13/10/12

EL UNO Y EL DOS

 No voy a hablarles de matemáticas, no. Lo único que me faltaba era eso... ¡válgame el cielo! Sólo quiero contar una anécdota relacionada con esos cardenales (¡huy! perdonen el lapsus, pero ese trasiego del "Vaticanlikes"... ); quise decir cardinales, números cardinales... sí hombre, esos que expresan cantidad.

Pues fue allá por los años, catatónicos casi de la infancia cuando, a raíz de una enfermedad típica de la época, fui internado, a patadas, gritos y regañadientes por mi parte, en la Clínica Infantil San Juan de Dios. Corría el año del Señor (y de Franco que, por lo visto, fue una gracia suya) de 1963. Lo de la gracia no me lo he inventado yo, lo ponía clarito en todas las monedas: "Francisco Franco Caudillo de España por la Gracia de Dios". Vaya un dios gracioso ¡eh!

Bueno, a lo que iba: una vez preso (internado quise decir) y en manos de aquellos frailes de habitos negros y estricta disciplina, hube de aprender, a toda prisa, las reglas elementales de aquella sociedad cerrada y asfixiante, y lo primero que me enseñaron fue "el uno" y "el dos".

Yo no me lo podía creer; los verbos y palabras definitorias de las necesidades fisiológicas estaban abolidas, siendo sustituídos por los cardinales de marras. Dependiendo de la consistencia, no de la cantidad, del hecho en sí, a partir de ese instante, en vez de pis y caca, tendría que llamarlos "el uno" y "el dos".


Hoy, con la perspectiva que da la edad, sonrío al recordarlo, pero tuerzo el gesto al reconocer que, hasta cierto punto, era una forma de castración lingüística y cultural. Pues no habrá palabras ni nada que permitan expresar tales acciones, todo un popurrí: defecar, evacuar, obrar, deponer, orinar, descargar, excretar, expeler, miccionar o simplemente cagar y mear, que a fin de cuentas son las genéricas; pasando por frases hechas: dar del cuerpo, ir de vientre, hacer caca, hacer aguas menores (las mayores nunca supe como eran, aunque puedo imaginar algo así como "una larga y cálida meada"), hasta las más cursis como " el popó" o "el pipí".

Luego entendí que, en realidad, todo aquello era para obviar otras dos palabras: chato (hoy conocido como cuña) y orinal que, dependiendo de la necesidad, eran requeridos por los niños encamados que no podían levantarse para ir al WC (léase Wenceslao Cabrera).

Una sociedad represiva, enferma de incultura hasta la médula, capaz de enfatizar palabras como las del general Millán Astray de "¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!", y que, sin embargo, no era capaz de asumir la riqueza de su propia lengua; no sé bien si, porque consideraban las palabras definitorias de esos actos fisiológicos como algo de mal gusto o si les daba vergüenza pronunciarlas. Algo así como Doña Angustias, que era tan casta y tan pura, que hasta cuando decía "muslo" se ponía colorada, aunque las malas lenguas dijeran que de joven había sido puta.

Pero el colmo fue que, buscando información en la Red sobre este asunto, descubrí que en algún que otro país de las Américas, allí donde determinadas comunidades religiosas tuvieron un fuerte arraigo, parte de la población sigue empleando aún los numeritos de marras.


Eso sí: "al César lo que es del César". A pesar de los malos momentos que pasé encerrado en aquella clínica, y dejando de lado a algún garbanzo negro (nunca mejor dicho) que lo hubo, y al que le encantaba atizarnos coscorrones, la mayoría de los frailes eran buena gente y les estaré eternamente agradecido por los cuidados que me prestaron hasta poder superar la enfermedad.

Perdonen ustedes por lo escatológico de esta entrada pero, a veces, resulta necesario y hasta imprescindible airear detalles que la memoria se empeña en ocultar. 

Miguel Ángel G. Yanes


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