29/11/11

UNAS FRASES COGIDAS AL VUELO

La primera, de boca del alcalde de Sevilla y actual presidente de la Federación Española de Municipios y Provincias, Juan Ignacio Zoido Álvarez (Partido Popular), refiriéndose a la necesidad de eliminar las tarjetas de crédito para cargos públicos en época de crisis:


"En tiempos de austeridad debe regir la transparencia"


- ¡Pues no señor!... La transparencia debe regir SIEMPRE, haya bonanza económica o no. ¿O es que se va a dejar la puerta entreabierta para que, si la situación mejora, vuelvan los buitres al festín?




Hay que hilar muy fino para impedir el despilfarro del dinero público por parte de los políticos, y una buena medida sería eliminar esas tarjetas de crédito para siempre jamás; así evitarían la tentación de derrochar NUESTRO DINERO, porque... ¡hasta las putas les pagamos!


La segunda, de boca del Fiscal Jefe de la Audiencia Nacional, Javier Zaragoza Aguado, con relación a la presunta implicación en el "Caso Palma Arena" del Duque de Palma y yerno del Rey, Iñaki Urdangarín:


"No hay nadie por encima de la ley"


- Mmmmmh... ¿Y por debajo, moviendo unos hilillos?

Miguel Ángel G. Yanes

25/11/11

EL ESPEJO DE TRÁFICO


Nos costó dios y ayuda la reposición del espejo de tráfico en la confluencia de las calles Agustín Espinosa con Santiago Beyro, en esta ciudad nuestra de Santa Cruz de Tenerife, ya que, a raíz de las obras de "mejora de barrios", fue retirado (años ha) y se olvidaron de volver a colocarlo. Pero por fin, atendiendo a la demanda vecinal, el ayuntamiento procedió a su reposición; lo que es de agradecer, pues la visibilidad en tal esquina, suele verse a menudo comprometida por los vehículos aparcados en la misma.



Sin embargo, nuestro gozo fue bastante efímero. A los pocos días el espejo había desaparecido, quedando tan sólo el soporte vertical como muestra. Por lo visto se ha puesto de moda tener espejos de tráfico en casa, y la gente se los "mama" que da gusto. Y nos es cosa de chiquillos... hay que ir provisto de las herramientas adecuadas para aflojar las tuercas, e incluso de algún escabel, escalera u otro artilugio al que poder subirse.


No tengo nada en contra de las modas, pero... ¡coño! no se "mamen" lo público que lo estamos pagando entre todos. ¡Defendámoslo!




P.D.


Doy las gracias a ese alma caritativa que en las dependencias municipales habita, y que, conmiserándose de nosotros, ha conseguido que vuelvan a colocar un nuevo espejo, más pequeño que el anterior pero igual de válido.


¡Esperemos que dure!

Miguel Ángel G. Yanes

18/11/11

HABLANDO DE HUELGAS

La Sanidad Canaria, o lo que es lo mismo, el Servicio Canario de Salud, hizo huelga ayer 17 de noviembre de 2011, en protesta por los recortes previstos para el próximo ejercicio, que se traducen en una disminución presupuestaria de unos 50 millones de euros en gastos de personal, lo que, según los sindicatos convocantes, provocará la perdida de unos 2.000 puestos de trabajo, y el aumento del horario laboral, en dos horas y media semanales, para los que consigan quedarse. 

Obviando los abusivos servicios mínimos decretados por el Gobierno Canario (es otra forma de reventar las huelgas) mi asombro es mayúsculo cuando observó el escaso seguimiento que tiene la huelga entre los trabajadores. Y entonces se me ocurre una medida lógica que la Administración debería tener en cuenta a la hora de comenzar a echar personal a la calle:

“Comiencen a despedir por los que no han ido a la huelga, porque se supone que si no lo han hecho, es porque están de acuerdo con las medidas previstas”.



De otra forma habrían acompañado a sus compañeros, que perdiendo dinero, arriesgándose a unos buenos porrazos, y poniendo en pendura su puesto de trabajo, se echaron a la calle en la protesta, mientras que ellos, con las excusas más peregrinas, escondieron la cabeza (y el culo) como los avestruces; no arriesgaron el físico, no perdieron dinero, no hicieron peligrar su status… pero luego si saben poner las manos para recoger los frutos de lo que sus compañeros hayan podido lograr (si es que logran algo) Y encima, a la hora de recibir las nóminas, pueden reírse entre dientes de los descuentos de aquellos que se echaron a la calle a defender sus derechos. Es la historia de siempre.


La Administración o lo que es lo mismo, el Desgobierno Canario, hará todo lo contrario a lo propuesto, porque en el fondo, lo que le interesa es poder manejar un buen rebaño de borregos, que le teman al perro, que no piensen, que no se preocupen y obedezcan sin chistar a la voz de su amo.
¡¡¡La libertad no existe!!! Gritaban los esclavos.*

 
(*) De Rafael Amor en… “El loco de la vía”

Hago también una llamadita de atención a los que estando de vacaciones o de libranzas (no les iban a quitar las "perritas") tampoco acudieron a la manifestación para solidarizarse con sus compañeros...

¡Buenas lanchas!

Miguel Ángel G. Yanes

17/11/11

CON MI VOTO NO

Solidarizándome totalmente con las opiniones de CIUDADANO PLOF (por algo será) copio aquí su post de fecha 16/11/11 con el que intenta abrirnos los ojos de cara a las próximas elecciones generales.


Tengo muy claro que con mi voto, nadie más va a mamarse un euro.

Inmersos ya los partidos políticos en la campaña que culminará el próximo 20 de noviembre, puesta en marcha la maquinaria electoral (ya me gustaría saber... ya, cuantos millones de euros se van a gastar, porque para eso si hay dinero) asateado como el resto de los ciudadanos por los medios de comunicación (un verdadero sin vivir) ni siquiera vuelvo a plantearme a quién votar... ¿Para qué?

 
Vuelvo a expresar aquí los mismos razonamientos que efectué en las pasadas elecciones de mayo, de los que no me desdigo ni un ápice:


No voy a votar porque no me da la gana. ¿Está claro? En eso estriba la libertad del individuo. Pero tengo poderosas razones para no hacerlo y las voy a exponer:

NO VOY A VOTAR...

porque esto no es una verdadera democracia; fue malparida y nació viciada por el régimen anterior, empezando por su injusto sistema electoral, hecho a modo y medida de los partidos mayoritarios;

porque en este sistema de representación proporcional por listas cerradas, al valorarse las circunscripciones, no se cumple la máxima de "un ciudadano, un voto", lo que genera una evidente desigualdad que, ni PP ni PSOE, desean solucionar;



porque me parece un despilfarro para la economía nacional el mantenimiento de dos cámaras: parlamento y senado. Con la primera ya tendríamos suficientes e incluso podría reducirse su número a un representante por provincia. Imaginen qué ahorro y cuántos chupópteros menos;

porque me he ido desencantando con los años (cosas de la edad) al ver que, cuando gobernó la derecha, los trabajadores perdimos, como era de esperar, pero cuando gobernó la izquierda, que suponíamos era la opción que nos beneficiaría y nos iba a permitir levantar cabeza… ¡nos quitaron hasta los calzoncillos!;


 porque no quiero ser partícipe de esta pantomima, en la que una pila de políticos vagos y sinvergüenzas, sólo contribuyen a empobrecer el país, enriqueciéndose ellos, sus familiares y amigos;

porque es una inmoralidad que, con tal de "agarrar cacho", las distintas fuerzas políticas pacten entre sí, y con el voto de un ciudadano, termine gobernando la opción contraria a la que él votó. Y de los tránsfugas... es tal su descrédito que mejor ni hablar;


porque me da lo mismo que gobierne la derecha, la izquierda, el centro o la madre que parió a Paneke, ya que, gobierne quien gobierne, son simples títeres en manos del capital. Bancos, multinacionales y grandes ricachones son los que cortan el bacalao. Nos echan la piel y las espinas y ellos se comen los lomos; no nos dejan ni la cabeza para hacer un caldo;


porque no hay ni un solo político, sea de la opción que sea, cuyo rostro me inspire un mínimo de confianza;

porque mientras sus hijos tienen el futuro asegurado y estudian en universidades de Gran Bretaña, Alemania o Estados Unidos, los nuestros pasan a engrosar las listas del paro, o como mucho, consiguen contratos basura, después de que los hayan exprimido bien con el invento ese de los contratos en prácticas;

porque se ha subvertido el orden de los valores esenciales para una correcta convivencia. Ahora sólo prima la imagen y el hacerse rico cuanto antes, por encima de todo y de todos, caiga quien caiga;


porque es inadmisible que un centenar de políticos, imputados en casos de corrupción, se presenten alegremente a estas elecciones, y parezca lo más normal del mundo;

porque estoy de ellos… ¡hasta los mismísimos! Y he decidido que, en esta “Mamocracia”, nadie más va a seguir forrándose a mi costa, al menos no con mi voto.

Por eso… ¡¡¡NO VOY A VOTAR!!!



13/11/11

EL ANIMAL TOTÉMICO

Todos los seres humanos tenemos un animal totémico (que no viene a ser el que más nos guste, ¡no!) sino aquél a través del cual, el espíritu de la naturaleza logra comunicarse con nosotros... y viceversa.



Determinados antropólogos, basándose en los testimonios orales recogidos en sus investigaciones, escribieron que el hombre primitivo tenía una relación muy especial con los animales, y que mediante prácticas rituales o ingesta de enteógenos (sustancias naturales capaces de provocar estados alterados de conciencia), nuestro ancestro recordaba o experimentaba la vida de un animal que él mismo había sido. Y que por lo tanto, ingerir la carne de su animal totémico era equivalente a comerse a un ser de su misma especie, por lo que, en muchas regiones, había un tabú que lo prohibía.

Existe todavía el prejuicio de asociar al hombre primitivo con un hombre simple y sin pensamientos. Pero leyendo el testimonio de varios grandes antropólogos como Claude Lévi-Strauss, nos podemos dar cuenta de la sutil inteligencia y cultura de estos hombres, poseedores de una sabiduría singular y de un nexo con la naturaleza que nosotros ¿seres civilizados? hemos perdido casi por completo.



Yo creo que tuve la inmensa suerte de descubrir a mi animal totémico; fue una tarde de otoño en la que, en la soledad de una vaguada, sentado en la postura de la flor del loto sobre una losa de piedra, intentaba aquietar mi mente para adentrarme en la meditación, cuando vino a sacarme de mi abstracción el graznido  de un ave.

Levanté los párpados y lo vi frente a mí, en el suelo, a escasos metros, posado en una roca redondeada que se me antojó el cráneo perdido de algún dios: ¡un cernícalo!



Nos miramos fijamente unos instantes mágicos, atemporales casi y...¡de repente!... la intensidad de su mirada fue toda una revelación; provocó en mi conciencia la total convicción de que, él y yo éramos la misma cosa. Fue un impacto tremendo sentirme  identificado, en concreto, con aquella pequeña ave de presa, porque ella y el gato (habida cuenta de que mi casa estaba inundada de pájaros) eran los mortales enemigos del mundo de mi infancia; diurno uno y nocturno el otro.

Hay quienes opinan que una persona puede tener diferentes animales totémicos. Curiosamente, en el plano estético, mis animales preferidos son el tigre, el lobo y el águila, o lo que viene a ser lo mismo, si lo extrapolamos al entorno cotidiano: el gato, el perro y... el cernícalo: a fin de cuentas, también felino, cánido y ave de presa. Así que no sé, a ciencia cierta si, además del cernícalo, tendré algún otro animal totémico. 

 

Ya desearía, ya, que fueran los que más me gustan; pues he leído que lo que caracteriza al tigre es  "la agilidad mental", "la astucia" y "la independencia", mientras que al lobo se le identifica con "la fuerza interna" y una innata capacidad para servir de "guía hacia lo sagrado".


Miguel Ángel G. Yanes 

9/11/11

TERREMOTOS EN LA ISLA DE EL HIERRO



Aquí en las Islas Canarias, la más joven y pequeña de ellas, la isla de El Hierro, viene sufriendo actividad sísmica desde principios del verano; habiéndose producido, en estos meses, miles de seísmos que vinieron a culminar, el día 8 de octubre, con una erupción submarina a escasos kilómetros del núcleo poblacional de La Restinga, en el sur de la isla. Habida cuenta del nacimiento de un nuevo volcán en el lecho marino, la presión ejercida por la lava cedió y con ella cesaron prácticamente los temblores.







Días más tarde fue en la costa norte, en la zona conocida como El Golfo, donde dio comienzo un nuevo proceso sismológico. Con el paso del tiempo es evidente el aumento paulatino en la intensidad de los terremotos, lo que hace pensar en una segunda fase de esta crisis volcánica y la posibilidad de una nueva intrusión magmática, lo que podría llevar a una segunda erupción, aunque los técnicos no consiguen precisar, ni su inmediatez, ni el lugar en el que puede aflorar el nuevo volcán.


Durante la última madrugada, El Hierro ha registrado trece movimientos sísmicos, después de un temblor de 4,4 grados en la escala de abierta de Ritcher que sacudió anoche la zona norte de la isla. Este último terremoto, ha sido el de mayor intensidad de los más de 11.000 registrados hasta ahora.



7/11/11

MORNING HAS BROKEN (POEMA)



(A Cat Stevens) 

Aún no toca un rayo de sol
la somnolienta ciudad que en nuestros ojos pesa.

El presuroso girar de los neumáticos
va secando su piel de humedecido asfalto
y una tenue neblina nos mantiene
tensos y estáticos, desamparados casi,
frente al círculo rojo del semáforo.

Todo el mundo está atento, preparado
para cruzar sin dilación la calle,
sin reparar siquiera en esa luna
pálida y ojerosa, que bosteza
harta de tanto y tanto trasnochar.

Nadie parece ver al lucero del alba,
partícipe también de su nocturnidad,
hacerle un guiño cómplice, una leve,
amorosa, señal de despedida;
ni al mirlo que, de teja en teja, salta
buscando algún insecto para desayunar.

Pero de repente… ¡Oh! ¡milagro!

Todos alzan la vista al escuchar
el profundo rugido de un avión
frío, liso, brillante, atronador,
que en dos mitades, con su humareda rasga
la frágil piel de un cielo apenas tibio.

Aún sigo sin saber si alguien ha reparado
en la negrura del mirlo, el brillo del lucero
o la opacidad blancuzca de la luna.
Mucho me temo que esto no ha sido así,
porque han tornado todos, al unísono,
a mirar el semáforo anhelantes
y, de reojo, las puntas de sus pies.

Miguel Ángel G. Yanes

5/11/11

LUNA

Nos llegó de las manos de Leo… más bien de sus brazos, donde venía acurrucada, cuando Laura contaba apenas cinco años de edad.

A pesar de que ya tenía una mascota (regalo de una amiga): Mau, un precioso gato persa chinchilla, de pelaje largo y suave, blanco como la nieve, y unos increíbles ojos de distinto color; su ilusión era tener un perrito con el que poder jugar, al que poder acariciar y abrazar, y sacarlo a pasear, como había visto hacer a sus compañeras de colegio, cuyos padres, a veces, los llevaban a la hora de la salida, para alborozo de ambos, tanto de las niñas como de los perros.

En principio nos negamos, habida cuenta de que, gatos y perros no suelen hacer muy buenas migas, a no ser que se hayan criado juntos desde muy pequeños, y Mau ya era un animal adulto. Pero como todos los padres que se precien de serlo, cedimos a su empeño y decidimos buscarle un cachorrito. Fue entonces cuando nos planteamos el tipo de perro que deberíamos buscar; sobre todo que fuera de pequeño tamaño, apropiado para vivir en un piso. Y hete aquí que Leo, compañera mía de trabajo en aquellos años, al enterarse del asunto, y aprovechando que su perrita Jiribilla (palabra de origen cubano que viene a significar revoltoso, inquieto, travieso, o como diríamos los canarios: desinquieto-a) había parido una camada recientemente, nos trajo una tarde, sin que lo esperáramos, aquel pequeño ser.


Apenas tenía un mes; era hembra, blanca, de pelo corto y liso (todo lo contrario que su madre) con unas pequeñas manchitas en una de las orejas, unos ojos oscuros y penetrantes, un rabo siempre alzado como el trole del tranvía y un hocico marrón, regordeta como todos los cachorros, se asemejaba más a un cerdito que a un perro. Y lo más importante… ¡era de raza común! un chucho callejero al que intentaríamos dar todo nuestro cariño. Y es que, casi todo el mundo quiere tener un perro de raza, de postín, algo para lucir como si fuera un bolso, y algunos como si fuera un arma (que de hecho lo son) sin darse cuenta de la cantidad de perros comunes, ya sean cachorros o adultos, que necesitan un dueño que los cuide y los mime. Pero no. Priman siempre las razas y los pedigríes.

En el fondo todo es un problema de consumismo, de imagen, o de caché como se dice ahora. Una vana apariencia que termina justificándolo todo, incluso el no plantearse siquiera la posibilidad de adoptar un chucho, y rescatar así un alma perruna del triste purgatorio de la perrera.


Esas criaturas de ojos tristes, que encerradas tras una reja esperan, con resignación, una mano amiga que los acaricie, que los libere, que los haga partícipes de su mundo, a cambio de su más preciado don: la lealtad. Porque si hay un animal listo, leal y cariñoso, ese es el perro callejero al que se le ha ofrecido el amparo de un hogar, donde a diario encuentre agua, comida y sobre todo… ¡afecto!

Laura estaba encantada con su perrita. La acariciaba con esa delicadeza de la que sólo es capaz la mano de los niños. Parecía que tuviera miedo a romperla o dañarla. Y así, Luna, pasó a formar parte también de la familia. A todas estas Mau, que nunca había visto un perro, la aceptó de inmediato, como si de otro gato se tratara.

Sacar a Luna en brazos, arropándola en el interior de su chaqueta, de la que sólo sobresalía la diminuta cabecita, era para Laura haber cumplido el sueño de su infancia, máxime cuando a todo el mundo le llamaba la atención aquel curioso tándem, y una sonrisa de felicidad le iluminaba el rostro.

Luna fue creciendo y Mau, que desde un principio, compartió con ella su cojín azul de gatos y ratones, terminó hartándose. Ella, como todos los cachorros sólo quería jugar, cosa que él aceptaba a regañadientes y que, poco a poco, fue minando su relación.
 Mau siempre había lucido una cola magnífica, esponjosa, mullida, pero ahora que Luna lo perseguí constantemente para mordérsela, se le había convertido en un espicho (palabra también muy nuestra) Huía de ella a toda velocidad hasta alcanzar la mesa del comedor, pero el impulso de la carrera lo obligaba a sacar las uñas para frenarse antes de caer por el otro lado, lo que para la madera significó un profundo desastre de innumerables surcos. Y cuando lo perseguía en la cocina, su única opción era alcanzar la puerta, por la que salía como alma que lleva el diablo, clavando las afiladas uñas en la pared del pasillo para tomar impulso, lo que obligaba, cada dos por tres, a reparar el maltratado paño.

Cuando todos teníamos que salir, los dejábamos en el balcón. A Luna en su caseta de madera, en el suelo, y a Mau en su cesta de mimbre, sobre una mesa de jardín, para que cada cual dispusiera de territorio propio, pero claro… él necesitaba moverse y para ello utilizaba la barandilla, de apenas cinco centímetros de ancho. Iba y venía por ella como un consumado equilibrista, esquivando los saltos de Luna empeñada en seguir afilándole la cola.

A Mau le encantaba sentarse en el alfeizar de la ventana, donde Luna no podía alcanzarlo, disfrutando así de una magnífica atalaya y de unos instantes de relax.

Todo se complicó cuando Laura comenzó a temer a su gato. Razones le sobraban, porque se agazapaba en cualquier esquina y saltaba sobre ella, arañándola a cada rato, cosa que no había hecho con anterioridad. Supuse que era una cuestión de celos y decidimos atajar el problema de raíz. Con gran dolor por parte de todos (incluida Luna que supongo sería quien más lo echaría en falta) optamos por buscarle un nuevo hogar a Mau.

Dª Nieves, la viuda de mi abuelo paterno, que vivía sola, rodeada de pájaros, perros, gatos y hasta loros, al enterarse de la situación, se apresuró a darle asilo en su particular arca de Noé, donde hasta hoy disfruta de esa vejez que los felinos saben llevar con tanto garbo.


En consecuencia, Luna heredó la cesta de Mau, no así el cojín que se mudó con él, por lo que le compramos uno nuevo, cómodo y mullido, que le colocamos en la sala de la tele, donde pasaba echada la mayor parte del día. Jamás había visto a un perro que durmiera tanto. Pienso que ella también creía que era un gato.

Pasaron los años y la relación de convivencia fluía con total normalidad: había aprendido a hacer sus necesidades sobre un periódico que le colocábamos en el balcón, no se subía a las camas ni a los sillones (salvo en alguna que otra ocasión) y, ante la prueba evidente de los pelos que la delataban, bastaba decirle “¿quién se subió aquí?” para que, avergonzada, agachara las orejas y metiera el rabo entre las patas… No mordía los muebles ni la ropa y… aunque no aprendió a maullar, apenas ladraba.

A pesar de que era una perra de raza común, tenía una cierta similitud con los terrier, al punto de que, una señora inglesa, que solía frecuentar el parque al que la llevábamos a pasear, nos indicó que era idéntica a un Jack Rusell Terrier de pelo liso que ella había tenido. ¡No! Si al final resultaría que pese a nuestro empeño, nos habíamos quedado con un ejemplar cercano a la aristocracia canina.

El primer amigo que Luna hizo en el parque fue un perro enorme y noblote al que llamaban Turco y que parecía algún tipo de cruce con Pastor Alemán. Sé que tenía dueño por lo aseado que estaba, pero siempre venía sólo y sin collar, por lo que nunca supe a quién pertenecía. Cierto día, y gracias a él que se interpuso en su camino, Luna, que se nos había escapado, no fue atropellada por un coche.

Curiosamente había otros animales con los que no transigía: una anciana perra Bobtail, a la que ladraba ya desde la distancia y no dejaba que se le acercase, y una hembra de Bóxer que no le inspiraba demasiada confianza. Por lo demás se relacionaba bien con el resto de perros; mucho más con los machos que con las hembras como es de suponer, y aunque prefería a los de su estirpe, a los desheredados, a los perros sin raza; algún Husky, algún Samoyedo y algún Rottweiler también le hacían tilín.

Me bastaba con un silbido para que acudiera a mi lado, pero cierto día pudo más la curiosidad que la prudencia y, desoyendo mi llamada, se acercó a un grupo de perros de presa que estaban sin bozal, cuando, una hembra de enorme boca se abalanzó sobre ella y le mordió, de parte a parte, el lomo. Por fortuna, el dueño se encontraba cerca y la obligó a sortarla. La pobre Luna salió de estampida y, por primera vez, abandonó el recinto del parque por si sola en busca del hogar. Temí que algún vehículo pudiera atropellarla y corrí tras ella. Tuvo suerte. Atravesó varias calles con abundante tráfico y logró llegar a la puerta de casa, donde la encontré asustada y temblorosa.

Después de hacerle una pequeña cura, regresé solo al parque. El chico, que me reconoció al instante, vino a disculparse por lo acontecido, pero aunque acepté sus disculpas, me mostré inflexible con el hecho de que perros potencialmente peligrosos como aquel, pasearan sin el preceptivo bozal.

“¿Y si en vez de a un perro hubiera mordido a un niño?” le pregunté.

“Jamás ha mordido a nadie” me contestó.

“Pues procura poner los medios para que no ocurra, porque uno nunca puede prever las reacciones de un animal”.

Luna nunca tuvo cachorros. Por más que intentamos cruzarla en un par de ocasiones, nunca cuajó y no llegó a ser madre. No obstante, en los primeros años, el instinto latente la obligaba a robarle a Laura algún que otro peluche, que acurrucaba con mimo en su caseta.


Nunca pensé que un animal de pelo corto pudiera soltar tantísimo ídem. Barríamos la casa a diario, sacando ingentes cantidades de pelo perruno, hasta el punto de que, en una ocasión, había tal bola, que le gasté una broma a Laura, diciéndole: “Mira, Luna ha tenido un cachorrito”.

A pesar de su edad, casi alcanzaba los catorce años, lo que traducido a edad humana la convertía ya en nonagenaria, poseía una vitalidad y agilidad increíbles; era una delicia verla correr y saltar sobre el césped: ¡parecía un conejo! (¿Pero cuántas similitudes tenía este animal?)

Siempre he tenido la sospecha de que los animales captan cosas que a nosotros se nos escapan. Para muestra un botón: A diario solía bajar, por la acera de enfrente a nuestra casa, un señor alto y grueso al que desconocíamos, pero Luna, también a diario, y con el pelo totalmente erizado, ladraba sin parar desde que el hombre doblaba la esquina hasta que desaparecía por la otra punta de la calle.

“¿Pero que demonios…? ¡Oh! ¡Dios mío!”. A saber.


Con los años, Luna había adquirido también ciertas habilidades: Lograba mantenerse de pie sobre las patas traseras un tiempo considerable e incluso saltaba sobre ellas (la perra yo-yo como decía Laura, o la perra-canguro como decía yo).

Había descubierto que la tapa del cubo de la basura subía al pisar el pedal, y en cuanto nos descuidábamos, si había algo agradable a su olfato, la abría e introducía la cabeza para ver que pescaba.

Distinguía perfectamente determinados vocablos y entonaciones: bastaba decirle “¿Vamos a la calle?” para que se volviera como loca, corriendo y brincando a tu alrededor. Al preguntarle “¿Qué hay que coger?” se dirigía a la gaveta donde estaba su correa de paseo y allí se sentaba. No hacía falta ni ponerle el collar, ella misma introducía la cabeza y se lo colocaba, esperando que se lo abrocharan.

Sin embargo había una frase que no le gustaba nada: “A bañarse”. Echaba a correr y se escondía en los sitios más inverosímiles. Y eso que siempre las bañamos con sumo cuidado en agua tibia, con champú especial y un cepillo suave. Aunque lo peor para ella, era el ritual de cortarle las uñas. Le producía verdadero pánico, hasta tal punto de que, en alguna ocasión, terminé haciéndole daño al cortarle más de la cuenta, porque no había manera de que se estuviera quieta. Luego tenía que apretarle la uña dañada, con una gasa empapada en agua oxigena, durante bastante rato, para detener la pequeña hemorragia. Cuando ya estaba seca y cepillada y le abríamos la puerta del baño, salía a toda pastilla, derrapando en las curvas, corriendo sin parar durante un rato, hasta que lograba relajarse.

En lo referente a la comida era una pasada; comía absolutamente de todo, desde el pienso compuesto de rigor, pasando por carne, pescado, queso, jamón, verduras, pasta, fruta (le encantaba la fruta; mientras estuvieras mondando alguna, fuera cual fuera, no se apartaba de tu lado) Aunque había algo que le resultaba una auténtica golosina: las avellanas tostadas. Las hacíamos rodar por el pasillo y corría que se las pelaba hasta alcanzarlas. Incluso cuando, sabedora de que nos marchábamos, se mostraba reacia a salir al balcón, no existía mejor solución que un puñado de avellanas como señuelo.

El sonido de la puerta del frigorífico, el del papel de aluminio o el de la cucharilla revolviendo el café, eran para ella como el tintineo de una campanilla al que no se podía resistir.

Entre nuestras normas de conducta, teníamos estipulado no darle nada mientras estuviéramos comiendo, por lo que se echaba bajo la mesa de la cocina hasta que, al oír el tintineo de la cucharilla abriendo la veda, se sentaba a mis pies. Entonces yo me saltaba la norma a la torera, y mientras degustaba el café y mojaba alguna galleta en él, le ofrecía a Luna el trocito que me quedaba entre los dedos.

El helado era también una de sus golosinas preferidas. Le daba lo mismo que hiciera frío o calor, fuera del sabor que fuera, lo devoraba con verdadera fruición.


Luna había heredado de su madre un punto de epilepsia y, muy de vez en cuando sufría alguna crisis. Era fácil adivinarlo porque se la veía asustada sin motivo, temblorosa y con el rabo entre las patas. La manifestación de la enfermedad que, por fortuna, duraba unos pocos minutos, cursaba con vómito, diarrea y la imposibilidad de mantenerse en pie, pero una vez superada la crisis volvía a tener la misma vitalidad de siempre.

Una noche de domingo, al regresar a casa, no me gustó su aspecto. Eran los síntomas de siempre, y al echar un vistazo al balcón vi los restos normales de lo que supuse un nuevo ataque epiléptico. La limpié lo mejor que pude, la coloqué sobre su cojín y le puse el bebedero de agua junto a él. Durante mucho rato, sin levantarse siquiera, bebió con avidez, lo que me dejó confuso, pues siempre tuvo agua a su alcance. Luego pareció relajarse, aunque respiraba con cierta dificultad por lo que, a pesar de lo intempestivo de la hora, llamé al veterinario. Me dijo que ya había terminado su guardia y que no podía venir a casa, pero que a la mañana siguiente, a primera hora, acudiera a la consulta.


No me quedé nada contento. Tenía un mal pálpito. De hecho, cuando mi mujer se fue a acostar, decidí quedarme junto a Luna. Estuve toda la noche a su lado, hablándole, acariciándola… cuando de repente, a eso de las cinco de la madrugada, le sobrevino otro ataque; tras una serie de convulsiones, su frágil corazón no pudo más y se detuvo de golpe entre mis brazos. Por más que intenté reanimarla, todo fue inútil… ¡Se había ido! Sólo pude abrazarla con fuerza contra el pecho y llorar desconsoladamente como un niño. Había perdido a una amiga fiel, a la más cariñosa y noble de las criaturas.

A la mañana siguiente me acerqué a un supermercado cercano, para solicitar una caja de cartón en la que llevar su cuerpo hasta la clínica veterinaria, pues sabía de la existencia de una empresa dedicada a estos menesteres, que recogía los cadáveres de los animales para proceder luego a su incineración. Así que coloqué una de sus toallas en el fondo, la cubrí con otra, y con gran pesar en el alma, me eché a la callé con aquel ataúd circunstancial en brazos.

Y así entregué su cadáver y su ficha de vacunaciones al mismo veterinario que no acudió en su auxilio.


Pero ahí no acabó todo… todavía me quedaba decírselo a Laura.

Miguel Ángel G. Yanes