23/2/11

23-F

Fue también un 23 de febrero, pero del año 1973. Todo un golpe de estado contra mi libertad personal. Apenas había cumplido 17 años y medio, cuando firmé aquel contrato que me cortaría las alas para siempre. Entré a trabajar en una empresa hoy inexistente; se denominaba Compañía Telefónica Nacional de España (CTNE) y recuerdo que su anagrama era un escudo circular fundido en bronce (aunque en la imagen aparezca de cobre) donde se vislumbraban, en relieve,  Península Ibérica e Islas Baleares. Las Canarias, o no cabían o no eran España.


Lo nuestro fue una tríada de mano de obra urgente: MªCarmen Cedrés Hernández, Ana Mª Zuppo González (carezco de fotos suyas) y el que suscribe, logramos las tres plazas ofertadas por la empresa y entramos de golpe en su vorágine. Pasamos a formar parte de un departamento de reciente creación denominado Financiero. Tras tan pomposo nombre, se encontraba la oficina de cobro de recibos, y allí, tras un muro de papeles que me ocultaba a la vista (¡tierra trágame! fue mi primer pensamiento) comenzó mi vida laboral de la mano de Dª Isabel González, que era quien dirigía circunstancialmente aquel cotarro. Al poco tiempo se incorporaron también al equipo, Domingo Quintero, en calidad de jefe, y el amigo Bernardo Benítez Falcón, a quién ya conocía, con  lo que la oficina fue tomando cuerpo.


Haciendo llamadas telefónicas a troche y moche para comunicar a los abonados que acudieran a pagar, cortando talones a los recibos ya pagados, rellenando formularios a destajo, tachando de un lado y escribiendo en otro, sumando, restando, moviendo papeles, escribiendo a máquina, y aprendiendo a hablar en clave: A7, A8, 598, 599, C-95, transcurrieron los años, aquellos años hermosos de la juventud, tan mal aprovechados. Tenía un trabajo, sí, pero también una condena diaria de 8 horas entre cuatro paredes, bajo el tableteo ametrallador de las máquinas de escribir y el timbre incesante de los teléfonos, y mi espíritu comenzó a languidecer, porque... aunque procuraba hacerlo lo mejor posible, no me satisfacía nada aquel trabajo.


La gran ventaja era el horario. Trabajábamos de 7,30  a 3 de la tarde, y a partir de esa hora el tiempo era tuyo, pero como buen novato, me dejé imbuir por aquel sin sentido, por aquella absurda dinámica laboral de trabajos que no acababan nunca, y les vendí también esas horas sagradas. Bueno, les vendí unas cuantas y les regalé muchísimas, porque, éramos pocos para tanto volumen, y para aligerar la carga diaria, solía llevarme trabajo a casa, que nunca me pagaron. Pero, en fin, lo hice bajo la convicción de que aquella empresa era "nuestra", como nos hacían creer. Fuimos unos pobres ingenuos.

Tras casi dos años de diversos avatares, en diciembre de 1974, obtuve, por fin, plaza de empleado fijo. Entonces fue peor. Ya con un sueldo seguro "de por vida", como pensábamos entonces, dejé los estudios, compré una buena máquina y me convertí en motero de pro. Al menos aquello me aportó cierta libertad física y espiritual.


Agradezco profundamente a Gloria Castellanos Luque, Rosalina Honrado Franco, Cristi Cabrera Suárez, Enrique Palomo Díaz y Pedro Sebastián Rdguez. Álvarez, las fotografías del antiguo escudo de la C.T.N.E. que me remitieron.

Miguel Ángel G. Yanes

2 comentarios:

  1. Hola Míguel, soy Blanca. No sabes lo identificada que me siento con tu relato. Por lo menos tú ya te has liberado. Tus cadenas se han roto. Que bien hiciste. Si entornan un poquito la puerta, salgo pitando. PIiiiipiiii

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  2. Hola Miguel soy Juan tambien como tu un 7 de Marzo de 1973 entre en C.T.N.E. pero tube que irme de Antequera a Palafrugell Girona y igual que tu ya llevo liberado 5 años espero poder charlar contigo algun dia saludos desde Palafrugell.

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