Por fortuna, en el país en el que estamos y en los tiempos que corren, ya se puede opinar sobre cualquier cosa con total libertad sin que te metan mano, y hoy voy a decir en voz alta: ¡No me gusta! No me gusta en absoluto cómo ha quedado la Plaza de España.
Entiendo bien poco de arquitectura, y supongo que no estoy capacitado
para ningún tipo de valoración, pero me basta con mirar alrededor para
comprender que aquello, no tiene nada que ver con el entorno. Un entorno
de corte neoclásico (Cabildo, Correos) y racionalista (Casino)
destrozado desde hace tiempo por la imagen del Edificio Olimpo,
sustituto del antiguo hotel Orotava, que era, cabe decirlo, menos
pretencioso y más acorde con el resto de edificaciones.
No me gustan los negros mamotretos (léase pabellones, si se quiere) aunque me admire la belleza del "jardín vertical". Yo había entendido que se trataba de abrir la ciudad comunicándola con el puerto y no de ponerle muros que dificultaran su visión.
Sentarte
en la terraza del British o del bar Atlántico, ya sin su balaustrada de
madera y sin sus típicas macetas colgantes, nunca ha sido lo mismo de
antaño, pero es que ahora, y por muy bonito que esté decorado, tienes un
muro a cuatro palmos de tus narices que te impide ver la plaza, y no
digamos los barcos o la mar.
Tampoco
me gusta la telaraña de cables que pende sobre nuestras cabezas, por
muy originales que sean las "gotas". Pero si ya habíamos prescindido de
ellos por incómodos y antiestéticos. Es como retroceder hacia épocas
pasadas, cuando los cables se tendían de fachada a fachada para sostener
las viejas luminarias.
No me gusta la "lámina de agua". Lo desmesurado de su tamaño hace que, al bordearla, no pueda reprimirme y diga lo de… "vuelta al ruedo y oreja".
¡Sí! Sé que se puede cerrar el grifo y aprovechar la zona para cualquier tipo de evento, pero no es eso lo que me molesta, sino la cantidad de espacio útil que ha quitado, sobre todo a los críos.

Tampoco
me gusta un prisma negro situado frente a la fachada principal del
Cabildo, supongo que será la caja del ascensor para acceder a unos
garajes subterráneos, merced a los cuales no se pudo instalar la
arboleda que figuraba en el proyecto original. Con media docena de
laureles nos taparon la boca.
Echo
de menos los hermosos parterres: el césped, los rosales, y ya no digo
nada de los bancos de piedra con sus respectivas pérgolas, y las
enredaderas ofreciéndonos el amparo de su sombra en las horas de sol.
No era lo mismo dar la vuela a la plaza entre las esculturas, la torre y los jardines que hacerlo ahora alrededor de un charco.
Miguel Ángel G. Yanes
05/10/08
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