26/4/10

ERGÁSTULA

La palabra “ergástula”, sonora como todas las esdrújulas, no figuraba para nada en mi vocabulario. Es más, no la había leído ni escuchado nunca, hasta que a principios de los años 80, al llegar a mis manos la quinta edición en castellano del Libro de las Mutaciones, el famoso I CHING, tropecé con ella en la primera página.

La magnífica traducción al castellano, efectuada por D. J. Vogelmann de la versión alemana que, en su día, Richard Wilhelm tradujo del chino, había sido editada por primera vez en España, por la Editorial Edhasa en 1977, y durante una buena época, se reeditó casi con periodicidad anual (observen que coincide con la restauración de la democracia: se volvían a abrir, de par en par, las mágicas puertas de la cultura universal, tanto tiempo cerradas).

Pues bien, ese libro único, que venía con prólogo de C. G. Jung y prefacio del propio Wilhelm, traía además una colaboración de lujo: un poema introductorio escrito ex profeso por Jorge Luis Borges, titulado “Para una versión del I King”. Fue ahí, en ese soneto genial, donde encontré por primera vez la palabra “ergástula”; en el noveno verso, para pecar de exacto:

…No te arredres. La ergástula es oscura,

No supe a que se refería. ¿Qué era aquella palabra tan hermosa?

...La firme trama es de incesante hierro,

¿Algún tipo de forja? ¿Alguna verja? ¿Una reja tal vez?

…Pero en algún recodo de tu encierro…

¡Válgame Dios!


Y entonces me vinieron a la boca, de repente, todos sus sinónimos, a cual más amedrentador: cárcel, celda, prisión, mazmorra, calabozo…

Miguel Ángel G. Yanes

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