5/11/11

LUNA

Nos llegó de las manos de Leo… más bien de sus brazos, donde venía acurrucada, cuando Laura contaba apenas cinco años de edad.

A pesar de que ya tenía una mascota (regalo de una amiga): Mau, un precioso gato persa chinchilla, de pelaje largo y suave, blanco como la nieve, y unos increíbles ojos de distinto color; su ilusión era tener un perrito con el que poder jugar, al que poder acariciar y abrazar, y sacarlo a pasear, como había visto hacer a sus compañeras de colegio, cuyos padres, a veces, los llevaban a la hora de la salida, para alborozo de ambos, tanto de las niñas como de los perros.

En principio nos negamos, habida cuenta de que, gatos y perros no suelen hacer muy buenas migas, a no ser que se hayan criado juntos desde muy pequeños, y Mau ya era un animal adulto. Pero como todos los padres que se precien de serlo, cedimos a su empeño y decidimos buscarle un cachorrito. Fue entonces cuando nos planteamos el tipo de perro que deberíamos buscar; sobre todo que fuera de pequeño tamaño, apropiado para vivir en un piso. Y hete aquí que Leo, compañera mía de trabajo en aquellos años, al enterarse del asunto, y aprovechando que su perrita Jiribilla (palabra de origen cubano que viene a significar revoltoso, inquieto, travieso, o como diríamos los canarios: desinquieto-a) había parido una camada recientemente, nos trajo una tarde, sin que lo esperáramos, aquel pequeño ser.


Apenas tenía un mes; era hembra, blanca, de pelo corto y liso (todo lo contrario que su madre) con unas pequeñas manchitas en una de las orejas, unos ojos oscuros y penetrantes, un rabo siempre alzado como el trole del tranvía y un hocico marrón, regordeta como todos los cachorros, se asemejaba más a un cerdito que a un perro. Y lo más importante… ¡era de raza común! un chucho callejero al que intentaríamos dar todo nuestro cariño. Y es que, casi todo el mundo quiere tener un perro de raza, de postín, algo para lucir como si fuera un bolso, y algunos como si fuera un arma (que de hecho lo son) sin darse cuenta de la cantidad de perros comunes, ya sean cachorros o adultos, que necesitan un dueño que los cuide y los mime. Pero no. Priman siempre las razas y los pedigríes.


En el fondo todo es un problema de consumismo, de imagen, o de caché como se dice ahora. Una vana apariencia que termina justificándolo todo, incluso el no plantearse siquiera la posibilidad de adoptar un chucho, y rescatar así un alma perruna del triste purgatorio de la perrera.


Esas criaturas de ojos tristes, que encerradas tras una reja esperan, con resignación, una mano amiga que los acaricie, que los libere, que los haga partícipes de su mundo, a cambio de su más preciado don: la lealtad. Porque si hay un animal listo, leal y cariñoso, ese es el perro callejero al que se le ha ofrecido el amparo de un hogar, donde a diario encuentre agua, comida y sobre todo… ¡afecto!


Laura estaba encantada con su perrita. La acariciaba con esa delicadeza de la que sólo es capaz la mano de los niños. Parecía que tuviera miedo a romperla o dañarla. Y así, Luna, pasó a formar parte también de la familia. A todas estas Mau, que nunca había visto un perro, la aceptó de inmediato, como si de otro gato se tratara.

Sacar a Luna en brazos, arropándola en el interior de su chaqueta, de la que sólo sobresalía la diminuta cabecita, era para Laura haber cumplido el sueño de su infancia, máxime cuando a todo el mundo le llamaba la atención aquel curioso tándem, y una sonrisa de felicidad le iluminaba el rostro.


Luna fue creciendo y Mau, que desde un principio, compartió con ella su cojín azul de gatos y ratones, terminó hartándose. Ella, como todos los cachorros sólo quería jugar, cosa que él aceptaba a regañadientes y que, poco a poco, fue minando su relación.


 Mau siempre había lucido una cola magnífica, esponjosa, mullida, pero ahora que Luna lo perseguí constantemente para mordérsela, se le había convertido en un espicho (palabra también muy nuestra) Huía de ella a toda velocidad hasta alcanzar la mesa del comedor, pero el impulso de la carrera lo obligaba a sacar las uñas para frenarse antes de caer por el otro lado, lo que para la madera significó un profundo desastre de innumerables surcos. Y cuando lo perseguía en la cocina, su única opción era alcanzar la puerta, por la que salía como alma que lleva el diablo, clavando las afiladas uñas en la pared del pasillo para tomar impulso, lo que obligaba, cada dos por tres, a reparar el maltratado paño.


Cuando todos teníamos que salir, los dejábamos en el balcón. A Luna en su caseta de madera, en el suelo, y a Mau en su cesta de mimbre, sobre una mesa de jardín, para que cada cual dispusiera de territorio propio, pero claro… él necesitaba moverse y para ello utilizaba la barandilla, de apenas cinco centímetros de ancho. Iba y venía por ella como un consumado equilibrista, esquivando los saltos de Luna empeñada en seguir afilándole la cola.

A Mau le encantaba sentarse en el alfeizar de la ventana, donde Luna no podía alcanzarlo, disfrutando así de una magnífica atalaya y de unos instantes de relax.



Todo se complicó cuando Laura comenzó a temer a su gato. Razones le sobraban, porque se agazapaba en cualquier esquina y saltaba sobre ella, arañándola a cada rato, cosa que no había hecho con anterioridad. Supuse que era una cuestión de celos y decidimos atajar el problema de raíz. Con gran dolor por parte de todos (incluida Luna que supongo sería quien más lo echaría en falta) optamos por buscarle un nuevo hogar a Mau.


Dª Nieves, la viuda de mi abuelo paterno, que vivía sola, rodeada de pájaros, perros, gatos y hasta loros, al enterarse de la situación, se apresuró a darle asilo en su particular arca de Noé, donde hasta hoy disfruta de esa vejez que los felinos saben llevar con tanto garbo.


En consecuencia, Luna heredó la cesta de Mau, no así el cojín que se mudó con él, por lo que le compramos uno nuevo, cómodo y mullido, que le colocamos en la sala de la tele, donde pasaba echada la mayor parte del día. Jamás había visto a un perro que durmiera tanto. Pienso que ella también creía que era un gato.


Pasaron los años y la relación de convivencia fluía con total normalidad: había aprendido a hacer sus necesidades sobre un periódico que le colocábamos en el balcón, no se subía a las camas ni a los sillones (salvo en alguna que otra ocasión) y, ante la prueba evidente de los pelos que la delataban, bastaba decirle “¿quién se subió aquí?” para que, avergonzada, agachara las orejas y metiera el rabo entre las patas… No mordía los muebles ni la ropa y… aunque no aprendió a maullar, apenas ladraba.


A pesar de que era una perra de raza común, tenía una cierta similitud con los terrier, al punto de que, una señora inglesa, que solía frecuentar el parque al que la llevábamos a pasear, nos indicó que era idéntica a un Jack Rusell Terrier de pelo liso que ella había tenido. ¡No! Si al final resultaría que pese a nuestro empeño, nos habíamos quedado con un ejemplar cercano a la aristocracia canina.


El primer amigo que Luna hizo en el parque fue un perro enorme y noblote al que llamaban Turco y que parecía algún tipo de cruce con Pastor Alemán. Sé que tenía dueño por lo aseado que estaba, pero siempre venía sólo y sin collar, por lo que nunca supe a quién pertenecía. Cierto día, y gracias a él que se interpuso en su camino, Luna, que se nos había escapado, no fue atropellada por un coche.


Curiosamente había otros animales con los que no transigía: una anciana perra Bobtail, a la que ladraba ya desde la distancia y no dejaba que se le acercase, y una hembra de Bóxer que no le inspiraba demasiada confianza. Por lo demás se relacionaba bien con el resto de perros; mucho más con los machos que con las hembras como es de suponer, y aunque prefería a los de su estirpe, a los desheredados, a los perros sin raza; algún Husky, algún Samoyedo y algún Rottweiler también le hacían tilín.


Me bastaba con un silbido para que acudiera a mi lado, pero cierto día pudo más la curiosidad que la prudencia y, desoyendo mi llamada, se acercó a un grupo de perros de presa que estaban sin bozal, cuando, una hembra de enorme boca se abalanzó sobre ella y le mordió, de parte a parte, el lomo. Por fortuna, el dueño se encontraba cerca y la obligó a sortarla. La pobre Luna salió de estampida y, por primera vez, abandonó el recinto del parque por si sola en busca del hogar. Temí que algún vehículo pudiera atropellarla y corrí tras ella. Tuvo suerte. Atravesó varias calles con abundante tráfico y logró llegar a la puerta de casa, donde la encontré asustada y temblorosa.

Después de hacerle una pequeña cura, regresé solo al parque. El chico, que me reconoció al instante, vino a disculparse por lo acontecido, pero aunque acepté sus disculpas, me mostré inflexible con el hecho de que perros potencialmente peligrosos como aquel, pasearan sin el preceptivo bozal.


“¿Y si en vez de a un perro hubiera mordido a un niño?” le pregunté.


“Jamás ha mordido a nadie” me contestó.


“Pues procura poner los medios para que no ocurra, porque uno nunca puede prever las reacciones de un animal”.


Luna nunca tuvo cachorros. Por más que intentamos cruzarla en un par de ocasiones, nunca cuajó y no llegó a ser madre. No obstante, en los primeros años, el instinto latente la obligaba a robarle a Laura algún que otro peluche, que acurrucaba con mimo en su caseta.


Nunca pensé que un animal de pelo corto pudiera soltar tantísimo ídem. Barríamos la casa a diario, sacando ingentes cantidades de pelo perruno, hasta el punto de que, en una ocasión, había tal bola, que le gasté una broma a Laura, diciéndole: “Mira, Luna ha tenido un cachorrito”.


A pesar de su edad, casi alcanzaba los catorce años, lo que traducido a edad humana la convertía ya en nonagenaria, poseía una vitalidad y agilidad increíbles; era una delicia verla correr y saltar sobre el césped: ¡parecía un conejo! (¿Pero cuántas similitudes tenía este animal?)


Siempre he tenido la sospecha de que los animales captan cosas que a nosotros se nos escapan. Para muestra un botón: A diario solía bajar, por la acera de enfrente a nuestra casa, un señor alto y grueso al que desconocíamos, pero Luna, también a diario, y con el pelo totalmente erizado, ladraba sin parar desde que el hombre doblaba la esquina hasta que desaparecía por la otra punta de la calle.


“¿Pero que demonios…? ¡Oh! ¡Dios mío!”. A saber.



Con los años, Luna había adquirido también ciertas habilidades: Lograba mantenerse de pie sobre las patas traseras un tiempo considerable e incluso saltaba sobre ellas (la perra yo-yo como decía Laura, o la perra-canguro como decía yo)


Había descubierto que la tapa del cubo de la basura subía al pisar el pedal, y en cuanto nos descuidábamos, si había algo agradable a su olfato, la abría e introducía la cabeza para ver que pescaba.


Distinguía perfectamente determinados vocablos y entonaciones: bastaba decirle “¿Vamos a la calle?” para que se volviera como loca, corriendo y brincando a tu alrededor. Al preguntarle “¿Qué hay que coger?” se dirigía a la gaveta donde estaba su correa de paseo y allí se sentaba. No hacía falta ni ponerle el collar, ella misma introducía la cabeza y se lo colocaba, esperando que se lo abrocharan.


Sin embargo había una frase que no le gustaba nada: “A bañarse”. Echaba a correr y se escondía en los sitios más inverosímiles. Y eso que siempre las bañamos con sumo cuidado en agua tibia, con champú especial y un cepillo suave. Aunque lo peor para ella, era el ritual de cortarle las uñas. Le producía verdadero pánico, hasta tal punto de que, en alguna ocasión, terminé haciéndole daño al cortarle más de la cuenta, porque no había manera de que se estuviera quieta. Luego tenía que apretarle la uña dañada, con una gasa empapada en agua oxigena, durante bastante rato, para detener la pequeña hemorragia. Cuando ya estaba seca y cepillada y le abríamos la puerta del baño, salía a toda pastilla, derrapando en las curvas, corriendo sin parar durante un rato, hasta que lograba relajarse.

En lo referente a la comida era una pasada; comía absolutamente de todo, desde el pienso compuesto de rigor, pasando por carne, pescado, queso, jamón, verduras, pasta, fruta (le encantaba la fruta; mientras estuvieras mondando alguna, fuera cual fuera, no se apartaba de tu lado) Aunque había algo que le resultaba una auténtica golosina: las avellanas tostadas. Las hacíamos rodar por el pasillo y corría que se las pelaba hasta alcanzarlas. Incluso cuando, sabedora de que nos marchábamos, se mostraba reacia a salir al balcón, no existía mejor solución que un puñado de avellanas como señuelo.

El sonido de la puerta del frigorífico, el del papel de aluminio o el de la cucharilla revolviendo el café, eran para ella como el tintineo de una campanilla al que no se podía resistir.


Entre nuestras normas de conducta, teníamos estipulado no darle nada mientras estuviéramos comiendo, por lo que se echaba bajo la mesa de la cocina hasta que, al oír el tintineo de la cucharilla abriendo la veda, se sentaba a mis pies. Entonces yo me saltaba la norma a la torera, y mientras degustaba el café y mojaba alguna galleta en él, le ofrecía a Luna el trocito que me quedaba entre los dedos.


El helado era también una de sus golosinas preferidas. Le daba lo mismo que hiciera frío o calor, fuera del sabor que fuera, lo devoraba con verdadera fruición.




Luna había heredado de su madre un punto de epilepsia y, muy de vez en cuando sufría alguna crisis. Era fácil adivinarlo porque se la veía asustada sin motivo, temblorosa y con el rabo entre las patas. La manifestación de la enfermedad que, por fortuna, duraba unos pocos minutos, cursaba con vómito, diarrea y la imposibilidad de mantenerse en pie, pero una vez superada la crisis volvía a tener la misma vitalidad de siempre.


Una noche de domingo, al regresar a casa, no me gustó su aspecto. Eran los síntomas de siempre, y al echar un vistazo al balcón vi los restos normales de lo que supuse un nuevo ataque epiléptico. La limpié lo mejor que pude, la coloqué sobre su cojín y le puse el bebedero de agua junto a él. Durante mucho rato, sin levantarse siquiera, bebió con avidez, lo que me dejó confuso, pues siempre tuvo agua a su alcance. Luego pareció relajarse, aunque respiraba con cierta dificultad por lo que, a pesar de lo intempestivo de la hora, llamé al veterinario. Me dijo que ya había terminado su guardia y que no podía venir a casa, pero que a la mañana siguiente, a primera hora, acudiera a la consulta.




No me quedé nada contento. Tenía un mal pálpito. De hecho, cuando mi mujer se fue a acostar, decidí quedarme junto a Luna. Estuve toda la noche a su lado, hablándole, acariciándola… cuando de repente, a eso de las cinco de la madrugada, le sobrevino otro ataque; tras una serie de convulsiones, su frágil corazón no pudo más y se detuvo de golpe entre mis brazos. Por más que intenté reanimarla, todo fue inútil… ¡Se había ido! Sólo pude abrazarla con fuerza contra el pecho y llorar desconsoladamente como un niño. Había perdido a una amiga fiel, a la más cariñosa y noble de las criaturas.


A la mañana siguiente me acerqué a un supermercado cercano, para solicitar una caja de cartón en la que llevar su cuerpo hasta la clínica veterinaria, pues sabía de la existencia de una empresa dedicada a estos menesteres, que recogía los cadáveres de los animales para proceder luego a su incineración. Así que coloqué una de sus toallas en el fondo, la cubrí con otra, y con gran pesar en el alma, me eché a la callé con aquel ataúd circunstancial en brazos.


Y así entregué su cadáver y su ficha de vacunaciones al mismo veterinario que no acudió en su auxilio.




Pero ahí no acabó todo… todavía me quedaba decírselo a Laura.


2 comentarios:

  1. Vengo siguiendo tu huella desde un comentario que dejaste en el blog "en la soledad del faro", que me pareció de una ternura y calidez inmensa, y llego y me encuentro éste post, que sólo confirma mi presunción de que eres alguien entrañable, con unos sentimientos de lujo. Me he sentido tan identificada con ésta entrada, con la pérdida de Luna (en mi caso de Pupe) que me saltan las lágrimas.
    No veo por dónde seguirte, por ello me suscribo por mail.
    Un gusto conocerte, sinceramente.
    Un abrazo desde Ciudad de Buenos Aires

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  2. Agradezco profundamente tu comentario. Dejando atrás la falsa modestia, te diré que, a los que nos dedicamos a airear públicamente nuestros sentimientos y nuestras ideas, nos encanta saber que llegamos al alma de personas sensibles como tú.
    Saludos.

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