18/3/14

LA CASA DEL PIRATA

Me lleva a escribir esta entrada, la noticia aparecida recientemente en la prensa local, sobre la propuesta que hace el Ayuntamiento de El Rosario al Cabildo Insular para la restauración de la "Casa del Pirata", y la salida de tono de alguien al decir que la referencia era equívoca.


Cierto que la correcta denominación del oficio de Don Amaro Rodríguez Felipe y Tejera Machado (1678 - 1747), alias "Amaro Pargo", era la de corsario*, que no pirata, pero la hoy denominada oficialmente Casa de los Mesa (por sus herederos), ubicada en el Barrio de Machado, término municipal de El Rosario - Tenerife, ha sido conocida siempre como "La Casa del Pirata", y por mucho empeño que ponga ahora la corporación municipal en cambiarlo, esto seguirá siendo así porque el acervo popular es el que manda.

Antiguo Ayuntamiento de El Rosario

Fue a finales de los años 70, recién salido de la mili, aprovechando que ya tenía ¡¡¡trabajo!!! y que el abuelo con el que convivía había vuelto a casarse, cuándo logré independizarme e irme a vivir a Tabaiba: urbanización situada en una escarpada zona del sur de la isla, a escasos kilómetros de Santa Cruz de Tenerife, dividida en tres zonas perfectamente delimitadas por las vías circulatorias: Tabaiba Baja, Media y Alta.


En esta última zona, lejos del mundanal ruido, decidí instalarme. En un edificio escalonado, típico de la zona al tener que adaptarse a la pendiente del terreno qué, en su momento, se construyó con la idea de dedicarlo a clínica de reposo, pero al parecer, los diferentes socios terminaron tirándose los trastos y se vendió por apartamentos. Se llamaba (se llama aún) Casa La Altura; la carretera acababa allí mismo y, al estar en un lugar tan elevado, tenía unas vistas espectaculares.

Ermita de la Virgen del Rosario

Fue desde la terraza de dicho apartamento cuando vislumbré, por primera vez, la ermita de la Virgen del Rosario en lo alto de una lejana loma y, a su derecha, un enorme caserón de piedra que llamó poderosamente mi atención; así que, cierto día no laborable, eché a andar a la vera del barranco y llegué hasta él. Se veía a las claras que nadie lo habitaba, pero, al menos exteriormente, se encontaba en perfectas condiciones; hablo de 1979. Lo circunvalé esquivando aulagas, cardones y tuneras, y pude comprobar que se hallaba cerrado a cal y canto.


La robusta construcción debía tener algunos siglos de antigüedad. Sobre todo llamó mi atención que el cuerpo principal de la vivienda constara de dos plantas. A espaldas de la misma se extendía lo que parecía ser un gran patio rectangular de altos muros, con una serie de construcciones laterales (posiblemente caballerizas y otras dependencias auxiliares como bodegas o graneros) cerrado por un imponente portón trasero, delante del cual, una era de piedra rodeada de eucaliptos, daba fé de su uso agrícola en épocas pasadas.


Pasaron unos años (tres o cuatro a lo sumo) hasta que una nefasta noticia me hizo regresar, acompañado de un grupo de amigos, a aquel antiguo caserón que veía todos los días desde lejos. Al parecer, se había corrido la voz de que el tesoro del famoso pirata se hallaba enterrado allí. Y entonces, un grupo de desalmados avariciosos, herramientas en mano, no sé si con las agravantes de nocturnidad y alevosía o a plena luz, derribando puertas y ventanas, lo destrozaron por completo. Levantaron y rompieron las losas chasneras que cubrían el suelo, agujerearon las gruesas paredes, desmantelaron el doble horno de piedra de la cocina, deshicieron los asientos angulares de las ventanas... por lo que, en previsión de que aquello acabara en ruina total más temprano que tarde, regresamos a los pocos días con los útiles necesarios para medir  y fotografiar aquel desaguisado.


Cuando nos dirigimos al ayuntamiento con nuestro croquis y una serie de fotografías en la mano para denunciar el expolio del que había sido objeto la "Casa del Pirata", aún cuando el destrozo interior era notable, la estructura de la vivienda pudo haberse salvado todavía; pero a nadie pareció interesarse aquello.


A mí, en principio, nada más entrar a la casa, me impresionó la profusión de madera de tea empleada en su construcción: puertas, ventanas, vigas, artesonados... todo un lujo para la época, lo que daba fe del poderío económico de su propietario. Quizá lo que más llamó mi atención por lo inusual, fue la escalera que daba acceso a la planta alta,  y que yo di en llamar "de cajón", ya que, hallándose adosada a uno de los muros, el lateral era ciego, contra lo que suele ser común. Hecho de madera como los propios escalones, venía a ser una autentica pared que impedía ver el salón mientras se ascendía o descendía por ella y que, curiosamente, desembocaba, sin ningún punto de apoyo para las manos, en una enorme y única habitación abuhardillada.


Declarada Bien de Interés Cultural en 2003, al igual que el santuario de la Virgen de El Rosario, ¿cómo es posible que haya tenido un devenir tan adverso en comparación con dicha ermita, situada a un tiro de piedra y qué, ahora, con la crisis que nos embarga, cuando ya sólo quedan cuatro cascajos, sea el momento de acometer la obra?... ¿Es que construirla de nuevo va a resultar más rentable que haberla restaurado? ¿A quiénes va a terminar beneficiando este asunto?... Vamos... ¡¡¡no me jodan!!!

  
Y no quiero terminar dejando en el "tintero" aquella frase del amigo Reyes (q.e.p.d.) cuando, asomados a una de las ventanas, una verdadera atalaya desde la que se divisaba toda la costa desde Igueste de San Andrés hasta el Porís de Abona, al comentarle lo privilegiado de su ubicación, dijo:

- "Yo creo que el verdadero tesoro del pirata era esta casa". 

Estado actual

Lo nuestro es un problema cultural de mil pares de cojones. Si esta propiedad hubiera estado en cualquier otro país europeo, con la antigüedad y la historia que atesoraba, con toda probabilidad la habrían convertido en museo y la tendrían como un palmito.

No lo puedo remediar; me viene a la boca una sagrada máxima: 

"Dios le da pan al que no tiene dientes" 

Miguel Ángel G. Yanes

(*) Corsario (del latín cursus, «carrera») era el nombre que se concedía a los navegantes que, en virtud del permiso concedido por un gobierno en una carta de marca o patente de corso, capturaban y saqueaban el tráfico mercante de las naciones enemigas de ese gobierno.

3 comentarios:

  1. Que gran articulo y que gran verdad.es vergonzoso!

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  2. Buen articulo, vergonzoso el comportamiento de las autoridades.

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  3. Buenas tardes. Estoy interesado en utilizar una de las imágenes que aparecen en este artículo.

    ¿Están protegidas? ¿Quién las ha sacado? Cualquier cosa, contactar con vicher73 arroba gmail.com (Víctor)

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