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13/5/11

CRISTINA

Sólo existía una Cristina en el universo remoto de mi infancia, era como una hermana mayor que cuidaba de mí y me llevaba con ella a todas partes. En realidad éramos una especie de primos en segundo grado, pero, muchas veces, donde se diluyen los vínculos familiares, triunfa el cariño que provoca el trato, y ése era nuestro caso.



Cristina era la hija menor de Agustín (el único hermano que le quedaba a Melania) y de Angelita, su esposa. Antes había nacido María Victoria y con bastante anterioridad, Ernesto, fruto del primer matrimonio de Agustín. Hecha esta capitulación, me queda indicar que su tía Melania fue la mujer que me crió, por lo tanto, aunque no existieran lazos sanguíneos, había una estrecha relación entre nosotros.

Para mí siempre fue el paradigma de la dulzura y de la belleza. Tenía un encanto que la hacía especial, y tengo de ella recuerdos imborrables, aunque también tenía su carácter. A pesar de la diferencia de edad, asistíamos al mismo colegio, aunque mi memoria no alcanza a recordar el nombre. Sólo sé que se hallaba en la parte baja de la Calle Calvo Sotelo, en Santa Cruz de Tenerife. Estaba regentado por dos hermanas: una maestra y la otra guardiana (la guardiana era dulce y la maestra ácida) Era un salón inmenso, al menos a mí me lo parecía, en el que, pequeños y mayores convivíamos separados sólo por la distancia, sin tabiques ni mamparas que la delimitaran.

Como vivíamos relativamente cerca, Micaela, su abuela paterna, era la encargada de llevarme a diario hasta el colegio, pero luego era Cristina, quién, por la tarde, me devolvía directamente a casa; salvo en esporádicas ocasiones en las que, con algunas de sus amigas, nos encaminábamos a la parte alta del Barrio de Salamanca, para comprar recortes de hojaldre en el obrador de un vieja pastelería. Es cierto lo que dicen de que, los olores, son una de las cosas que con mayor persistencia se fijan a la memoria. Aún hoy, cincuenta años después, ese aroma es capaz de despertar un carrusel de imágenes antiguas. Me ocurre lo mismo con el pan recién hecho, con el café tostado, con la tierra mojada...

A pesar de que mi abuelo poseía carné de conducir (nunca entendí para qué) jamás tuvo coche, por lo que, de vez en cuando, Agustín acudía a buscarnos con su pichirilo: un Austin con una matrícula de tres dígitos a la que mi memoria no consigue llegar. Ponía dos banquitos de madera entre los asientos para Cristina y para mí, y salíamos de jira por las enrevesadas carreteras de la isla. De esas salidas dominicales tengo una clara estampa de una que hicimos al Sauzal:  Un día luminoso y azul,  en una casa de comidas, sentados frente a una ventana que enmarcaba un pequeño velero sobre la mar en calma; Cristina disfrutando de un huevo frito "achicharrado" (como a ella le gustaba) mientras yo mojaba trocitos de pan en la yema del mío. Lo que son las cosas; es la única imagen que tengo de ese viaje.

Al morir Melania que era nuestro nexo de unión (yo apenas tenía 14 años) la relación con su familia fue diluyéndose paulatinamente hasta casi desaparecer. Transcurrieron los años, me independicé y perdí el contacto con ellos por completo. La vida siguió con su paso implacable y, al no movernos en los mismos ambientes, no volvimos a vernos aún habitando en la misma ciudad.

Cierto día, mi mujer, al volver del trabajo, me dijo:

- Recuerdos de Cristina.

No hizo falta más. Automáticamente supe de qué Cristina se trataba.

- ¿La sobrina de Melania, verdad?

- ¡Sí! Trabaja también en el hospital. Me detuvo esta mañana en mitad de un pasillo para preguntarme si yo era tu mujer. Se identificó explicándome que su tía Melania te había criado. Que te diera muchos recuerdos de su parte, y que hacía la tira de años que te había perdido la pista.

Las vueltas de la vida a veces son extrañas. A las pocas semanas volvió a hablarme de ella:

- Cristina vino hoy a nuestra unidad. Está enferma de cáncer.


Días más tarde, una mañana de sábado, para ser exacto, después de ¡treinta y tantos años! sin vernos, nos tropezamos en una esquina de la calle del Castillo. Un cariñoso abrazo y sendos besos intentaron ocultar tan larga ausencia, pero a pesar de su sonrisa, la tristeza de sus ojos hablaba ya de un tiempo malherido. Me explicó que había enviudado años atrás y que sus dos hijos aún vivían con ella. La tarde de ese sábado la volví a tropezar en la confluencia de las calles Méndez Núñez, Doctor Guigou y José Naveiras, justo donde se alza una solitaria palmera, frente al parque García Sanabria. Tuve un mal pálpito. Nunca he creído en las casualidades.

Ese verano, a la vuelta de un viaje, supe por boca de su hermana, que había fallecido dos semanas atrás. No conozco a sus hijos, pero me gustaría que supieran que su madre ocupa un lugar importante en mi corazón, y que, a pesar de haber cumplido su ciclo en este universo físico, mientras palpite en nuestro pecho, nunca estará ausente.

Quiero dejar aquí, en su memoria, este poema que no llegó a leer:
 
  BAILANDO SOBRE TALCO
(A Cristina Jorge Romero)
 

Danzando sin cesar
sobre una tenue alfombra
de iluminado talco,
perdiste pie en un giro
fugaz, y un golpe heló,
de pronto, la alegría
de la fiesta; tu cuerpo
contra la dureza
del granito estrelló
la luminosidad
de su sonrisa.

Rota muñeca fuiste
envuelta en una nube
de polvo blanco y gritos.

La música detuvo
su impetuoso fluir.
Cesaron al unísono
las palmas y los golpes.
Y un rictus de dolor
frunció tu frágil boca,
desmadejó tu rostro,
anegando tus ojos
en un mar de sal fina.

Lo intentaste tú sola,
pero el punto de apoyo
que buscabas cedió.
El excesivo peso
del dolor impedía
el intrépido acto
de elevarte.

El mundo se rompió
para ti en mil pedazos
cuando viste, aterrada,
que tu brazo también
estaba roto. Y el piano,
flotando tras la bruma
lunar de los espejos,
dejaba ver, abierto
de par en par, las hebras
metálicas del sueño
gestado en sus entrañas.

Pero yo siempre supe
que aparte de la luz
de la armonía, eras
la luz de la constancia.

La perseverante muchacha
cuyas manos,
ingrávidas gaviotas,
sin cesar aleteaban
sobre un mar blanco y negro
intentando atrapar
los cristalinos peces
que al escapar de ellas
nos salpican
aliviando las almas
de dolores,
de terribles olvidos
y de fuegos.

Más temprano que tarde
volverías
al sagrado misterio
de tocar.

Miguel Ángel G. Yanes