23/11/10

LA ALEGRÍA DE VIVIR

Cuando llegaron nuevos vecinos de allende los mares, me retrotrajeron a la infancia, a los años de posguerra en los que, a pesar de ser pobres como ratas, vivir bajo la bota del dictador y con todas nuestras libertades restringidas, aún nos atrevíamos a cantar; no sé bien si para olvidar nuestros pesares, darle esquinazo al hambre o para demostrarle a los "vencedores" que seguíamos teniendo la ilusión de desembarazarnos algún día de su yugo.


En aquellas lejanos días de los años 50, las mañanas se llenaban con la voz cristalina de las jóvenes que, afanándose en las labores domésticas, abrían de par en par las ventanas, para que la luz del sol entrara a raudales en sus hogares, arrinconando la sombra y la tristeza, y cantaban a pleno pulmón, casi siempre con el trasfondo musical de alguna radio (todo un lujo) a la que, algún vecino generoso, subía el volumen todo lo que podía.


Limpiar el polvo, barrer el piso, lavar la ropa a mano en la pileta (los canarios decimos "la piedra de lavar", porque en principio solía ser una piedra ahuecada a tal efecto) todo ello se llevaba a cabo bajo un ritmo de coplas, de boleros, de tangos, de folías... El canto se adhería como una hiedra al sol, y lo ayudaba a iluminar también nuestra esperanza. A pesar de todos los pesares, había una alegría de vivir.


 Sin embargo, ahora observo que ya no se oyen cánticos femeninos por la boca de patio. Apenas han pasado unos meses desde la llegada de esta familia venezolana al edificio y... ¡ya nadie canta! Claro; hoy tienen una situación laboral estable y supongo que estarán, económicamente, más desahogados, lo que les ha permitido entrar de lleno en la vorágine del consumo:

“El auto, el piso, la heladera… las desinformaciones del periódico"*

Eso y toda una serie de imponderables: la competencia, la prisa, los horarios, el tráfico... va generando ansiedad, desazón, angustia, y les ha llevado a perder esa alegría de vivir que trajeron del otro lado del océano y que, hasta hace poco, derramaban a raudales por la casa.

(*) de "El loco de la vía" de Rafael Amor.
 
Miguel Ángel G. Yanes

1 comentario:

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