29/4/14

DEPORTE FAMILIAR

Echo de menos compartir un curioso deporte con mis abuelos paternos, y miren si han pasado años de aquellas "olimpiadas". Ellos ya no estaban en edad de correr, saltar o ir en bicicleta, y a la sazón yo era demasiado pequeño aún para tales menesteres, pero en aquel deporte familiar de las noches de verano, me permitían participar como vigía y golpeador, pero no como lanzador, ya que, aún no poseía la fuerza suficiente. Me explico:

Cuando el verano apretaba, y a pesar de que las todas las ventanas tenían mosquiteras (delgadas telas metálicas de minúscula malla) múltiples mosquitos se colaban con apenas abrir la puerta de la calle, habida cuenta de la cercanía del barranco donde el agua se empozaba eternamente. Por lo que, antes de irnos a dormir, una vez cerrada la casa a cal y canto, había que presentarle batalla a aquellas "minúsculas vampiresas" (los machos carecen de probóscide*) para intentar acabar con ellas o terminarían acribillándonos en la oscuridad para saciar su sed y su apetito.


Yo, que era el que mejor vista tenía de los tres, los localizaba con facilidad, aun posados en los sitios más peregrinos, y si estaban a mi alcance, les atizaba un "lambriazo" con un grueso paño de limpiar el polvo, mientras que a los más lejanos pero fácilmente identificables, por estar posados en la blanca superficie del techo, era mi abuelo quien intentaba asestarles el golpe de gracia con algo de más peso. La técnica consistía en  hacer un ovillo la blusa del pijama, lánzandola luego con ambas manos hacia las alturas, para poder chafar a las hambrientas hembras del zancudo.

Aunque era imposible acabar con todos y nunca nos libráramos del martirio de sus picaduras (siempre quedaba alguno que terminaba cobrándose venganza); para aquel niño que fui, resultaba un entretenido deporte aquella nocturna cacería de mosquitos.

Fíjense con qué poco se contentaba uno.


(*) Probóscide es el término con el que se identifica, entre otros, la prolongación del aparato bucal de algunos invertebrados. En el caso de la hembra del mosquito, su probóscide está adaptada para perforar la piel de los mamíferos y chupar la sangre de la que se alimentan.

Miguel Ángel G. Yanes

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