1/12/11

LA BODEGA Y EL ALEPH

Con el inevitable deterioro neuronal que ocasionan los años, mi memoria, aunque algunos digan que sigue siendo privilegiada, mengua poquito a poco. Lo sé y lo reconozco. Lo noto en pequeños detalles que antes controlaba y ya se me escapan o me cuesta pillarlos: fechas, datos, nombres... Valga como ejemplo el de una bodega que existió en la Calle Santo Domingo nº 30 de Santa Cruz de Tenerife, justo al lado de la antigua sede del Patronato de Apuestas Mutuas Deportivo Benéficas. De niño, cuando salía de paseo con mi abuelo paterno, recalábamos por allí de vez en cuando. Él tenía una buena amistad con su dueño y, si andábamos por la zona, no dejaba de hacerle una visita, tomar un vaso de vino (sólo uno; nunca le vi superar esa cifra) y echar una buena parrafada.


El local de la bodega era largo y estrecho, con una puerta de persiana metálica como única entrada de luz (al elevarla, claro), una barra de madera oscura, casi negra (tea, tal vez) ocupando el lateral derecho y una escalera de la misma madera que, al fondo, conducía hasta un oscuro altillo donde almacenaba los toneles de vino. No sé por qué, pero aquel lugar siempre me produjo cierto desasosiego. Tal vez porque la claridad no alcanzaba a iluminar el final del local y yo no conseguía distinguir, con nitidez, todo lo que allí había.

Falleció mi abuelo, más tarde el bodeguero, desapareció el negocio, pasaron los años, y yo dejé de frecuentar aquella zona, hasta que una día, por esas "causalidades" de la vida, fui a darme de bruces con aquel extraño lugar. Le habían metido pala mecánica y apenas quedaba un cascarón de lo que antaño fue, apenas un trozo de fachada, ya sin la persiana metálica, sustituida ahora por hiladas de bloques que taponan el vano (aunque la luz, sin techo que la frenara, entraba ya a raudales) y una barandilla de forja, sostenida a duras penas, vestigio del balcón de la vivienda superior: una completa ruina. Pero, curiosamente, jamás llegaron a derribarlo del todo ni a construir nada más allí.


A raíz de este reencuentro, esa misma noche tuve un extraño sueño con aquel lugar, en el qué, venciendo mi aprensión, me atrevía a ascender por la oscura escalera del altillo, pasar por entre los toneles de vino y, empujando una pequeña puerta oculta tras ellos, acceder a una realidad diferente a ésta: Me cegó la intensidad de la luz. Hice pantalla con las manos sobre mis ojos y comencé a distinguir las formas. Si me dicen que jure, yo diría que me hallaba en el interior de una nave espacial. Aunque no se veían mandos ni tableros de instrumentos que lo demostraran, tuve esa certeza.

Unos seres humanos de estatura normal (pensé que todos eran mujeres por la delicadeza de sus rostros) de ojos rasgados, cabellos rubios, minúsculas narices y labios delgados, enfundados en unos monos rojos y negros que se ajustaban perfectamente a sus cuerpos, se movían de aquí para allá sin emitir ningún tipo de sonido. Al percatarse de mi presencia, un grupo de ellos se me acercó, dando muestras de afecto, y me llevaron consigo hacia otra puerta que no llegué a ver abierta porque desperté.

Durante mucho tiempo, las imágenes de ese sueño dieron vueltas y más vueltas en mi cabeza, hasta que leí El Aleph de Jorge Luis Borges, y encontré una solución plausible: ¡Un aleph!*... ¡En la bodega existía un aleph!

Reconozco que por mucho que lo he intentado, nunca conseguí recordar el nombre del bodeguero. Mis familiares y amigos, a los que les habré repetido esta historia incontables veces, pueden dar fe de ello.


Hoy que la ciática me había dado una tregua, aproveché para dar una buena caminata desde la Cruz del Señor, en la parte alta de la ciudad, hasta la zona de la Iglesia de La Concepción, en la baja. A llegar a la confluencia de la Calle Domínguez Alfonso con la pequeña Calzada la Noria, distinguí, al fondo de la misma, lo que resta de la antigua bodega. Pudo más el morbo que el cansancio y ascendí hasta detenerme frente a ella, intentando rememorar el nombre de su dueño ... ¡pero nada! Entonces, venciendo mi natural timidez, me acerqué a un vetusto comercio de confecciones ubicado en la esquina: "Las Tres Bes" (Buenas, Bonitas, Baratas) y me atreví a preguntarle a una mujer mayor que supuse la propietaria:


- ¡Buenos días señora! ¿Podría hacerle una pregunta?

-¡Sí!... dígame.

- ¿Recordará usted, por casualidad, el nombre del dueño de la bodega que existía aquí enfrente?

- Por supuesto. Se llamaba Don Ciro.

Entonces se hizo la luz en mi memoria. A mí, de pequeño, aquel nombre me sonaba a cirio, y me hacia bastante gracia, porque me encantaba (todavía me encanta) jugar con la palabras: Don Vela o Don Follón ¿Cómo se me pudo olvidar?

- ¡Muchas gracias señora! Se lo agradezco infinito. Llevaba más de 30 años intentando recordarlo.

Lo reflejo aquí, porque quiero agradecerle públicamente el dato.

(*) Aleph: Es el nombre de la primera letra del alfabeto hebreo. Pero, según el escritor argentino Jorge Luis Borges, en su cuento del mismo nombre, un aleph es también un lugar muy especial: un punto del espacio que encierra todos los puntos. Un lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos. Es el microcosmos de alquimistas y cabalista: el ¡multum in parvo! o lo que es lo mismo ¡mucho en poco!


Miguel Ángel G. Yanes


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