La monarquía y su ‘secreto’: revelación de una bufonada
La institución es anacrónicamente excepcional,
pero se mantiene en este tiempo porque su excepcionalidad es clave de
bóveda de un sistema de poder
No conviene infravalorar a los bufones. "Siendo figuras cortesanas,
con su humor grotesco dicen mucho del poder para el que servilmente
trabajan. Forman parte de la escenografía en la que el poder se
representa y, sirviéndose de aduladores, refuerza su revestimiento
simbólico". Cabe añadir una constante: "cuanto más débil es la autoridad
del poder en cuestión, más hace uso este de bufones de la corte". Pudiera
pensarse que los bufones tuvieron su edad dorada en momentos de
monarquías absolutas decadentes, pero el fenómeno no se limita a ellas;
"se daba antes y se siguió produciendo después, hasta hoy, y no sólo
cuando se trata de monarquías, sino también en otros sistemas políticos,
incluso aparentemente democráticos".
Lo que se ha ido añadiendo como
nuevo a la práctica de los bufones es el eco mediático de su actividad,
hoy incluso multiplicado 'n veces' con el efecto difusor de las
redes sociales. Este es tan seductor que nos encontramos incluso con
personajes en la cúspide del poder que se convierten en bufones de sí
mismos. La 'sociedad del espectáculo' de continuo brinda memorables
jornadas de gloria bufonesca.
En este verano del aciago año 2020, en el que vivimos
zarandeados entre rebrotes de coronavirus y anuncios de jugosas
fusiones-absorciones bancarias –¡adiós, banca pública, adiós, te
despedimos aunque sabíamos que no estarías entre nosotros!–, podemos
entender todo el montaje político y mediático en torno a la cansina
huida del rey emérito a los Emiratos Árabes como una gran bufonada en la
que hemos visto cómo muchos "se apuntaban voluntariosos a adular al
monarca defraudador del fisco y a apoyar a su sucesor, a pesar de su
desnudez". La representación simbólica del poder se puso difícil. Si se
intenta, con todo, es por ser efectivamente un poder, por más que
desautorizado por los mismos que lo representan, que en España no se
limita, desde la Corona, a reinar sin gobernar.

Por eso hay que
apuntalarlo, para que no se derrumbe ante una opinión pública que desde
el patio de butacas –hasta ahora no se ha permitido a la ciudadanía
participar en la función mediante referéndum sobre república o
monarquía– asiste a su deslegitimación. Uno de esos intentos,
compitiendo con el 'manifiesto de los setenta' en apoyo de Juan Carlos a
base de apología de la Transición y hagiografía de su figura, fue el
del periodista Salvador Sostres con artículo titulado 'El Rey', en la tercera de ABC, lo cual supone "un primer plano para un bufón dispuesto a todo".
Si al cabo de algunas semanas de verano revuelto miro atrás hacia el
mencionado artículo, en medio del imposible sosiego de un comienzo de
curso de polémica 'vuelta al cole', es para subrayar los 'suculentos
contenidos' del artículo. Lo curioso del caso es que hasta
'monárquicos de pro' se han abstenido de mostrar adhesión alguna a un
bodrio que en su arranque dice que “los reyes, como los papas, no tienen
que ver con los hombres sino con Dios. Es estúpido juzgar a los
monarcas con criterios terrenales. La monarquía es un don, una
encarnación divina; ni es democrática ni está sujeta a las leyes que los
hombres nos hemos dado, ni queda totalmente a nuestro alcance
comprender su última profundidad y significado. Un rey es su pueblo,
pero representa a Dios”.
"Tan desmesuradas palabras, que algunos
confundieron con el estilo jocoso de El Mundo Today
–reconociendo involuntariamente a Sostres como bufón–, corrieron como la
pólvora por las redes sociales para ser objeto de befa, mofa y burla".
No faltaron algunos artículos contrastando la hiperbólica estupidez de
presentar al rey como representante de Dios, igualándalo al Papa ante
los católicos, con teólogos de la mismísima estirpe escolástica que ni
mucho menos estuvieron por doctrina semejante: desde Tomás de Aquino
hasta Juan de Mariana, el analista Santiago Aparicio en Diario 16, hizo
un instructivo recorrido al respecto, que igualmente podía haber
prolongado hasta el jesuita granadino Francisco Suárez y su pensamiento
acerca del derecho de resistencia –en el debate sobre el regicidio en su
Defensio fidei– ante un tirano que desprecia el bien común y
atropella a su pueblo.

"Lo de Sostres no tiene agarradero ni en el
pensamiento conservador", pues hasta las mismas monarquías absolutas de
los siglos XVII y XVIII o competían con el contractualismo que se abría
paso en la época o se justificaban en términos de la transferencia de
poder al monarca en virtud de un pacto –planteamiento inmanentista de
Hobbes–. Pero –seamos serios– estas disquisiciones histórico-filosóficas
le traen al fresco al susodicho Sostres. "Lo grave es que le importan un
bledo a la redacción de un diario como ABC, que llevó a su tercera
un artículo infumable pero sabiendo que la humareda que iba a levantar
era recurso paródico* para levantar la imagen del monarca caído y para
apalancar la del rey actualmente en ejercicio como jefe del Estado".
Hablar del rey, tanto refiriéndose al 'en desgracia caído' como al
'tambaleante', no ya siquiera como depositario de un poder que viene de
Dios…, sino como 'representante de Dios' –asombra que la Iglesia
católica haya callado en España ante tamaña barbaridad con pretensiones
de teológica y para colmo haciendo sombra al Papa–, es un ejercicio de
histrionismo con función política de transmisión de un claro mensaje: "la
monarquía no se toca".
Bufonada al servicio de la sacralización de la monarquía

Es decir, la bufonada iba en serio. Tras lo grotesco se escribía la
doctrina: "la corona es sagrada y el rey, intocable". Los súbditos, como
siervos fieles, ni hemos de entrar a juzgar la conducta del rey, ni sus
mismos hechos por supuestamente delictivos que puedan ser. Después de
todo, ¿no es la misma Constitución española la que habla de la 'inviolabilidad del rey' y consagra su 'irresponsabilidad', eximiéndole de
dar cuenta de sus actos? ¿Y no hay juristas que extienden esa
inviolabilidad y esa irresponsabilidad, infundadamente, más allá de los
actos del jefe del Estado en el ejercicio de sus funciones como tal? ¿Y
no encontramos que PSOE, PP y Vox se vienen negando a que haya una
comisión parlamentaria que aborde el cúmulo de deméritos que acumulan
lamentables hechos protagonizados por Juan Carlos de Borbón? ¿Dónde,
pues, empieza y termina lo bufonesco?
A través de la mente calenturienta de Sostres nos hallamos, por
tanto, ante una bufonada muy reveladora que nos conduce directamente al 'secreto' de la monarquía. De tal arcano cabe decir lo mismo que decía
Marx de lo que mostraba el 'secreto' de la mercancía, "una vez que se
descubre la realidad social de explotación que encubre" la lógica
económica en la que manda su valor de cambio: "está llena de
connotaciones malamente metafísicas con ribetes teológicos".
Es más,
añadiremos que no hay monarquía –vale decir, régimen que funcione como
monarquía aunque formalmente no lo sea– que no necesite bufonadas,
porque todas encierran su enigma criptoteológico. Las monarquías
absolutistas pasaron, cuando el caso fue que evolucionaron, a
constitucionales y estas, mediando proceso de adecentamiento en entornos
democráticos, se reconvirtieron en monarquías parlamentarias. "Lo
nuclear del asunto es que el fondo absolutista no se pierde y con él, el
carácter fraudulentamente teológico que lo acompaña". Esa es 'la verdad'
del bufón Sostres.
"Los reyes emergieron en sociedades remotas en el tiempo,
naturalizando relaciones de dominio y sacralizando el poder de quienes
desde la desigualdad podían detentarlo para sostener desde posiciones
ventajistas el orden social". Y por cierta desacralización del poder que
la racionalización moderna de la vida haya llevado a cabo –Max Weber lo
subraya–, la secularización de la soberanía detentada por el monarca,
como trasunto de aquella de la trascendencia divina que fue
inmanentizada –Carl Schmitt se encargó de ponerlo de relieve–, no ha
comportado que, "allá donde perduren monarquías, el proceso secularizador
se haya completado con el desmontaje del simbolismo funcionalmente
religioso que sigue operando". Por ello, donde subsiste Corona, los
ciudadanos no se han librado del todo de la condición de súbditos.
¿Por
qué, si no, la desigualdad consolidada para que haya quienes accedan a
la máxima posición de poder político por vía de linaje según orden
dinástico que marca el nacimiento –por otra parte, con el sangrante
resabio de ley sálica postergando a la mujer frente al varón en la
sucesión al trono–? Ha sido el rendimiento funcional de tal anomalía
democrática lo que ha servido para su legitimación de facto.
Pero
atención: "en verdad, la legitimación funcional de la institución
monárquica no compensa el déficit de legitimidad democrática que
incurablemente arrastra". Es tal patología la que requiere parcheos
continuos, máxime en un caso como el de la monarquía borbónica en el
trono del Estado español, reinstaurada por designio del dictador que
dejó 'atado y bien atado' cómo y para qué Juan Carlos de Borbón había de ser rey de
España –origen que no redimen sus reconocibles 'buenos oficios' a favor
de la democracia, por más que corramos un tupido velo por los que no
fueron tan buenos–.

Dadas las bufonadas que estamos acostumbrados a presenciar, y
habiendo sido espectadores inmediatos de la ofrecida bajo el epígrafe 'El Rey' en las inmarcesibles páginas del diario monárquico 'par excellence',
es momento de activar seriamente la reivindicación de república. Se ha
puesto en primer plano lo que en los años 30 del siglo pasado
señaló el filósofo Eric Voegelin al hablar de 'las religiones
políticas': "inmanentizando motivos trascendentes se desplazaron al
ámbito político pautas de comportamiento y recursos simbólicos que
alentaron movimientos en los que lo político, incluso configurándose
ateística o paganamente –caso del nazismo, por ejemplo–, se estructura
de modo funcionalmente religioso".
No hace falta compartir con Voegelin
el pesar por lo que la secularización dejó atrás abandonando la
referencia a la trascendencia –sí es importante detectar el problema–,
para comprobar que la tesis de 'las religiones políticas' es aplicable a
lo que venía dándose y se mantiene en torno a la monarquía como forma
de Estado. Hay que ser conscientes, además, "que igualmente es así en
Estados con monarquías no afectadas por la erosión deslegitimadora a la
que se halla sometida la Corona en España". Aun ante la monarquía más
presentable mantiene toda su razón de ser la alternativa republicana;
cuanto más, "cuando la monarquía dista mucho de ser presentable".
Lo serio frente a lo bufonesco: reivindicar república

La reivindicación de república, tal como la formulamos en y para
España, no se inscribe sin más en la órbita de lo que el italiano
Giacomo Marramao, en 'Poder y secularización', dice de los 'naufragios' de aquellos procesos que han marcado el devenir de la
modernidad, incluso cuando por ellos, "en el caso de una modernidad muy
lastrada como fue la nuestra, nos han llegado en tiempos de
posmodernidad productos tan averiados como la monarquía borbónica". En
verdad, si Carl Schmitt en su 'Teología política' –entendiendo
que en la política moderna sigue acusándose el efecto de su origen
teológico en cuanto a legitimación secularizada–, definió la soberanía
como "la capacidad de decretar el estado de excepción, como ejercicio del
señorío sobre la ley misma tal cual era reconocido al dios de antaño",
lo que nos encontramos ahora es que la monarquía, donde perdure, es en
sí misma un 'estado de excepción', algo inaceptable desde claves democráticas
que en coherencia no pueden ser sino consecuentemente igualitarias.
"Y
en democracia no hay –no debe haber– más soberanía que la que los
individuos como ciudadanas y ciudadanos podamos desempeñar sin
servidumbres ni tutelas". Es así, desde un concepto laico de una
soberanía acorde con nuestra finitud, despojado de resabios teológicos,
"como podremos acabar con esa regla, que han conocido como normal todos los que han soportado las relaciones de
dominio inherentes al 'estado de excepción'", según Walter
Benjamin ponía de manifiesto. La monarquía es
anacrónicamente excepcional, pero se mantiene en este tiempo porque su
excepcionalidad es clave de bóveda de un sistema de poder. "La dignidad,
esto es, el insobornable empeño por defender y ejercer sin trabas
nuestros derechos, convoca a república como democracia radicalizada. Es
lo serio frente a tanta bufonada".
FUENTE: ctxt.es
José Antonio Pérez Tapias
12/09/2020
(*) No supe interpretar lo de 'paródico'. Hube de recurrir al Diccionario de la lengua de la Real Academia Española para entender que hacía referencia a parodia. Lo puntualizo por si le ha ocurrido a alguien más.