7/7/16

LA CIUDAD Y EL LUCERO (POEMA)


Descorro con sigilo
La cortina que oculta
La ciudad. Observo,
Límpido, el cielo bruno.
Tiene un planeta ardiente
En pleno cénit. Lo sé
Porque tan solo brilla…

“Brilla y no titila”.
Parece repetirme,
-para diferenciarlo
de una posible estrella-
La voz de fumador
De Don Juan, mi maestro,
Al que los muchos años
No quieren jubilar
Aún de esta memoria
Que considero mía.

Brilla como un diamante
Cósmico engarzado
Sobre una mano oscura.

Pugno por abrir
La cristalera. Corre
A trompicones leves
Por su carril y accedo
A la fresca humedad
De la mañana. El día,
Somnoliento, parece
No querer despertar.

Es muy temprano aún.
En la acera de enfrente
Los edificios siguen
Con los ojos cerrados.
El aire se estremece
Justo cuando los duendes
De los escasos árboles,
Cansados de la noche,
Se ocultan en sus hojas
Para poder dormir.

Y entonces un efluvio,
Un olor acre, intenso
A levadura llega
De una industria cercana
Donde alguien ya labora.

Y una estela aparece
Blanca y larga, expelida
Por la cola-turbina
De un avión diminuto
Que corta el alba en dos.

Como recién nacido
Del vientre de la nada,
Un  primer ciudadano,
Verde y naranja, arranca
Plásticas papeleras
De sus soportes, luego
Las agita con brío,
Vuelca su contenido
En grandes cubos
Y las vuelve a colgar.

Después barre la calle,
Húmeda de rocío,
Con su hoja de palma.

El más madrugador
De entre todos los perros,
Ronco en extremo ladra
Con rotunda insistencia.

Pero es tan sumamente
Temprano y cala tanto
En la garganta el frío,
Que ningún otro puede
Hacerle coro y callan
Ante aquel solitario
Concierto de afonía.

En verano, a estas horas,
Lo lógico sería
Un largo contrapunto
De ladridos, un eco
Al que, in crescendo, nadie,
Por muy autoritario
Que sonara el mandato,
Poner freno podría,
Ni aunque en lenguaje
Canino lo dijera.

Sopla el viento del norte;
Los obliga a enroscarse,
A ocultar el hocico
Bajo la cola y dar
Un ligero gruñido
De descontento que
Parece repetir
La voz del amo,
Ahogada bajo el peso
Leve de la almohada:

“Ese maldito perro”...
E intenta regresar
A la sima del sueño.

Pero no puede hacerlo.
El impertinente
Despertador se suma
A la desafinada
Orquesta de instrumentos
Helados que despiertan
A la ciudad llamando,
Sin tino y sin medida,
A la gran multitud
De convictos durmientes.

Y sin embargo, libre,
Un silencioso pájaro
Cruza, negro y veloz,
La intensidad del alba.

Desconsolada pía
Un ave de presa, ídem
En una jaula exigua
Donde una mano de hombre
La condenó a la angustia
De no poder volar.

Este cielo sin nubes,
Que quiere ser azul
Le pese a quien le pese,
Sin ningún tipo de
Remordimiento deja,
Solitaria tras él,
Desnuda y sola, herida
En su amor propio, rota,
La densa oscuridad
Que le ofreció su lecho.

Fugaz cede la magia,
Y los encantos múltiples
De la noche se esfuman
Ante el intenso brillo
Del nuevo amanecer que,
Diáfano y transparente,
Ilumina las formas
Perladas todavía.

Y las seca, una a una,
Intentando con ello
Apartar el recuerdo
De la tibia muchacha
Que, tatuada de estrellas,
Abandonó en las negras
Arenas de un desierto,
Donde la soledad
Eternamente espera.

Sintiéndose culpable,
Va transmutando el mundo
Su hegemónica luz.

Se dispara una alarma.
Rugen motores; se oye
Un rodar de neumáticos
Sobre el húmedo asfalto.
Suenan rotundas
Las puertas de las casas
Al cerrarse de golpe
Y enrollables persianas
Ruidosas al alzarse.

Un ejército emerge:
Son ciudadanos serios,
Sin uniformes, ni armas,
Prestos a la diaria
Batalla por la  vida.
En la mirada llevan
Confusos sueños viejos,
Tristezas, paz, anhelos,
Amores, desamores,
Angustias, desconsuelos…

Con la sombra de un beso
Fugaz en la mejilla,
Parten hacia el trabajo.

Miguel Ángel G. Yanes

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