5/10/15

TALIDOMIDA


Aunque a ustedes les parezca mentira, aún tengo capacidad de asombro. Lo descubrí días atrás al enterarme de que el Tribunal Supremo español había rechazado indemnizar a los afectados por la Talidomida, alegando que el caso había prescrito.

¡No me lo podía creer!


El Alto Tribunal ha fallado a favor de la farmecéutica alemana Grünenthal que, en 1957 comercializó, sin necesidad de receta (alegando que era "tan inocuo como un caramelo"), un medicamento denominado Talidomida, cuyo principio activo, el Contergán, estaba indicado para reducir los vómitos en las mujeres embarazadas.

En 1958 se percibió en Alemania un aumento en el número de niños nacidos con graves malformaciones. Se achacó a los ensayos nucleares de la Unión Soviética y Estados Unidos, pero un radiólogo alemán, el doctor Klaus Knapp, se percató del efecto nocivo del medicamento. La empresa Grünenthal lo retiró del mercado un año después; demasiado tarde para 10.000 recién nacidos en todo el mundo, de los que el 40% murió a edades muy tempranas. En nuestro país nacieron alrededor de unas 3.000 personas con diversas taras físicas. En la actualidad sobreviven unas 300.


Conozco de cerca los devastadores efectos de la Talidomida porque, allá por los años 60 estuve ingresado  en la Clínica Infantil San Juan de Dios, y allí conviví con algunos niños afectados por sus terribles secuelas. De ellos, la imagen más nítida que guarda mi memoria, es la de M. 

Hoy, desde la óptica que me ofrece la edad, puedo decir que era un chiquillo encantador, noble y cariñoso; una preciosidad de criatura de pelo rubio, ojos claros y facciones perfectas, al que le faltaba la mano izquierda, y  cuyo brazo derecho terminaba en el codo. A mí me alucinaba verlo coger una manzana con ambos muñones y liarse a mordiscos con ella sin que se le cayera. Era una imagen tremenda, aunque lo verdaderamente triste fue percatarme de que nunca recibía visitas familiares, hasta que supe que su madre (a quien siempre imaginé como un auténtico bellezón) lo había dejado allí y nunca regresó a por él.


Por eso pregunto a los jueces del Tribunal Supremo:

¿Y las malformaciones? ¿Y la falta de miembros? ¿Y las secuelas psicológicas y emocionales?  ¿Y la tristeza? ¿Y el dolor? ¿Y el abandono? ¿Y la angustia?... ¿También han prescrito?


Miguel Ángel G. Yanes

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