dure la fuerza".


Algo nos dice, pues, que "hay una rebeldía distinta a la de responder con más guerra a la guerra": una rebeldía de raíz diferente, cuyo anhelo no es ampliar la propia libertad de forma indefinida, sino "ganar y proteger un territorio donde pueda existir la dignidad y la justicia".

"Tal rebeldía nace del insufrible sentimiento de indignación ante lo injusto", no del deseo frívolo de ver cumplida siempre la voluntad de uno. "Tal rebeldía afirma la existencia de un misterioso respeto entre los hombres, recóndito, intuitivo, previo y ajeno al que impone la ley".

"Tal rebeldía es un 'no' que defiende valores, no intereses"; una acción de ruptura que aspira sin embargo a la consecución de un orden frente a la crueldad de lo arbitrario; un elemento de civilización, en suma, porque "no existe más civilización que la que une a los hombres contra el abuso y la barbarie".

"Esa rebeldía, como actitud, se aviene sin saberlo a su nombre griego de ἐπανάστασις (< ἐπανίστημι)'volver a ponerse de pie, levantar algo caído': es la indignación que aspira a reparar la dignidad violada, la rebeldía que aspira a limitar la libertad y la fuerza para que pueda darse la justicia". De ésa hablaremos hoy, en homenaje a Albert Camus.

Albert Camus

"Durante largos siglos y en casi la totalidad de las culturas, el fundamento último de la justicia estuvo remitido a la divinidad". De ese modo, "la ética fue para muchas sociedades la mera acatación de un código moral de conducta" fijado en mandamientos, en prácticas o en leyes cuya bondad tenía como garantía incuestionable el origen divino. 

Hijos de este principio son el 'absolutismo' y el 'dogma': "el poder terrenal sancionado por el celestial, y el monopolio de la verdad puesto en manos de los administradores de la fe". Y así como la libertad absoluta no deja espacio para la existencia de valores, "la existencia de valores absolutos ha suprimido siempre, de manera simétrica, el espacio para la libertad".

Haciendo de Dios un juez celoso de la observancia de tales valores, las religiones dogmáticas cometieron todas su mayor pecado: 'ejercer la justicia en el nombre de una divinidad incognoscible'".

"Los repetidos crímenes de sus representantes en la Tierra –príncipes y clero– y la desconcertante conducta de un Dios –inexplicable en muchas ocasiones a los ojos humanos de nuestro instinto de justicia– fueron alimentando progresivamente el conflicto entre los hombres y la llamada 'justicia divina'"; y, llegado el momento, queriendo deshacerse del juez, hubo revoluciones que acabaron por 'matar a Dios'.


Así, "abolido el origen divino del poder terrenal, los valores se vieron forzados a encontrar un nuevo fundamento". Esta vez aquí, como un asunto entre nosotros. El redescubrimiento de la 'soberanía popular' por algunos filósofos de la política "ofreció una esperanza para la fundamentación de la justicia, pero pronto nuevas formas de absolutismo y de terror vinieron a asentarse sobre la tinta, fresca aún, del 'Contrato social de Rousseau'"

En esa caída del fundamento ético desde el cielo hasta el suelo, "el desprecio de la moral clerical y burguesa se tradujo para algunos en el desprecio de toda reivindicación moral" y en la proclamación de la Historia como relato de sucesivas formas de dominación y servidumbre, carente de principios deontológicos. Es decir, "en su caída, la ética llegó, en algunos momentos, hasta el nihilismo: una visión del mundo que, asumiendo el mal de la Historia, acabó justificando nuevos sistemas de opresión totalitaria".

En regímenes menos extremos entre el absolutismo teocrático y las revoluciones totalitaristas, el parlamentarismo decimonónico, el republicanismo moderno y las constituciones liberales "fueron reconociendo en sus textos valores y derechos para el conjunto de la sociedad, pero entregaron el poder político a la alta burguesía y a los oligarcas", consolidando poco a poco el escenario de "una engañosa 'ficción democrática' en la que, sutilmente, la ética tiende a confundirse con el derecho, la justicia con la ley, la legitimidad con el voto y los valores con los intereses del poder".

"En esa ficción –abramos bien los ojos– vivimos hoy".


Descartados, pues, los intereses del poder, el nihilismo y la divinidad como fuentes de las que manan los valores, "el desafío ético de descender a por su fundamento legitimador hasta lo más profundo de la conciencia y de aquilatarlos con libertad en la reflexión y en el diálogo se convierte, como ahora veremos, en una tarea humanista y rebelde".

"Es humanista, porque la ética –entendida no como acatación de un código moral establecido (cualquiera que éste sea), sino como ejercicio crítico y responsable de la libertad– es un ejercicio humanista, que necesita del cultivo de nuestras cualidades de raciocinio y juicio, de nuestra sensibilidad y de nuestra empatía", de nuestra facultad de comunicación, de nuestro interés por el conocimiento y la virtud, y que, en última instancia, apuesta por la capacidad del ser humano para elegir lo bueno atendiendo a razones que se fraguan en su propio interior.

Y es rebelde, porque el humanismo del que hablamos, más aún que el cultivo de unos conocimientos y unas cualidades para crecer haciéndonos mejores, "ha sido siempre una actitud de resistencia frente a la hostilidad del hombre con el hombre".

"Esta actitud de 'rebeldía' en nombre de lo humano se asienta en el convencimiento de que los destinos no están establecidos, de que nos corresponde a nosotros conformarlos, y de que el 'egoísmo' y la 'fuerza' se hacen con el poder para usurparnos esa potestad".

  • La rebeldía sabe que el poder se legitima con enorme frecuencia sobre un relato interesado, tendencioso o falso, y para desenmascararlo busca la verdad: por eso la verdad es siempre subversiva.
  • La rebeldía distingue el interés del valor, distingue la justicia de la ley, conoce que la legitimidad es mucho más que el voto, y aprecia el derecho pero no admite nunca que éste ocupe el lugar de la ética.
  • La rebeldía sitúa los valores en un lugar más alto que las leyes, pues sabe que las leyes no son sino el intento, siempre perfectible, de que los valores lleguen a hacerse realidad.
  • La rebeldía cree en la desobediencia cuando las leyes faltan contra los valores que han de legitimarlas, cree en la desobediencia colectiva y reivindicativa como llamada al diálogo para buscar nuevo consenso sobre la legitimidad moral de la ley.
  • La rebeldía asume el convencimiento de que las leyes nunca mejorarían si no hubiera personas valientes con altura moral y sentido de la justicia superiores a los del derecho en vigor.
  • La rebeldía, a diferencia de la revolución, no aspira a imponer desde arriba una idea cerrada del bien; aspira a ir conquistando, desde abajo y desde dentro, terreno para el bien; a ir definiéndolo entre todos conforme al interés común. Aspira a explorar el espacio intermedio entre las pretensiones de la libertad y las de la justicia, y a hallar un equilibrio cada vez más perfecto entre ellas, sabiendo sin embargo que es dinámico y nunca podrá estar definitivamente conseguido.
  • La rebeldía, a diferencia del totalitarismo y la revolución, traslada el respeto de los valores y las leyes del campo de la fuerza al campo de la convicción –es, en esto también, un empeño humanista–, pues sabe que la verdadera legitimidad tiene su base en la voluntad común y en el consenso, mientras que la “legitimidad” de lo impuesto por la fuerza termina en cuanto ésta declina, o en cuanto sucumbe ante otra mayor.
  • La rebeldía basada en la convicción pone a su favor la voluntad del otro, generando en él una fuerza interior aliada que, nutrida por razones que comparte, sustenta por sí misma la acción; la coacción, en cambio, tiene como enemiga la voluntad del otro, y, si esta última cede, es por debilidad, por necesidad, acaso por prudencia, pero nunca por convicción.
  •  La rebeldía contra lo impuesto por la fuerza es siempre un acto cargado de legitimidad.
  • La rebeldía busca su legitimidad en la conciencia: esa fuerza interior del ser humano para indagar en busca de la verdad –indagar a conciencia–, esa extraña fuente de certeza que llevamos dentro y a la que no podemos oponernos sin la perturbadora sensación de estar faltando contra nosotros mismos, negando una justicia íntima que se expresa en nosotros y que sabe muy bien si mentimos o no.

La rebeldía como actitud humanista puede ser rastreada a través de los siglos en multitud de gestos –de hombres y de mujeres– unidos tanto al éxito como al fracaso; o, por mejor decir, recompensados unas veces por la victoria plena, y otras, muchas de ellas, por una victoria tan sólo moral.


Esta 'actitud de rebeldía' tiene una historia larga y humilde, pero existe al menos desde el remoto día en que Homero comenzó la búsqueda de lo que constituye 'la dignidad humana', y no ha dejado de existir desde entonces.

Sobre esta dignidad, común a todo ser humano, nuestro homenajeado Albert Camus dejó una reflexión que es a la vez una clara advertencia:

“Si los hombres no pueden remitirse a un valor común, reconocido por todos en cada uno de ellos, habrá que concluir que el hombre resulta incomprensible para el hombre: el hombre en rebeldía exige que tal valor común sea reconocido claramente en él, porque sospecha o sabe que, sin ese principio, el desorden y el crimen reinarán en el mundo”.


Yo añadiría ahora, para concluir, que "el reto eterno de la actitud humanista como actitud de rebeldía es identificar en el conjunto de los seres humanos un denominador común irrenunciable y delimitarlo con una línea roja llamada Dignidad", hacerlo respetar, e ir ampliándolo a fuerza de conquistas frente al egoísmo.

"El futuro del hombre se encuentra amenazado por él mismo". La perversión a la que habremos de enfrentamos mirando hacia el mañana no será ya 'la secular explotación del hombre por el hombre', sino algo más terrible todavía: 'la silenciosa indiferencia del hombre hacia el hombre', "la condena del grueso de la humanidad a la marginalidad de un sistema pensado para satisfacer el egoísmo de unos pocos".

"La alternativa a esa perversión se llama 'rebeldía consciente'".

"El ser humano no puede realizarse plenamente sin libertad, justicia ni recursos, y la rebeldía que hoy necesitamos no tiene otro objetivo que lograr que esos bienes vitales existan para todos".


(Intervención de Pedro Olalla, en acto compartido con Samantha Novello, en homenaje a Albert Camus el 26 de abril de 2019)

FUENTE: ctxt.es
27/12/2019 

27/7/19

LOS PREDICADORES DE LA TIRANÍA


En la universidad hay unos nuevos "Canes Domini" que han creado un sistema de dogmas y mecanismos de control que les están permitiendo extender su poder de un modo arbitrario, como los tiranos griegos

"La escuela de Atenas" / Rafael

Se preguntaba Aristóteles en un librito titulado Problemas: ¿puede el filósofo ser feliz mientras lo torturan? En la actualidad naturalmente la mayor parte de la gente tendería a pensar si en esta pregunta se esconde algo relacionado con el sexo, pero nada más lejos de la realidad. Quien torturaba al filósofo solía ser un tirano, que intentaba hacerle delatar a sus cómplices en una conjura para derrotarlo, o bien simplemente doblegar su voluntad.

La literatura griega contiene numerosas anécdotas de este tipo. En una de ellas un tirano está torturando a un filósofo y éste le pide que se le acerque, para darle el nombre de sus cómplices. Así lo hace,"lo que el filósofo aprovecha para arrancarle una oreja de un mordisco". En otra es el propio filósofo el que se arranca la lengua de un mordisco y otro filósofo, en este caso el esclavo Epicteto, cuando un día estaba siendo torturado por su amo simplemente por placer, le decía que "si seguía hiriéndole la pierna iba a quedar lisiado". El amo no dejó de hacerlo, y cuando aquello ocurrió, Epicteto, impasible, se limitó a decirle: “Te lo dije”. Los filósofos tenían que ser impasibles ante el dolor y afrontar con serenidad la muerte, como lo hizo Sócrate, que prefirió morir para cumplir las leyes de Atenas y no huir de ellas.

Es muy curioso observar cómo esta escena en la que alguien se enfrenta a quien detenta el poder de un modo tiránico pasó a repetirse como cliché literario en las "Actas de los mártires del cristianismo primitivo", en las que el gobernador provincial romano interroga a los cristianos y les ordena dar culto al emperador, negándose ellos siempre, diciendo “soy cristiano”, lo que les suponía morir bajo tortura.


En la literatura inglesa este dilema quedó inmortalizado por Shakespeare en el Acto III de Hamlet, cuando el príncipe de Dinamarca, al decidir enfrentarse al usurpador de su trono, dice: “Vivir o morir: ésta es la pregunta./¿Qué es más noble para el alma, sufrir/ los penetrantes dardos de la violenta fortuna,/ o tomar las armas contra un mar de adversidades/ y acabar con ellas? Morir no es/ más que dormir y en el sueño/ diremos se acabaron las penas y los infinitos dolores/ que heredamos con nuestra carne./ Éste es el fin que deberíamos ansiar. Morir es dormir y tal vez soñar…”.

La poesía de Shakespeare y las anécdotas de la historia de la filosofía griega y el cristianismo primitivo, como todo lo bello, quizás sean demasiado bonitas para ser ciertas. A lo largo de la historia la realidad fue casi siempre mucho más cruda. Pues pensadores, filósofos, artistas y escritores prefirieron situarse al lado o detrás de quien ejerció el poder y no frente a él. Platón quiso convencer al tirano de Siracusa de que reformase su ciudad de acuerdo con sus ideas y acabó vendido como esclavo y siendo rescatado por su millonaria familia. Aristóteles fue preceptor de Alejandro de Macedonia, pero murió en el exilio acogido por otro tirano en su corte. En el imperio Romano los filósofos que quisieron ser consejeros de los emperadores, como Séneca, acabaron teniendo que suicidarse para evitar males mayores. Curiosamente, en Roma los grandes expertos en derecho y los administradores del poder imperial fueron normalmente esclavos o libertos.

Lo mismo ocurrió en la historia de la Iglesia, cuando ésta tomó el relevo de la administración imperial y los obispos pasaron a gobernar ciudades y a administrar inmensos dominios, junto con los monjes. Para ello se necesitaron grandes juristas, creadores del derecho canónico, contables e intelectuales, en un mundo en el que la escritura y la lectura quedaron casi reducidas al ámbito eclesiástico. Tras el siglo IV ya nadie torturó a los cristianos, fueron algunos cristianos los que torturaron judicialmente a otros cristianos  –de la misma manera que se hacía en el ámbito de la justicia civil– por tacharlos de herejes. No deja de ser llamativo que una de las órdenes que dio más intelectuales a la Iglesia fue la Orden de Predicadores, o Dominicos, llamados a sí mismos "Canes Domini", los perros de Dios, por estar encargados de la persecución de las herejías.


Profesores, juristas, filósofos –que serían lo mismo que científicos, pues ellos eran los que conocían por ejemplo las matemáticas–, médicos, arquitectos e ingenieros, todos ellos estuvieron a lo largo de la historia de Europa más a favor que en contra de quien ejerciese el poder económico, militar y político. Solo en el siglo XVIII algunos filósofos e intelectuales pasaron a defender el enfrentamiento con el poder arbitrario, como había hecho literariamente Hamlet y nuestros filósofos de las anécdotas clásicas. Esa tradición continuó en el socialismo y el marxismo, pues Marx creyó sinceramente que la única manera de hacer a una sociedad justa sería gobernarla y dirigir su economía de acuerdo con los principios de la ciencia. Y es esta tradición de la ciencia como fuerza emancipadora y su asociación con la conquista de la libertad la que rigió hasta hace algún tiempo en las universidades, y en concreto en las universidades españolas de los años finales del franquismo y los primeros años de la democracia.

En las revueltas del 68 se proclamaba la lucha conjunta por la liberación política de obreros y estudiantes. Se pensó que la nueva universidad española debería ser democrática para alcanzar un buen nivel científico. Pero eso fue solo parcialmente cierto, pues la mejora del nivel científico se logró con los medios y métodos académicos. Y esa mejora es evidente. Lo que sin embargo pervirtió a las universidades fue la ficción política, que acabó por convertir a parte de los profesores en intrigantes profesionales, que añoran dedicarse lo más pronto posible a la política, que saben que lo más importante es controlar los recursos económicos y las relaciones con el poder político real. Fueron estos los que sentaron las bases para entregar con armas y bagajes a sus universidades en manos del poder financiero y hacerlas siervas de los intereses de los partidos.

Hay en la universidad unos nuevos "Canes Domini", una nueva Orden de Predicadores, que han creado un sistema de "dogmas, lemas, protocolos y mecanismos de control" que les están permitiendo extender su poder de un modo arbitrario, como los tiranos griegos. Ellos son los nuevos enemigos de la libertad, del pensamiento, del verdadero conocimiento científico y de los intereses colectivos de la mayoría de los profesores, de los demás trabajadores universitarios, de los alumnos y de la sociedad. Lo son porque han convertido a las universidades en medios a su servicio.


Para lograrlo han creado un sistema de control formal, vacío y rígido, pero implacable en su lógica y su ansia de creciente expansión. Ese sistema vacuo no se basa en ideas ni en nada real, sino en signos e índices de todo: publicaciones, méritos docentes, gestión administrativa. Esos índices solo tienen valor para quienes los inventan y los imponen a los demás, para que los acepten a cambio de pequeñas recompensas. Y a eso se le llama calidad. La calidad no se refiere a nada que no sea ella misma. Todo se formaliza con parámetros, que van tejiendo las redes de "un mundo delirante y autista".

Los profesores son controlados con sus citas. Da igual que uno no sea conocido por nada sustantivo: porque formuló un nuevo teorema, una nueva ley física, descubrió la etiología de una enfermedad... Porque todos somos iguales ante las citas: "tonto es el que menos tiene y listo el que más", no importa que ninguno de los dos haya aportado nada real, porque aquí, como en el fútbol, lo que importan son los goles, pero en un partido sin balón. Manda el que predica el sistema de las citas y lo controla; manda el que predica que la enseñanza no tiene que ver con los contenidos, sino con parámetros como las habilidades y las competencias, que son los dos pilares del pensamiento de la indigencia intelectual. Lo que pasa en realidad en las aulas, y que los profesores vemos cada día, o en la calle no importa, porque "solo los índices dicen lo que es real".

Solo hay dos cosas que los nuevos predicadores consideran reales: los votos que dan acceso al poder político y el dinero, que es la clave del poder económico. Por eso están dispuestos a vender su alma al tirano que más mande y a aplastar a quien no los siga o se les oponga en su labor de crear su nuevo mundo, un mundo tan frágil como lo fue la utopía de Platón que acabó por entregarlo al mercado de esclavos. A diferencia de él, de su obra no quedará nada de nada, y tampoco tendrán una familia de millonarios que los rescate.


FUENTE: ctxt.es
José Carlos Bermejo Barrera
17/07/2019
 

29/3/13

SÓLO LE PIDO A DIOS - MERCEDES SOSA (VÍDEO)

Desde la óptica de este ciudadano profundamente panteísta:

A ese dios creador, fuente y origen de todo lo existente, que no necesita templos de adoración, ni liturgias, ni siervos, ni religiones, porque su espíritu todo lo llena: porque es la luz, el aire, el agua, las rocas, las plantas, los animales y, aunque cueste creerlo, incluso el hombre.

Habita en lo más profundo de nuestros corazones, intentando ocultarse de los manipuladores, de sus absurdos dogmas y de la sinrazón de aquéllos que se hacen llamar sus servidores, y que intentan convencernos, a toda costa, de que hay que ser obedientes para alcanzar el cielo; o sea, hacer siempre lo que "ellos" nos dicen.

Por eso dios se esconde, temeroso y avergonzado de la manipulación a la que, en provecho propio, determinados "ángeles", someten a sus criaturas...

Pero él no puede hacer nada por evitarlo. Esa potestad nos la otorgó a nosotros.

Miguel Ángel G. Yanes