Hace bastantes días que me había propuesto manifestarme sobre el informe de la última Evaluación Internacional de Estudiantes, facilitado por la OCDE en lo que a este país berejenal se refiere, pero el "blando" del disco duro de mi ordenador se rajó de repente, asustado tal vez por la que se le venía encima, y me dejó colgado. Intenté salvar la situación instalando el sistema operativo en el disco auxiliar pero... ¡naranjas de la China! Hube de echarme a la calle para buscarle urgentemente un sustituto; así que, armado de chubasquero y paraguas, porque a las cinco en punto de la tarde, a San Pedro debió reventársele alguna importante cañería allá arriba, y caía la de Dios es Cristo.
Para colmo, como el "TEMEA", había pronosticado un "cuasi" diluvio universal, la inmensa mayoría de los comercios estaban cerrados a cal y canto.
Cruzando calles casi desérticas, vacías incluso de tráfico, con la excepción de unos pocos viandantes que, como yo -oscuros fantasmas de la tarde- se atrevieron a salir con la que estaba cayendo. Observé que eran gente acostumbrada a aquellas lides, ciudadanos de países dónde no se teme a la lluvia, de tan persistente y cotidiana que resulta: rusos y rusas, rumanos y rumanas, escandinavos y escandinavas... y por contra, este chicharrero, tan poco acostumbrado a caudales celestes (era potente y continuado el chaparrón que caía) al amparo de un frágil tejado individual, dando tumbos para evitarle a los pies charcos y torrenteras, atravesó de lado a lado la silente ciudad, arrullada por el golpeteo rítimico del agua, a la busca y captura de un resucitador de ordenadores.
"Que llueva constante pero serenito, para que no haiga* destrozos".
El agua es una bendición para esta tierra. La pena es que no existan las necesarias infraestructuras para aprovechar ese ingente caudal que se pierde en el mar. Un territorio como el nuestro, tan necesitado del líquido elemento, no se puede permitir ese lujo. Ante el tórrido aguacero que contemplo al amparo del cristal, la memoria todavía me trae a los labios aquel cántico infantil:
¡Que llueva, que llueva!
La virgen de la cueva
Los pajaritos cantan
Las nubes se levantan
¡Que sí! ¡Que no!
Que caiga un chaparrón
Con azúcar y turrón.
(*) No está mal dicho sino en desuso. Es castellano antiguo.